Coronada de hojas de roble, apoyando su brazo izquierdo en una guitarra en forma de lira, casi como una musa, retrató Francisco de Goya a la marquesa de Santa Cruz cuando esta tenía 20 años. 135 años después de que el pintor aragonés retratara a la joven marquesa, otro Francisco, esta vez apellidado Franco, trató de regalarle el cuadro a nada más y nada menos que Adolf Hitler.

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Desde el triunfo del golpe de estado del dictador español, España pretendía posicionarse como aliado firme del Tercer Reich. Al fin y al cabo, la Alemania nazi envió a unos 7.000 asesores militares a España y proporciono armamentos y suministro aéreo a las fuerzas de Franco. El español quería seducir al führer de alguna manera. Conocedor de sus extrañas manías para la alimentación, decidió recurrir al arte.

Tal y como escribe el catedrático Thomas Childers en El Tercer Reich: una historia de la Alemania nazi (Crítica), en su juventud Hitler "leía, fantaseaba con ser un gran artista, un gran arquitecto, constructor de edificios monumentales y grandiosas ciudades, un héroe wagneriano". Añade que le gustaba dibujar ya que pintaba con acuarelas aunque "nunca tuvo el talento ni la disciplina de trabajo suficientes como para alcanzar los grandiosos éxitos que imaginaba".

De izquierda a derecha: Adolf Hitler, Antonio Marques de Magaz, Otto Meissner y Paul Schmidt observan los tres cuadros de Zuloaga regalados por Franco a Hitler. Bayerische Staatsbibliothek

Franco entendió que, con un patrimonio histórico tan amplio y valioso, un cuadro de la pintura española podía ejercer como un valioso y representativo regalo que estrechara lazos entre ambos dictadores. En julio de 1939 le enviaron varias obras del artista vasco Ignacio Zuloaga a través de Antonio Magaz, embajador en Berlín. Pero regalos de esta índole eran más que comunes por parte de otros líderes europeos como Mussolini. Franco quería ir más allá y presentar un tributo que todo el mundo pudiera admirar.

Hasta el comienzo de la guerra se habían incautado en Alemania más de 5.000 pinturas, dibujos, grabados y esculturas. En total, llegaron a apoderarse de hasta 17.000 piezas de arte prohibido. El rechazo del führer hacia las vanguardias —expresionismo, cubismo o dadaísmo principalmente— llevó a Franco a echar la vista atrás en la historia de España.

"«El artista Hitler», como se lo describía con frecuencia en la prensa nazi, prefería el realismo del siglo XIX, en particular los paisajes pastoriles, las escenas bucólicas de la vida campesina, las madres lactantes, las robustas mujeres campesinas con pechos desnudos y los hombres con mandíbulas cuadradas", escribe Childers. Goya fue el elegido.

De Ginebra a España

La idea del dictador respecto a regalar un Goya a Hitler la describe el historiador Arturo Colorado Castellary en En Arte, revancha y propaganda (Cátedra). El cuadro de la marquesa de Santa Cruz, pintado en 1805, la mujer no solo se muestra como símbolo de la música, otra de las pasiones del dictador alemán, sino que en la lira se aprecia un lauburu: icono vasco que se asemeja a la esvástica.

Franco había comprado la obra a la familia Silva por un millón de pesetas —el cuadro había sido evacuado durante la Guerra Civil española a Ginebra— y, finalmente, cuando todo estaba preparado, el dictador español prefirió recular. Diferentes testimonios afirman que Franco no tenía clara su postura para con el nazismo y el triunfo alemán en el conflicto. No quería comprometerse de forma incondicional. De esta manera, el Goya no pasó la aduana.

El cuadro quedó en manos de Félix Fernández Valdés y tras años de polémicas acompañadas con una exportación ilegal y una subasta que el propio Gobierno español demandó, regresó al Museo del Prado. Allí descansa, por el momento, el cuadro de Goya que por poco acabó en las manos de Hitler.