Wiston Churchill, Leopoldo II de Bélgica, Cristóbal Colón, el general confederado Robert E. Lee, el comerciante de esclavos Edward Colston... Los nombres de todas estas figuras históricas se han colado en las protestas desatadas en multitud de países por el asesinato de George Floyd. Y ha sido para recordar sus trapos sucios —algunos más evidentes que otros—. Las memorias de estos personajes, representadas en las estatuas que en la actualidad les recuerdan, han sido vandalizadas con grafitis y destrozos. ¿El motivo? Ser considerados por los manifestantes como protagonistas de la tradición racista.

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No sorprende ver a Colón, el genovés que descubrió América, en esta lista: la corriente que le considera un genocida y le señala como el responsable del inicio del mercado de esclavos lleva años ganando adeptos en Estados Unidos. La reputación del almirante que conectó con su viaje las dos orillas del Atlántico está siendo sometida a un escrutinio amparado en valores presentistas, y de momento va perdiendo: más de un centenar de ciudades y estados han cambiado del Día de Colón por el Día de los Pueblos Indígenas. En estas últimas protestas, su estatua en Boston, por ejemplo, ha sido pintada con el lema "Black Lives Matter". En Virginia, directamente, la han arrojado a un estanque.

Resulta más llamativo ver la efigie de Wiston Churchill, principal adalid de la lucha contra Hitler y el nazismo durante la II Guerra Mundial, víctima de la ira de estas protestas; y su nombre tachado y sustituido por una contundente frase: "Fue un racista". Y no se trata de una acción contra un monumento dedicado al premier británico en alguna ciudad perdida de EEUU, sino en Parliament Square, justo enfrente de Westiminster, en el corazón del propio Londres que salvó de la invasión alemana durante la II Guerra Mundial.

Lo que ha quedado de la estatua de Edward Colston en Bristol: la base. Reuters

Este controvertido acto halla su explicación en aquella corriente que prima más en sus análisis los supuestos pensamientos supremacistas de Churchill y el "genocidio" en que incurrió en la India. Sobre estas cuestiones ha vertido luz el historiador Andrew Roberts, autor de una monumental biografía —más de mil páginas— sobre la vida del primer ministro publicada hace pocos meses. Concluye el escritor que los detractores del líder inglés se dedican a "sacar insensatamente de contexto ocasionales comentarios contrarios a los indios" para endosarle el millón y medio de personas que fallecieron por hambruna en la región de Bengala entre 1943 y 1944.

A pesar de las declaraciones que se le han atribuido —"Detesto a los indios. Son un pueblo bestial adepto a una religión igualmente animalesca" o tachar a Mahatma Gandhi de "maligno fanático subversivo"—, los documentos prueban que Churchill no dejó morir de hambre a los bengalíes. Si bien en noviembre de 1943 rechazó por cuestiones logísticas la ayuda de Canadá (cien millones de trigo) para atenuar la hambruna, envió finalmente los víveres desde Australia. "Esta actitud dista mucho de parecerse a la de quien desea perpetrar un genocidio", señala Roberts.

La estatua del general confederado Robert E. Lee en Virginia, llena de pintadas. Reuters

La del gran hombre de Estado no ha sido la única estatua que ha centrado las protestas antirracistas en Parliament Square: las de los exprimeros ministros Lord Palmerston y George Canning, así como la de Abraham Lincoln, el presidente estadounidense que precisamente abolió la esclavitud, también han sido pintadas con el lema de Black Lives Matter. En Bristol, la ciudad de Banksy, derribaron y arrojaron al río el monumento dedicado a Edward Colston, un destacado comerciante de esclavos del siglo XVIII. Durante sus años en la Royal African Company (1680-1692), en torno a 84.000 hombres, mujeres y niños africanos fueron enviados a trabajar a las plantaciones de azúcar y tabaco en América y el Caribe.

En Estados Unidos las protestas se han centrado, lógicamente, sobre los homenajes a la memoria confederada, el bando esclavista de la Guerra de Secesión (1861-1865), como el memorial dedicado al presidente Jefferson Davis o a su gran general, Robert E. Lee, que sigue siendo un mito del supremacismo blanco. El gobernador de Virginia, ciudad natal de este último, ya ha anunciado que su estatua será eliminada "lo antes posible".

La estatua de Leopoldo II en Bruselas. Reuters

El último de los personajes históricos que ha centrado la atención del movimiento Black Lives Matter es Leopoldo II de Bélgica. Tras colonizar el Congo a principios de la década de 1880, el monarca belga emprendió una gigantesca maquinaria de explotación de recursos como el marfil o el caucho valiéndose de esclavos negros. Los historiadores calculan que en poco más de dos décadas murieron unos diez millones de nativos asesinados a sangre fría, de hambre, por agotamiento o de enfermedades. En este caso, no se encuentran reparos en agarrarse al término genocidio; y su estatua también corre peligro.