En enero de 1942, la ofensiva nazi contra Sebastopol se había enfriado tras constatar las tropas de la Wehrmacht que no sería posible obtener una victoria rápida sobre la ciudad, localizada en la Península de Crimea. Con el frente estabilizado, dio comienzo una guerra de posiciones en la que los francotiradores comenzaron a ponerse las botas. Era su hábitat ideal: guarecerse en los lugares más recónditos y pegarle un balazo en la cabeza a algún soldado despistado del bando enemigo.

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La inquietud y el temor abordaron a los altos mandos del Ejército Rojo después de que un tirador de precisión alemán abatiese a cinco hombres, dos de ellos oficiales, en apenas dos días. En aquel entonces, entre las filas soviéticas ya era de sobra conocida la asombros precisión de Liudmila Pavlichenko, que había participado en la defensa de Odessa. Su misión pasaba a ser primordial y consistían en localizar el escondite del francotirador nazi y acabar con él.

Pavlichenko y el sargento Fiódor Sedi, su habitual compañero, se desplazaron hasta la zona donde se habían registrado los ataques. Con la ayuda de los zapadores de la 79.ª Brigada de Fusileros de la Marina, cavaron una trinchera de 10 metros de longitud y 80 centímetros de profundidad entre un boscaje de enebros y avellanos. Sobre ella instalaron una estructura metálica plegable que cubrieron con ramas y nieve. El camuflaje convertía la trinchera en una vulgar zanja sin peligro.

Pavlichenko acabó con un total de 309 nazis.

Dos días pasaron Pavlichenko y Sedi vigilando por turnos y con unos prismáticos el puente en ruinas en el que supuestamente estaba escondido el francotirador alemán, hasta que asomó la cabeza. La pareja rusa había fabricado un señuelo —un maniquí sujeto a un palo, vestido con abrigo y casco, y provisto de un fusil atado atado a la espalda para darle más autenticidad—, y cuando lo arrastraron hasta tierra de nadie, el nazi picó el anzuelo y apretó el gatillo, delatando su posición.

"¡Por fin te tengo, nazi cabrón, después de tanto tiempo sentada bajo un frío de muerte!", pensó la tiradora soviética apuntando por la mirilla telescópica de su SVT-40. El fritz tiró del cerrojo de su fusil, recogió el casquillo usado y miró fuera de su escondite. En ese momento, justo antes de impactar en su objetivo, Pavlichenko recordó un consejo de su maestro durante la instrucción: "¡Nunca creas que tu disparo será el último y no seas demasiado curiosa!".

La francotiradora le brindó a su superior el fusil de tipo Mosin del nazi, su Cruz de Hierro y su cuaderno. Se llamaba Helmut Bommel y era un pez gordo con dos condecoraciones que había combatido en Polonia, Bélgica y Francia. "Tiene una marca de 215 soldados y oficiales muertos. ¿Cuántos tienes tú, Liudmila?", le preguntó el coronel. "227", contestó la mujer, de 25 años, que hasta la fecha no había recibido ningún reconocimiento.

Amistad con Eleanor Roosevelt

Ese episodio, que recuerda a la película Enemigo a las puertas y a las hazañas de su compatriota, Vasili Záitsev, el otro gran francotirador del Ejército Rojo durante la Segunda Guerra Mundial, fue uno de los varios duelos que mantuvo Liudmila Pavlichenko con sus homólogos alemanes hasta que las heridas provocadas por el fuego de mortero la retiraron del frente en julio de 1942. Todo esto lo dejó por escrito en sus memorias, editadas ahora por Crítica bajo el título de La francotiradora de Stalin.

Cuando Hitler invadió la Unión Soviética en 1941, abandonó sus estudios de Historia para enrolarse en las filas de las tropas rusas. Su certificado de graduación en la escuela de francotiradores con excelentes notas la avalaba. A la par que iba abatiendo a los enemigos alemanes —su lista ascendió hasta las 309 víctimas, la más brillante de todas las tiradoras de la URSS—, su nombre comenzó a darse a conocer en todos los estamentos del Ejército rojo; y eso que Liudmila tuvo que hacer frente al machismo imperante en un oficio, la guerra, en teoría solo accesible para los hombres.

Pavlichenko con un retrato de Stalin a su espalda.

"Eres francotiradora, así que dispara contra los nazis con todos tus medios. Pero las órdenes las darán los que se supone que deben darlas... Un varón, por supuesto", le dijo un sargento en noviembre de 1941 cuando descubrió que una mujer iba a ser su superiora.

Tras abandonar la primera línea de fuego, Pavlichenko fue enviada a Canadá y Estados Unidos en misiones de propaganda. Allí se reunió con el presidente Roosevelt y su mujer, Eleanor, con la que entabló una curiosa amistad. "A decir verdad, al comienzo del viaje a EEUU nunca tuve prejuicios contra ella: aristócrata, millonaria, miembro de la clase explotadora, pensaba", escribe la heroina soviética. "Nunca se me pasó por la cabeza que una mujer tan extraordinaria pudiese interesarse tanto por mí".

El ángel de la muerte de Stalin, al acabar la Gran Guerra Patriótica, como la denominaban los rusos, acabó sus estudios de Historia —defendiendo de forma exitosa su tesis sobre el histórico cosaco Bogdán Mijáilovich Jmelnitski— y se dedicó a escribir sus memorias sobre la contienda, que desprenden la incertidumbre de las batallas, la soledad del francotirador, del cazador paciente, que "solamente dispara una vez, y si yerra, lo puede pagar con su vida".