Los golpes que aporreban la puerta sobresaltaron a Martin Selling en el amanecer del 10 de noviembre de 1938. Desconocía que en las horas previas, durante la Kristallnacht, los nazis habían llevado a cabo una serie de saqueos y ataques indiscriminados contra las sinagogas, las tiendas y las casas de los judíos. El joven de 20 años, que vivía en Lehrberg, en el sureste de Alemania, abrió y se topó con cuatro soldados uniformados con camisas pardas y brazaletes rojos con esvásticas. Eran de las SA. Registraron su casa y, sin dar ningún tipo de explicación, se lo llevaron detenido.

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El odio y el supremacismo azuzados por Hitler y el nazismo habían irrumpido en su vida, se la estaban arrebatando para convertirlo en un simple número. A Martin Selling lo condujeron a una prisión desbordada de judíos en el distrito de Núremberg, donde fue encerrado durante seis semanas. Después lo subieron a un tren y lo deportaron a Dachau, el primer campo de concentración del Tercer Reich, inaugurado en marzo de 1933. Lo primero que vio allí fue a los SS armados con fusiles y un letrero metálico sobre la puerta de hierro que decía: "Arbeit macht frei", "El trabajo os hará libres".

Trabajos forzados, palizas, hambre, sufrimiento, horror... Las penurias padecidas en Dachau debilitaron profundamente a Martin. Ante semejantes condiciones de hacinamiento —miles de judíos habían sido internados en el campo desde la noche de los cristales rotos—, los nazis empezaron a liberar a aquellos que tuviesen más posibilidades de abandonar Alemania. Selling se veía abocado a morir allí, pero su nombre apareció en la lista de afortunados que podían abandonar Dachau a finales de enero de 1939.

Guy Stern, Walter Sears y Fred Howard, tres graduados de Camp Ritchie celebrando el Día de la Victoria. Archivo familiar

Comenzó entonces una travesía vertiginosa hasta conseguir refugio en Estados Unidos, que se inmiscuyó en la II Guerra Mundial tras el ataque a Pearl Harbor. Martin, que había encontrado trabajo en un taller mecánico, se presentó en la oficina de reclutamiento del Cuerpo Aéreo del Ejército norteamericano en Newark y dijo a los funcionarios: "Quiero ser bombardero para poder lanzar bombas sobre objetivos alemanes". Las atrocidades de Dachau y la imagen del fürher agitaban sus recuerdos.

Fue adiestrado en tareas de interrogación de prisioneros y recogida de información y volvió a cruzar el Atlántico en junio de 1944 como miembro de la 35ª División de Infantería. El 6 de julio, justo un mes después del Día D, Martin desembarcó en la playa de Omaha, en Normandía. Pisaba de nuevo el continente del que había sido expulsado unos años antes, con la esperanza de reencontrase con sus familiares ante la inminente derrota de Hitler. Pero no se imaginaba la dimensión de exterminio que había alcanzado el Holocausto.

De enemigos extranjeros a héroes anónimos

La de Martin Selling es tan solo una de las historias de los Ritchie Boys, un grupo de unos dos mil jóvenes judíos alemanes que emigraron a EEUU a finales de los años 30 huyendo de las persecuciones de los nazis. Algunas de las más asombrosas las ha recogido el periodista y escritor Bruce Henderson en Hijos y soldados, editado ahora por Crítica en España, un libro detallista y preciso, escalofriante y conmovedor a partes iguales.

El nazismo convirtió la vida de los judíos en un infierno, pero salir de Alemania era misión imposible para una familia completa. Solo podían salvar a un hijo menor de 16 años con malabares burocráticos y económicos. Cuando el papeleo quedaba arreglado, llegaba la decisión más dura y desgarradora de todas: separarse, pronunciar un adiós que en muchos casos resultó definitivo. Mientras los jóvenes se embarcaban hacia la libertad, los que permanecían en los límites del Tercer Reich iban a ser enviados a los campos de exterminio.

Estados Unidos era vértigo y soledad para estos jóvenes, con el recuerdo permanente de sus hogares y de los suyos, de las incertidumbres sobre su paradero, de las cartas que no obtenían respuesta; también se enfrentaban a cuestiones existencialistas y trataban de articular una réplica sensata a preguntas dificilísimas: "¿Cómo es que habéis conseguido escapar cuando otros no han podido?".

Demostración práctica de la histeria nazi en una de las clases de formación en Camp Ritchie. US Army Signal Corps

La situación se tornó incómoda para ellos cuando EEUU declaró la guerra a Hitler, pues adquirieron el estatus de extranjeros enemigos. Ya no eran refugiados, sino ciudadanos de un país que combatía contra el que les había dado cobijo. Corrieron a enrolarse en las filas del Ejército estadounidense, querían formar parte de la liberación de Europa y los altos cargos descubrieron en estos judíos alemanes un potencial valiosísimo: conocían el idioma y la cultura, la psicología del enemigo, y nadie tenía tantas ganas de derrotar a Hitler como ellos.

A mediados de 1942 comenzaron a moldearlos en la base de Camp Ritchie, Maryland —de ahí el nombre con el que fueron bautizados, los Ritchie Boys— para crear una fuerza secreta y decisiva dedicada a interrogar prisioneros de guerra alemanes. Les adiestraron para extraer inteligencia y datos sobre las maniobras defensivas de las tropas de la Wehrmacht, una información realmente valiosa para ganar la guerra lo antes posible.

Las biografías de alguno son una auténtica odisea, como la de Werner Angress, integrado en un equipo de interrogadores adscrito a la 82ª División Aerotransportada y que saltaría detrás de las líneas enemigas el Día D, concretamente a las 2:15 horas de la madrugada del 6 de junio de 1944. Esa fue la primera vez que se tiró en paracaídas tras recibir un cursillo exprés de su sargento. Aterrizó en un huerto en solitario, lejos del objetivo, y a los pocos días fue capturado por los alemanas. Pero su travesía tendría un final feliz.

Manny Steinfeld (d) saluda a soldados soviéticos en Grabow, Alemania, el 3 de mayo de 1945. Archivo familiar

"Librábamos una guerra estadounidense y, al mismo tiempo, otra muy personal. Nos entregamos a ella con cada fibra de nuestro ser. Trabajábamos más duro de lo que cualquiera hubiera podido impulsarnos. Éramos cruzados. Esa era nuestra guerra", reconocería Guy Stern, uno de los graduados que vio en el campo de Buchenwald la barbarie cometida por los nazis con sus propios ojos.

Porque encontrarse con toda la muerte y putrefacción que se respiraba en los campos, con los esqueletos vivientes de los judíos, con la connivencia de los habitantes locales, antiguos vecinos, y con la incertidumbre del paradero de sus familias, se reveló en una carga para la que los Ritchie Boys como Manny Steinfeld no habían sido adiestrados: "Habíamos oído rumores acerca de la existencia de los campos. No sabía qué esperar. Me daba miedo pensar que podía encontrar a mi madre o mi hermana entre los muertos".