Emilio Herrera Linares es un gigante desconocido de la historia de España, un genio olvidado. El inventor e ingeniero fue una figura sobresaliente, un científico que soñaba con conquistar la Luna y cuyo empeño le convirtió en uno de los padres de la aeronáutica. Entre sus brillantes creaciones destaca el primer prototipo de la historia de un traje espacial. En el cénit de su carrera investigadora todo se derrumbó por el estallido de la Guerra Civil. Él se alineó con el bando perdedor, y por tal motivo su nombre fue enterrándose durante el franquismo. Sus descubrimientos, sin embargo, vuelven a salir a la luz con libros y documentales. También la ficción ha reparado en sus gestas: la serie El Ministerio del Tiempo le ha dedicado el sexto capítulo de la cuarta temporada.

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Nacido en Granada en 1879 en el seno de una familia burguesa, su pasión por la aviación y la aeróstatica bebió de las novelas de Julio Verne y de contemplar a su padre, un militar de profesión que organizaba ferias y espectáculos científicos. Herrera, atraído por los derroteros de la ciencia —en una época en la que España se encontraba a la vanguardia, con el submarino de Isaac Peral, el autogiro de Juan de la Cierva, precursor del helicóptero, el funicular de Torres Quevedo o el tren articulado de Alejandro Goicoechea—, cursó la carrera de Ingeniería Aeronáutica en la Academia de Ingenieros de Guadalajara, especializándose en aerostatos.

Actuó como piloto de pruebas de dirigible y se convirtió en el primer aviador español en cruzar el estrecho de Gibraltar junto con José Ortiz Echagüe en 1914. Al mismo tiempo, su fama no hizo más que crecer: desde el Congreso de la Federación Aeronáutica Internacional de Bruselas (1907) se convirtió en el representante permanente español en todos los congresos y organismos internacionales relacionados con la aeronáutica hasta 1939. "En ellos dejó constancia de su rigor, preparación y autoridad intelectual", cuenta Emilio Atienza, biógrafo del científico.

Un recorte de un periódico en inglés de la época con el traje de Emilio Herrera.

Las décadas de 1920 y 1930, momento culminante del interés universal por la aeronáutica, fueron las de reconocimiento internacional de Herrera. Además de sus aportaciones en los congresos que estudiaban el desarrollo comercial de la aviación, el científico dirigió desde el Laboratorio Aerodinámico de Cuatro Vientos una importante labor de aproximación a los progresos teóricos de la aerodinámica y a sus mayores dificultades. El granadino estuvo envuelto de una u otra forma en los principales hitos aéreos de aquellos años, como la conexión por por dirigibles entre Europa y Sudamérica.

Con la llegada de la Segunda República, Herrera, que era monárquico, acompañó a Alfonso XIII en su exilio parisino, pero como militar había jurado lealtad al pueblo español, así que decidió regresar. Fue entonces cuando emprendió su proyecto más ambicioso: elevarse hasta la estratosfera en globo para investigar los secretos que ahí se escondían. Su plan, iniciado en 1933, incluía una ascensión en globo aerostático hasta una altura de 26 kilómetros, una idea tan extraordinaria para la época que centró todos los focos.

La Guerra Civil

Pero ademas de construir un 'vehículo' capaz de alcanzar semejante altura, el siguiente reto era dar forma a un traje que protegiese al astronauta primitivo de las bajas temperaturas de dicha zona de la atmósfera. Para ello ingenió la escafandra estratonáutica, compuesta de una primera capa de lana que cubría totalmente el cuerpo del cuello a los pies; otra de caucho, impermeable; y la última, de hilos de acero, placas de duraluminio y pliegues para permitir la movilidad. Además, un casco de aluminio como el de los buzos hacía de protector de la cabeza. El traje espacial —que inspiraría los de la NASA en décadas posteriores— también contaba con respiradores, micrófono o termómetros.

Sin embargo, como señala Emilio Atienza, "la guerra frustró la experiencia cuando tenía todo ultimado y dispuesto para su realización". La sublevación militar sorprendió a Herrera en Santander, en la Universidad Menéndez Pelayo, donde presentaba su proyecto con Augusto Piccard. Él se mantuvo mantuvo leal a la República. Fue nombrado jefe de los Servicios Técnicos y de Instrucción de las Fuerzas Aéreas, ascendido a general en 1938 y perdió un hijo en el frente de Belchite.

Retrato de Emilio Herrera. Wikimedia Commons

Se exilió en Chile y Francia al término de la contienda, y logró sobrevivir gracias al reconocimiento que se había granjeado en los años de paz, con colaboraciones en prestigiosas publicaciones relacionadas con la aeronáutica. Su mente brillante hasta suscitó la atención de Hitler, que intentó reclutarle y llevarle a la Alemania nazi para aportar sus conocimientos a los experimentos científicos que allí se estaban llevando a cabo. Pero Herrera, que establecería amistad con Albert Einstein —este recomendó a la UNESCO que contratase sus servicios como asesor de física nuclear—, rechazó cualquier oferta.

En los últimos años de su vida, en los que sus hitos fueron cayendo en el olvido —a Franco no le interesaba presumir de un republicano, por mucho que hubiese asombrado a todo el mundo con sus avances y descubrimientos—, siguió ligado a la Segunda República: fue ministro en el exilio y presidente entre 1960 y 1962. Emilio Herrera murió en Ginebra en 1967 a la edad de 88 años.

Como anécdota curiosa, el aviador republicano Antonio García Borrajo desveló en una ocasión que la NASA trató de reclutar a Herrera para contar con sus servicios en la carrera contra los soviéticos por llegar a la Luna. Pero dijo no por un curioso motivo: "Cuando los norteamericanos le ofrecieron a Herrera trabajar para su programa espacial con un cheque sin limitaciones en ceros, él pidió que una bandera española ondeara en la Luna, pero le dijeron que sólo ondearía la de Estados Unidos". Quizá si hubiera visto la rojigualda flotar en el espacio, Franco hubiera cambiado de opinión sobre uno de los grandes científicos de nuestro país.