Con Hitler ya muerto y la bandera soviética ondeando sobre el Reichstag de Berlín, Franco decidió romper relaciones con el Tercer Reich el 5 de mayo de 1945, tres días antes de la rendición. El 8, los nazis entregaron al gobierno español los edificios oficiales que integraban su representación diplomática en España. Pero hubo que esperar casi un mes, hasta el 5 de junio, para que las autoridades franquistas traspasasen a los aliados el control de dichas dependencias.

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Durante todo ese tiempo, los alemanes dispersaron todo el patrimonio que habían acumulado en el edificio de la embajada y destruyeron las pruebas de una gigantesca maquinaria de expolio artístico —y todas las que consideraran oportunas— que había extendido sus tentáculos por el conjunto de Europa, hasta la Península. Cuando los británicos y estadounidenses entraron por la puerta no quedaban ni los aparatos de luz o la fontanería exterior.

La escena pone de relieve la desuda connivencia de la dictadura de Franco con los trapicheos del régimen de Hitler, y la incluye el historiador Miguel Martorell en su obra El expolio nazi (Galaxia Gutenberg), una monumental investigación que se sumerge en la nutrida red de contrabandistas de arte, marchantes, galeristas, directores de museos, funcionarios, militares o agentes diplomáticos que saquearon y se lucraron con el comercio ilícito de bienes patrimoniales y pinturas de los maestros de todo el continente.

Hitler y Goering, los dos artífices del expolio, contemplando un cuadro.

Y en ese contexto, sobre todo en la etapa de la dispersión de los tesoros artísticos cuando la derrota de Alemania era irreversible, el régimen franquista desempeñó un destacado papel. "España fue cómplice del Tercer Reich a lo largo de toda la guerra: tiene la mayor red de espías alemanes en Europa, presta sus puertos, sus bienes… El Gobierno franquista demostró una tolerancia absoluta con los nazis", explica el catedrático de Historia en la UNED.

Su libro lo vertebra un escurridizo y astuto hombre de negocios de nombre Alois Miedl, banquero alemán y marchante de arte del jerarca nazi Hermann Goering, uno de los principales protagonistas de este sistemático expolio. Este especulador, que vivía en Holanda desde 1932, se lanzó al mercado del arte en 1937, cuando el saqueo de los bienes de los judíos comenzó a ser masivo. Sobre todo a partir de 1940, con la invasión de las tropas de la Wehrmacht de los Países Bajos. Miedl se aprovechó de los que huían de la persecución para adquirir a un precio irrisorio magníficas pinturas o colecciones completas.

Miedl en España

El mariscal Goering, en la cima de la pirámide del expolio y a la par del führer —Martorell expone que el primero amasó unos 1.200 cuadros y su jefe más de 7.000, sin contar antigüedades, tapices o esculturas—, fue su principal cliente. Miedl, como la mayoría de marchantes que nutrían de arte la Alemania nazi, se llevaba un 10% de comisión por obra. Pero su bonanza se torció a medida que la II Guerra Mundial se decantaba en favor de los aliados. Aterrizó en España en primavera de 1944, coincidiendo también con la pérdida de protagonismo de su mayor cliente.

Se alojó en el lujoso hotel Continental de San Sebastián y a través de un contrabandista quiso colar algunas telas de su colección de pinturas de viejos maestros flamencos y holandeses como Vermeer, Rembrandt o Frans Hals en los fondos del Museo del Prado. Sin embargo, la pinacoteca receló por la posibilidad de que se tratase de arte expoliado a los judíos y por haber entrado en España sin cumplir con los requisitos legales.

Soldados aliados con un cuadro de Rembrandt hallado en una mina.

¿Pero cómo y qué cantidad de obras de arte introdujo Miedl en España? Martorell indica que el banquero, en junio de 1944, realizó al menos dos viajes entre los Pirineos y Países Bajos en dos cochazos Ford Mercury a los que iba enganchado un remolque repleto de cuadros. La única cifra oficial es la de tres cajas "con peso bruto de 342kg, conteniendo pinturas artísticas y marcos de madera", según un informe del interventor del puerto franco de Bilbao. El lote de 22 lienzos había sido interceptado en la Aduana de Irún.

Había telas de Van Dyck, Camille Carot, Frans Hals, Ferdinand Bol o Jacques-Louis David. Al término de la guerra, fueron reclamadas por el gobierno holandés, pero el litigio manejado por la administración española y que se resolvió en 1949 volvió a ser benevolente con el expolio: los cuadros fueron devueltos a Miedl y se perdió su pista. Tan solo uno, la Magdalena penitente de Van Dyck, ha aparecido. Sobre el resto, cuenta el historiador, "no sabemos cuándo y cómo los sacó de España, ni siquiera si se los llevó todos o no".

"Quizás alguno pueda estar en alguna colección privada española —añade—, junto a otros cuadros procedentes del expolio, pues los aliados estaban convencidos de que aquí entraron grandes cantidades de obras de arte desde la Europa ocupada y que una parte siguió rumbo hacia América, pero otra parte permaneció en el país. Tampoco sabemos cuántos otros cuadros trajo Miedl consigo de contrabando, ni qué pasó después con ellos".

Portada de 'El expolio nazi'. Galaxia Gutenberg

Porque otras fuentes elevan a 80 el número de pinturas que el banquero alemán introdujo en España y le sitúan en las calles de Madrid exhibiendo un catálogo de doscientos cuadros, algunos valorados entre 100.000 y 500.000 pesetas de la época, que pertenecerían a la colección de Hermann Goering, el comandante en jefe de la Luftwaffe. Un rumor descartado por el Gobierno Militar norteamericano, pero que confiere todavía más misterio la enigmática figura de Alois Mield.

No fue el único que comerció con arte expoliado por los nazis en España, que entraba a través de valija diplomática o en las bodegas de los aviones. En su magnífico ensayo, Martorell saca a la luz otros nombres como el del marchante Arturo Linares, quien manejaba objetos "robados del territorio ocupado por los alemanes", según las investigaciones de los aliados; Ángel el Saladista, que traficaba con bienes saqueados en el frente por los soldados de la División Azul; o Eutiquiano García Calles, que con el tiempo se convertiría en uno de los joyeros predilectos de Carmen Polo, la esposa del dictador.

Es la rama que atañe a España de un fenómeno cuyas huellas trataron de borrarse por completo, y que halla su génesis en la política racial del Tercer Reich: "El expolio es la antesala del Holocausto. A los judíos les requisaron todas sus propiedades, hasta la ropa interior", asegura Martorell. Hubo una falsificación ingente de obras, compras masivas con los fondos extirpados a los países ocupados, quemas indiscriminadas de todo lo que consideraban "arte degenerado" y un saqueo sistemático que aún a día de hoy ha sido imposible de resarcirse. La alargada sombra de las ambiciones de Hitler.