“¿No se acuerdan ustedes de Javier Bueno?”. La pregunta la hacía Ramón J. Sender en su obra Nocturno de los 14, treinta años después de la muerte del periodista. Igualmente la podríamos plantear ahora, cuando se cumplen 80 y vivimos en un tiempo ansioso por recuperar la “memoria histórica”, aunque con frecuencia sea para arrojárnosla a la cara los unos a los otros.

Noticias relacionadas

Pese a haber tenido una vida “folletinesca y de triste final”, en palabras de Andrés Trapiello en Las armas y las letras (Destino), lo esencial de Javier Bueno (1891-1937) es que era periodista. No un periodista literato, de pluma fina y cabeza fría, como Manuel Chaves Nogales. Fue un periodista innovador de las redacciones, comprometido, de pluma incendiaria o quevedesca, “iluminado” dirán algunos, capaz de levantar masas. En cualquier caso, un gran periodista.

Su hazaña y, a la vez su crimen, fue haber sido el "gestor moral de la revolución asturiana". La acusación corresponde al diputado de la CEDA José Calvo-Sotelo, cuyo asesinato fue la espita que precipitó el golpe del 36. Bueno no pegó un tiro en los graves sucesos del 34, pero sus campañas y sus editoriales en el periódico Avance, que dirigía, fueron el caldo de cultivo —"La antorcha", según el catedrático David Ruiz— en el que floreció el sentimiento revolucionario.

Años de cárcel, torturas, combate en las trincheras, lisiado en la contienda y un final, evidentemente triste, con su ejecución ante un pelotón de fusilamiento, confieren a su vida ese carácter novelesco del que habla Trapiello. Muchos, entre ellos Sender, aseguraron que había sido ejecutado con garrote vil, seguramente para acrecentar el mito del martirio.

Sus primeros años fueron los de la forja de un rebelde, siguiendo el guión novelesco de Arturo Barea. Nació en Madrid en 1891 en una familia ilustrada, pero a la cuarta pregunta. Su madre era actriz teatral de cierto éxito. Su padre, José Nakens, está considerado el “padre del periodismo” republicano y fue fundador y alma de la influyente revista satírica El Motín. De sus progenitores, Bueno heredó el carácter subversivo, la pasión por la cultura y el periodismo, y una miseria económica fruto de ruinosas aventuras editoriales.

De vendedor a redactor jefe

Mientras el joven Bueno vendía periódicos por la calle, no dejó de estudiar por su cuenta. Era un as con las Matemáticas, pero sus pasiones fueron la Gramática y la Historia. Llegó a hablar correctamente cuatro idiomas, entre ellos, el latín. Para completar sus ingresos, con solo catorce años empezó a publicar colaboraciones con su característico estilo inflamable. Sus textos no pasaron desapercibidos, lo que le permitió convertirse, muy rápido, en redactor jefe de publicaciones tan prestigiosas como Luz, Crisol o La Voz.

Imagen de Javier Bueno tomada de un recorte.

En 1931, sólo cuatro años después de la revolución Rusa, publicó el folleto titulado El estado socialista. Nueva interpretación del comunismo. Creía que la llegada del socialismo era inminente si se lograba la unidad de la clase trabajadora, “por encima de líderes y exégetas”. Afiliado a UGT, pero no al PSOE, siempre mantuvo un espíritu libertario. Era acérrimo antiestalinista y enemigo de cualquier burocracia.

Su radicalismo no impidió que se ganara la simpatía hasta de sus propios enemigos políticos. Así, el lerrouxista Rafael Salazar Alonso —ministro de Gobernación en el 34, posterior alcalde de Madrid y ejecutado sin pruebas por la República en el 36— sostenía que Bueno era “un hombre de extraordinaria simpatía. Bondadoso y buen compañero. Aunque de ideas avanzadas, nunca pude apreciar en él extremismo".

