Es probable que el momento más determinante y a la vez olvidado de la biografía del gran villano de la historia se registrase el 1 de abril de 1924. Ese día Adolf Hitler fue declarado culpable de un delito de alta traición por el fracasado putsch de la cervecería de Múnich. Según el Código Penal alemán, dicho delito significaba la cadena perpetua, pero el líder nazi apenas recibió la pena mínima de cinco años de cárcel al considerar el Tribunal que en dicho caso concurrían una serie de circunstancias atenuantes. Antes de que acabase el año, el futuro fürher había quedado en libertad.

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El acontecimiento juzgado se remontaba al 8 de noviembre de 1923, cuando Hitler y sus secuaces irrumpieron en la Bürgerbräukeller, una cervecería al sur de Múnich, y entre disparos de pistolas Browning y jarras hechas añicos declararon el estallido de "la revolución nacional". Era el golpe del ascendente Partido Nazi contra el Gobierno de la República de Weimar, los "criminales de noviembre". En su momento fue un descalabro, el inevitable suicidio político de Hitler, pero a la postre se convertiría en el trampolín de sus ambiciones más oscuras.

Todo ese proceso, desde los tragos de cerveza hasta los capítulos de Mein Kampf que Hitler moldeó durante su breve reclusión en la prisión de Landsberg, lo reconstruye de forma minuciosa y vibrante, con sumo detallismo, el historiador estadounidense David King en El juicio de Adolf Hitler (Seix Barral). Y su sentencia es mucho más contundente que la de los jueces muniqueses: "Hitler podría haber sido borrado del mapa y condenado al olvido en aquel juzgado de Múnich. En cambio, esa inquietante perversión de la justicia allanó el camino para el surgimiento del Tercer Reich y permitió que Hitler sometiera a la humanidad a su sufrimiento más imaginable".

Un grupo de nazis que participó en el putsch de 1923. Bundesarchiv

La decisión judicial fue calificada de "una farsa y una burla" o "una parodia judicial" por la mayoría de la prensa alemana e internacional por diversos motivos. En primer lugar, el tribunal federal de Leipzig, según la legislación alemana, era el competente para juzgar a los cabecillas del putsch. Solo por el asesinato de cuatro policías, Hitler podría haber sido condenado a muerte —bien fuese en la guillotina o en el paredón de fusilamiento—, lo que sin duda habría sido un golpetazo gigantesco para el devenir de la historia del siglo XX.

Sin embargo, el tribunal de Múnich, presidido por George Neithardt, que comulgaba con el ideario nazi, apenas le acusó de una parte de los delitos cometidos durante el golpe, entre los que también se enumeraban la detención ilegal de miembros del Gobierno, concejales del ayuntamiento y ciudadanos judíos; intimidación a las personas detenidas en la cervecería; atraco a las imprentas de papel de moneda; hurtos y destrozos en la sede del periódico rival e incitación a cometer actos vandálicos.

Portada de 'El juicio de Adolf Hitler'.

El juez Neithardt dictó la pena mínima de cinco años para Hitler porque, según él, los acusados habían actuado "con un ánimo puramente patriótico (...) y por los motivos más nobles y desinteresados", como la rebelión contra las cláusulas del Tratado de Versalles. "Daba la sensación, después de todo, de que las leyes contra la traición le parecían demasiado abusivas", relata King. "Sin embargo, esa opinión no le había impedido, ni a él ni a otros jueces, dictar sentencias mucho más duras contra algunos conspiradores de izquierdas".

Pero las polémicas decisiones de los magistrados no terminaron ahí. Acorde a las leyes alemanas, un extranjero acusado de traición debía ser deportado tras cumplir la condena. Y Hitler era austriaco. ¿Qué hubiera sucedido si le llegan a expulsar de Alemania? Nunca lo sabremos porque Neithardt decidió hacer la vista gorda con este caso aduciendo que el líder nazi era "austriaco de origen alemán", "piensa y siente como un alemán", y citando su "valentía" en las filas del ejército germano durante la I Guerra Mundial.

De agitador a fürher

"Gracias al proceso judicial, un líder político local y prácticamente desconocido fue catapultado a la escena nacional", expone David King en El juicio de Adolf Hitler. "El testimonio y los discursos que ofreció en la sala presidida por Neithardt constituyen su primer esbozo autobiográfico de importancia, y gracias a ellos pudo trascender los escenarios de las cervecerías muniquesas para llegar a una audiencia que hasta entonces no le había prestado la menor atención. Hitler no tardó en convertir el estrado en un trampolín para sí mismo y para su partido y en aprovecharse de la situación para someter a juicio a la propia república alemana".

La Marienplatz de Múnich durante los sucesos del putsch de la cervecería. Bundesarchiv

El líder nazi había entrado en la Bürgerbräukeller convencido de que o bien triunfaba el putsch o era su muerte. La operación se saldó con un fiasco que consiguió transformar en un triunfo personal y político gracias a un juicio en el que se le permitieron todo tipo de brabuconadas y arremetidas contra el Gobierno de Berlín, los políticos "cobardes" de Baviera o las potencias aliadas por ningunear a Alemania. La popularidad de Hitler se disparó y, además, se convirtió en una suerte de mártir para sus seguidores por cargar con las responsabilidades del golpe.

En la cárcel, entorno que le proporcionó esa "fe intrépida, ese optimismo y esa confianza en nuestro destino que nada ni nadie podrá quebranta nunca", el fürher gozó de "las condiciones de vida más agradables que había disfrutado nunca y no tardó en acostumbrarse a una rutina marcada por unos privilegios inmensos", según King. Los reclusos, las visitas y también los guardias se pasaban el día entero alabándole. Y en ese ambiente se construyó un retiro espiritual para reflexionar todos sus errores y dar forma a la siguiente fase de su asalto al poder.

Homenaje de Hitler a los nazis fallecidos durante el putsch de 1923. Bundesarchiv

A su amplia celda de Landsberg, y a consecuencia de la enorme publicidad que le habían dato todos los medios de comunicación del mundo durante el juicio, le llegaban numerosas muestras de admiración. Una de esas cartas las escribió un joven doctorado en Literatura de nombre Joseph Goebbels que le decía: "Un dios te ha dado a ti el don de la palabra para que expreses nuestros sufrimiento". Ambos se suicidarían en el búnker de la Cancillería en abril de 1945, después de haber conducido al mundo a un nivel de destrucción jamás visto.