El lamento al descubrir el engaño, el infierno que se escondía detrás de la cortina propagandística de un supuesto paraíso, suena así: "No hay ninguna esperanza de futuro. Vivimos como prisioneros. ¡No hay nada más humillante que la existencia en un país de dictadura cruel, trabajo agotador y falta total de cualquier tipo de perspectiva!". Podría tratarse del testimonio de un preso republicano apaleado en un campo de concentración del franquismo, en su propia tierra, pero lo es de otro que logró escapar a la Unión Soviética, que si imaginaba una nueva vida lejos de las bombas y que terminó amordazado por los tentáculos de una evolución del totalitarismo al que había combatido.

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Esas líneas, escritas a puño en su lengua madre, forman parte de un texto de deshago de Julián Fuster, un médico español, jefe de sanidad de una brigada del XVIII Cuerpo del Ejército republicano durante la Guerra Civil, que las autoridades de la Lubianka, el temible centro policial soviético de nefasta reputación por las torturas que allí se cometían, descubrieron en su casa de Moscú pocos días después de su detención en las inmediaciones de la Plaza Roja, el 7 de enero de 1948.

También interceptaron una carta destinada a su hermana en la que daba cuenta del futuro incierto al que se enfrentaban los españoles "malos" como él —los que discrepaban mínimamente de la doctrina oficial soviética— y de los responsables de dicha situación: "La culpa directa por todo ello la tienen los líderes criminales del Partido Comunista español (...) en primer lugar, Dolores Ibárruri, maldito sea su nombre y que los perros se coman sus huesos (...) Los derechos no existen. Que nada te pare. Cuéntalo hasta al criminal Franco, ya que es ante todo un español que no vende a los suyos".

El doctor Fuster, junto a otros camaradas del Ejército republicano. Archivo familiar

La paradoja máxima: recurrir al dictador que te ha empujado al exilio, que ha matado a tus camaradas, para que te salve de una nueva forma de tiranía. Pero ninguna imploración podría ya salvarle. El 7 de agosto, Fuster conoció su condena: veinte años en el gulag, los campos de concentración de la URSS, por ser considerado un preso político responsable de "espionaje" y de "agitación antisoviética". Junto a otros tres colegas españoles —dos de ellos habían intentado huir de Rusia en un avión fletado por la embajada argentina escondidos en un baúl— fueron hacinados en un tren y enviados al este.

La travesía de Julián Fuster, recuperada ahora por la historiadora Luiza Iordache en el libro Cartas desde el gulag (Alianza), en el que se narra su peripecia vital en base a su archivo personal de manuscritos, fotografías, correspondencia o certificados laborales e ilustra la represión estalinista contra los exiliados españoles, recuerda a la de otros comunistas desencantados, fervorosos militantes que al llegar a la Unión Soviética se dieron cuenta que todos los eslóganes e historietas de las que se habían embriagado eran puro mito, una utopía.

Siete años encerrado

Pero él no tenía el carné del PCE. Al estallar la Guerra Civil, Fuster se afilió al Partido Socialista Unificado de Cataluña (PSUC). Combatió en los frentes de Aragón y Cataluña en la retaguardia médica. A finales de febrero de 1939 abandonó España por la frontera de los Pirineos y recaló en los campos franceses. Logró subirse a un buque que zarpaba hacia la URSS y allí trabajó como cirujano traumatólogo durante la II Guerra Mundial. Sin embargo, cuenta Iordache, "sus sueños empezaron a desvanecerse paulatinamente al tomar contacto con las realidades soviéticas, ocultas tras una fachada propagandística consolidada a base de libros, revistas ilustradas, periódicos, películas, músicas, contactos culturales, etcétera".

En esa situación, el deseo de algunos exiliados españoles no era tanto regresar a su tierra natal, sino más bien salir de aquellas estepas heladas que se habían convertido en una inesperada cárcel. Años más tarde, ya desde la otra orilla del Atlántico, Fuster echaba la vista atrás y cavilaba sobre un anómalo fenómeno al que solo se enfrentaron aquellos leales a la Segunda República que buscaron cobijo en la URSS de Stalin:

Julián Fuster durante la Guerra Civil. Archivo familiar

"Los españoles repatriados de la Rusia soviética eran exiliados de la Guerra Civil, como los cientos de miles que suman los que están con México, Francia, Chile, Venezuela, Cuba y otros países. Pero solo entre los que se acogieron a la hospitalidad soviética se ha dado este fenómeno de querer regresar a España que está bajo el régimen que combatieron durante dos años y medio de guerra (...). Pocos hechos como este, acaso ninguno, ilustran el desencanto tan absoluto y patético, de revolucionarios, de comunistas de buena fe, al entrar en contacto con las realidades de la Rusia de hoy".

Porque por fortuna, la historia de Julián Fuster —o Julián Stepanovich, como le bautizaron en el capo de Kengir, en Kazajistán— tuvo un desenlace feliz: sobrevivió allí siete años, a temperaturas que superaban los cuarenta grados bajo cero, cumpliendo con sus labores de cirujano; y también a la famosa revuelta registrada en este gulag, reprimida de una forma sangrienta por las fuerzas militares rusas. Durante dos días y dos noches, el doctor estuvo operando a sus compañeros sin descanso, desmayándose por agotamiento en la última intervención quirúrgica. Incluso su nombre aparece referenciado en la obra de cabecera del Nobel Aleksandr Solzhenitsyn, Archipiélago Gulag.

Con la muerte de Stalin —18 millones de personas pasaron por el sistema concentracionario soviético durante su época—, el fusilamiento del temible Beria y la progresiva desmantelación de los campos de trabajo forzados, Fuster fue puesto en libertad y pudo abandonar la URSS. El 4 de mayo de 1959 le dieron permiso para regresar a España. Con todas las puertas cerradas por sus "antecedentes rojos" y tras un breve periodo en Cuba se enroló en una misión humanitaria de la Organización Mundial de la Salud en el Congo. Moriría en Cataluña, donde finalmente había logrado un trabajo como médico en un hospital de Palafrugell, en 1991.

Fuster, poco después de salir del gulag. Archivo familiar

Tras lograr escapar de las largas garras del comunismo, "un fantasma, por desgracia, de carne y hueso", plasmó sus pensamientos políticos en Carta sin nombre a Nikita Jruschov, Yo viví 20 años en la URSS desde 1939 a 1959 y Testimonio del "Paraíso Comunista". Yo ya estoy de vuelta. A Fuster le resultaba indignante, casi imperdonable, el desconocimiento que se tenía del "fracaso de la revolución bolchevique y de cómo el estado soviético se había convertido en el más totalitario de los regímenes y Rusia en el más despiadado imperio".

También se mostró anonadado ante la arbitrariedad de la justicia popular soviética y sus comisiones: "Esta ausencia de legalidad, de norma, tanto para recluir supuestos delincuentes políticos y condenarlos a severas penas, como para liberarlos, es lo más terrible de los procedimientos soviéticos, porque sanciones tan graves impuestas a millones de seres dependen solamente de lo que convenga, en un momento dado, a las necesidades políticas de orden interno o externo", reflexionaba tras salir del gulag. Un relato que varios millones de personas no pudieron siquiera legar.