Para la doctora inglesa Jill Poulton y su familia, Alemania era un paraíso... a finales de la década de 1930, cuando la maquinaria ideada por Adolf Hitler desplegaba su máximo antisemitismo y aventuraba una nueva guerra mundial. Y no, no eran simpatizantes nazis, sino unos simples turistas que iban a la caza de tabernas alegres en pueblecitos medievales, abstraídos de la realidad, como si a su alrededor los judíos no estuviesen siendo deportados a los campos de concentración o los desfiles de los camisas pardas fuesen una mera anécdota. La política no iba a fastidiar unas vacaciones idílicas, inverosímiles.

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Pero lo que más asombraba a Jill y a su hermana, ambas adolescentes, era la cantidad de piscinas que se veían en cada pueblo que recorrían en un viejo Rover en dirección hacia el sur, con Austria como destino final, donde contemplaban a fornidos jóvenes alemanes pegarse chapuzones. Todo el mundo allí donde se hospedaban era educado y encantador, incluso los funcionarios y los policías. En su ruta no se registraban ni persecuciones ni palizas en las calles. Aquello, en vez del Tercer Reich de la violencia y el racismo, parecía ser un país totalmente diferente.

Pero Jill Poulton y los suyos no fueron los únicos en ver las cosas desde ese prisma tan poético. Este es tan solo un pequeño relato de las decenas que dan forma a Viajeros en el Tercer Reich (Ático de los Libros), de la investigadora británica Julia Boyd y muy aclamado en Estados Unidos; un curioso y sugerente recorrido histórico por el periodo de entreguerras y la llegada del nazismo al poder, solo que narrado desde un punto de vista foráneo, desde los ojos de aquellas personas que se desplazaron por todo el territorio alemán y fueron anotando sus impresiones en cartas, diarios o memorias.

"Mi objetivo ha sido construir un retrato de lo que se sentía al viajar por Alemania en los años 30 y tratar de entender por qué los extranjeros se comportaron de aquella manera, por qué la gran mayoría vio lo que quería ver y no lo que realmente estaba aconteciendo", comenta Boyd a este periódico en un céntrico hotel de Madrid. Y por su obra se van entrelazando las historias de personajes anónimos con las de figuras más conocidas, como los escritores Samuel Beckett o Virginia Woolf, el artista figurativo Francis Bacon, el atleta estadounidense Louis Zamperini o el erudito chino Ji Xianlin, que ofrecen una aproximación panorámica del fenómeno.

De las cosas más llamativas de esta obra es conocer el dato de que hacia 1937 —las leyes de Núremberg habían sido implantadas dos años antes— casi medio millón de ciudadanos estadounidenses visitaba lugares como Renania o Baviera, y no demasiados reparaban en los carteles antisemitas. También los británicos eran asiduos de estos destinos turísticos en los que las pruebas de los crímenes nazis eran fácilmente perceptibles. ¿Pero cómo se explica la fascinación de todos estos viajeros por sumergirse en los dominios de un país gobernado por un tirano? 

"Alemania era un país increíblemente atractivo, con paisajes preciosos desde los Alpes Bávaros hasta la costa", explica Boyd. "Las ciudades y los pueblos no habían sufrido la destrucción de la I Guerra Mundial como sí había sucedido en Francia, así que urbes medievales como Fránkfurt mantuvieron su inmaculado orden, estaban muy limpias, eran cómodas y baratas. Los locales trataban de hacer ver a los extranjeros que el país se estaba recuperando; y también jugaron un papel muy relevante los atractivos de la cultura, el teatro, las iglesias, los castillos, Wagner, la música… Había algún elemento seductor para todo el mundo".

Dos países diferentes

Los turistas, en su mayoría, viajaban a Alemania para gozar de unas vacaciones agradables, así que no les interesaba que la política se colase en sus excursiones por la montaña. Llegado el momento, era imposible no cruzarse con desfiles o nazis uniformados, pero aquello podía ser interpretado como la forma en la que los alemanes expresaban su renovada confianza en su país, según la investigadora. "Otros, desde luego, reflejaron la militarización y el espíritu agresivo. Pasaban tantas cosas en el Tercer Reich que la situación se podía contemplar desde dos perspectivas totalmente diferentes: una en la que todo era maravilloso y Hitler era un gran líder y otra en la que se estaba haciendo caso omiso a la ley y no quedaba ningún aspecto de la vida de la gente que no estuviese controlado".

En cuanto a esa confusión, por no definirlo como ceguera, sorprende el caso del académico afroamericano y activista de los derechos civiles W E. B. Du Bois, quien en 1936, tras varios meses viajando por el país de Hitler, escribió: "Resulta extremadamente difícil expresar una opinión acerca de Alemania que sea verdadera en todos los aspectos sin numerosas modificaciones y explicaciones". Visto con los ojos de hoy, parece imposible que una persona negra y observador inteligente como él no condenase sin ambages todo el odio que desprendían las esvásticas nazis.

Boyd también resume otros casos controvertidos y sangrantes, como el del primer ministro británico David Lloyd George, que a su vuelta a Inglaterra tras un encuentro con el fürher en Berghof en septiembre de 1936 le definió como "el George Washington alemán, el hombre que logró la independencia de su país contra todos sus opresores"; o el del director de orquesta Thomas Beecham, que accedió a realizar una polémica gira por Alemania en 1936 con la Filarmónica de Londres y con una refugiada judía como ayudante. 

Desfile de las Juventudes Hitlerianas antes de la II Guerra Mundial.

"Es una pregunta ética que hay que hacerse: ¿se puede ir a un país con un régimen horrible, que estás aprobando implícitamente, o no ir, cortando toda conexión con el exterior de esta gente?", lanza la autora de Viajeros del Tercer Reich. "En el caso de Beecham, creo que no debería haber hecho ese tour porque sabía perfectamente lo que estaba pasando con los judíos, pero con la gente que iba por su cuenta, de vacaciones, soy más comprensiva". Al menos el director de orquesta rechazó una comida informal con Hitler.

La maldad nazi se camufló gracias a la efectiva propaganda y a los placeres seductores que todavía atraían a esos visitantes extranjeros, pero esos factores no son justificación a la horrenda realidad que estaba ahí, delante de ellos; solo con escarbar un poquito, el cuadro paradisíaco mutaba en una historia de terror. "Mucha gente que visitó Alemania no quiso saber", concluye Boyd. Unos fueron amnésicos y otros ciegos.