“Ni bebía, ni fumaba, ni trasnochaba”

Fue en La Voz, el vespertino fundado por el histórico editor José María de Urgoiti que llegó a vender 500.000 ejemplares, donde lo conoció Ramón J. Sender. La forma en que lo describe el autor de Réquiem por un campesino español da idea de que estamos ante un personaje cautivador y singular:

“Un hombre en plena juventud —escribe Sender en Nocturno de los 14—, fuerte, convivial y simpático (…) Pues a aquel hombre que llegaba todas las mañanas a la redacción a pie desde el barrio de Bellas Artes [hoy, El Viso] en la colonia del Hipódromo (le gustaba el aire libre y tenía costumbres higiénicas como no beber alcohol, ni fumar, ni trasnochar), aquel hombre que parecía nuestro hermano mayor y que cuando me veía a mí vestido de militar (…) comenzaba a imitar a los moros, hablando una jerga parecida y dando saltos para amedrentarme, como en un juego de niños…”.

En el año 33, su carrera —y su vida— dieron un giro decisivo. Su sindicado, la UGT, le encomendó la dirección de Avance, periódico del poderoso SOMA (Sindicato de Obreros Mineros de Asturias). Se estableció en Oviedo y se puso manos a la obra. Aplicó toda su experiencia y remodeló el periódico de arriba abajo. Lo convirtió en bastión de la lucha contra el Gobierno conservador liderado por la CEDA. En pocos meses, lo transformó en el primer diario de la región, con 25.000 ejemplares, cabecera de referencia para líderes y obreros de la muy influyente izquierda asturiana.

Multas y detenciones

Cuando llegó el año clave de 1934, Avance era la plataforma perfecta desde la que dirigir la movilización. El Gobierno de Gil Robles tomó medidas. Sólo en el primer semestre, el periódico sufrió 32 secuestros de la edición y dos multas considerables. Los talleres fueron tomados y registrados por la Guardia de Asalto y la Guardia Civil. Los vendedores callejeros, perseguidos. Bueno respondió endureciendo aún más la línea radical. El director fue encarcelado hasta en cuatro ocasiones. La última, por este titular de junio de 1934: “Si Cataluña se levanta, no se levantará sola”. Se estaba abonando el terreno para la revolución, una revolución que suponían iba a ser equivalente a la soviética de siete años antes. España entera puso sus ojos en Asturias.

Su correligionario socialista y también colega periodista Indalecio Prieto destacó, también, el papel decisivo de Bueno para alentar la revuelta e instigar a los adversarios. “Se atrae usted los rayos pirotécnicos de nuestros enemigos”, le espetó en cierta ocasión entre el elogio, la broma y el reproche.

Más de 1.000 personas murieron en Asturias a causa de la revolución de octubre de 1934.

En este ambiente, llegó el día 5 de octubre. En la madrugada, se desarrollan primeros acontecimientos revolucionarios. Bueno, que llevaba sólo cinco días en libertad, trabajaba en la redacción de Avance. “En mangas de camisa —explicó el mismo— y arremangado como Pentapolín”, en alusión al personaje del Quijote, Era su estilo. Nunca usó sombrero, ni chaqueta ni abrigo.

Al día siguiente, el 6, vuelve a ser detenido. Se le acusa de “exaltación a la revolución”. El resto de los sucesos de octubre, sofocados el día 19, Bueno los vivió tras las rejas. En septiembre, ya de 1935, fue sometido a un consejo de guerra y acusado de “inducción a la revolución” y “encubrimiento”. Al oír la sentencia que le condenaba a reclusión perpetua y una multa de 70 millones, casualmente la misma cantidad con que se marchó Alfonso XIII al exilio, preguntó al tribunal: “¿Al contado o a plazos?”.

Bueno seguía bromeando, incluso después de que un militar le hiciera tragar literalmente su periódico: "Nunca había pensado que mis editoriales tuvieran tanta sustancia". Denunció torturas. Una foto con el torso lleno de heridas sembró la polémica. Toda España discutía sobre las “llagas furunculosas” de Bueno. Los periódicos de la CEDA, siguiendo la versión oficial, aseguraron que se debían a una diabetes que el recluso ignoraba padecer.

La imagen de Bueno y sus heridas.

A hombros por Madrid

Cuando la amnistía del 36, tras la victoria del Frente Popular, le devolvió la libertad, Bueno fue recibido como el gran héroe popular de la izquierda. Una multitud le paseó a hombros por las calles de Madrid, como si fuera un torero.

La situación del país no estaba para celebraciones. En junio, volvió a su puesto de director de Avance, pero la sublevación de Aranda en julio dejó Oviedo en manos de los rebeldes. El periodista sacó el fusil que escondía en la sala del telégrafo al grito de "no habrá más periódico. Ya no valen las palabras". Se unió a las tropas leales a la República que asediaban la capital. Combatió apenas unos meses —los únicos tiros que disparó en su vida— hasta que resultó herido en el tobillo. De ahí la cojera que ya le acompañaría de por vida. Inútil para el combate, volvió a su lucha, la del periodismo. Volvió a publicar Avance desde Gijón, aún en manos republicanas, y escribió crónicas desde el frente.

"Era nuestra obligación profesional —explicaría más tarde—. El periódico también era un frente tipográfico. ¡Cuánta habilidad periodística era necesaria para sostener una desilusionada retaguardia! ¡Meses hilvanando optimismos y esperanzas sobre cuartillas! Había que seguir escribiendo para sostener la moral de la población civil. Había que convertir las derrotas del frente en victorias tipográficas".

En el otoño del 37, tras la caída de Asturias, huyó a Francia en un pesquero, pero sólo para poder llegar a Madrid. Largo Caballero le encargó la dirección del semanario radical Claridad. Hay quien vio cierta moderación tras la llegada de Bueno. De hecho, durante la guerra, fue de los pocos que criticaron los excesos de su propio bando. Ya en los últimos días de la contienda apoyó el plan del coronel Casado para llegar a una “paz negociada” con los nacionales. Ya era tarde. Cuando las tropas franquistas entraron en Madrid, Bueno se refugió en la embajada de Panamá. No sirvió de nada. El 4 de abril del 39, la legación diplomática fue asaltada por los legionarios y el periodista detenido.

Milicianos del frente de Lugones (Asturias) leen el primer número del Avance, después de que Javier Bueno consiguiera volver a publicar el periódico en Gijón. Constantino Suárez Museo del Pueblo de Asturias

Le encarcelaron en Porlier, en pleno barrio de Salamanca. Allí se encontraría con su amigo y antiguo redactor de Avance Juan Antonio Cabezas, quien habría ser el mejor testigo de sus últimos días. Fue sometido a consejo de guerra. Renunció a defenderse y le concedieron diez minutos para exculparse. Diez minutos eternos en los que negó todas las acusaciones y se reafirmó en sus artículos. Lo condenaron muerte.

Un cura maravillado

En la cárcel, Bueno enseñaba Gramática a los reclusos. Pasó su último día discutiendo con el capellán en latín, quien quedó “maravillado” de la cultura del preso y de su “respeto a las creencias”, según relató en Asturias: Catorce meses de Guerra Civil su amigo Cabezas, quien se libró de la pena de muerte tras ganar un concurso de relatos.
"Quizá no me volváis a ver", dijo al despedirse de sus amigos, levantando el garrote que amortiguaba la cojera. Era su gesto “para quitar a la escena el patetismo, al que era tan contrario”. Finalmente agregó: "Buena suerte, pillastres". Y metiéndose el garrote bajo el brazo les tendió su mano. "Nos volvimos para que no viese nuestras lágrimas", recordaría su colega y paisano.

El 26 de septiembre, Cabezas vio salir a Bueno por el patio de la cárcel, rodeado de guardias, "sin una palabra de más, sin un gesto, cojeando y casi sonriente". Recordaría años después que Bueno solía decir que los gritos, los "vivas" y los "mueras" no eran otra cosa que “manifestaciones histéricas del miedo”. Que, como todo era ya inútil, lo mejor era callar. Y así, callado, a las seis de la mañana fue colocado ante el pelotón de fusilamiento. Le enterraron en una fosa común del Cementerio del Este. Tenía 48 años.

Ni calle, ni premio

Ochenta años después, casi nadie recuerda a Javier Bueno. En Getafe existe una avenida con su nombre. En Madrid, algunos grupos llevan años intentando que la calle Divino Pastor —próxima a Fuencarral, donde nació el periodista— recupere el nombre que le dio la República en septiembre de 1936: Calle de Javier Bueno.

La Asociación de la Prensa —de la que llegó a ser presidente— dejó de conceder en 2012 el premio creado en 1983 con su nombre. El último galardón lo recibió Carlos Alsina. Entre el palmarés de premiamos, se encuentran María Peral, periodista de EL ESPAÑOL; Antonio Herrero, que lo rechazó, y Manuel Leguinche.