Obama visto por el pintor Kehinde Wiley, famoso por sus extravagantes motivos.

Obama visto por el pintor Kehinde Wiley, famoso por sus extravagantes motivos.

Arte El símbolo del poder

Obama, lo que oculta el retrato del rey del postureo

Novelistas, historiadores del arte, poetas y artistas desvelan las claves simbólicas del retrato que ha roto con las convenciones del género más tieso y zombie. 

De la realidad al símbolo sólo hay una tela. Un lienzo en el que los retratos y las metáforas se construyen con algo tan vulgar y fascinante como un pigmento. La materia sale del pincel para construir un mito, rectificar la historia y enderezar el relato… de Barack Obama. Por eso el artista Kehinde Willey ha entremetido al ex presidente de los EEUU en uno de los grandes mitos americanos: la naturaleza.

“Esto ya es algo extraño si pensamos que lo habitual es presentar a esta clase de personajes en el interior de un edificio neoclásico (que recuerde mucho a la vieja Europa), y al mismo tiempo con una ventana que se abra a un paisaje típicamente estadounidense, un paisaje de pioneros, un espacio primordial y virgen que nos recuerde que los EEUU son la superación política y estructural del Viejo Continente”, explica a este periódico el escritor Agustín Fernández Malloganador del Premio Biblioteca Breve con Trilogía de la guerra (Seix Barral).

El mito del elegido

Le sorprende al novelista y poeta el trabajo de Willey al fundirlo en ese fondo que podría ser de arbusto, pero que “al tiempo recuerda a algo selvático”. El pintor ya mencionó el vínculo que quería establecer con los orígenes afroamericanos del primer presidente negro de los estadounidenses. “La mitología del hijo siempre esperado, del elegido, aparece aquí con una fuerza brutal: el personaje, como ocurre en la iconografía cristiana, parece flotar virginal”, añade.

El día de la presentación de los dos retratos, en el Smithsonian.

El día de la presentación de los dos retratos, en el Smithsonian.

Para Fernández Mallo, la selva ha sido civilizada, como un jardín victoriano que crece sin poda. “Obama es el joven jardinero que vino a trastocarlo todo”. Es la imagen del mesías, que llegó para cambiarlo todo. Aunque logró poco. “Es el retrato de un actor más que el de un presidente”, apunta Miguel Ángel Hernández, profesor de Historia del Arte y novelista. Cree que el retrato es el perfecto símbolo perfecto de la presencia política de Obama: parecer que no hace política, parecer que no es un presidente, parecer que no bombardea, parecer que va a cerrar Guantánamo, parecer que no es un retrato oficial, parecer que esto no es puro culto a la personalidad.

Retrato zombie

“El casual constante, de eso va su política. Política vaselina para que entre bien”, dice Hernández para señalar la intención de la seriedad que no es seria. “Ha logrado que algo tan anacrónico, algo tan zombie como un retrato de un hombre ilustre, no nos resulte extraño”, dice el escritor que en mayo publicará la novela El dolor de los demás (Anagrama). El retrato de Wiley es como el Obama Care: parece haber abierto una brecha en el género, pero en realidad no ha movido nada.

Aunque artistas como Ouka Lele aplauden la reconversión del género, en algo mucho “más vital, artístico, creativo y fresco” que los retratos oficiales al uso. “El retrato oficial no tiene por qué ser mortuorio. El de Michelle Obama me encanta por el color, la composición y las formas. Es una mujer bella y real. En el de Barack Obama hay alegría y vida”, dice a este periódico.

El retrato realizado por Kehinde Wiley.

El retrato realizado por Kehinde Wiley.

La fotógrafa y pintora asegura que son “arte real”, que los anteriores presidentes estadounidenses que viven en las paredes de la National Portrait Gallery parecen pintados por el mismo artista. “Ojalá Obama abra un camino para desarrollar en el futuro. Ojalá los gobernantes vuelvan a unirse al arte”, cuenta. De hecho, explica que a ella le encantaría hacer el retrato de la familia real de Felipe VI. Ya había ofrecido sus dotes artísticas a Juan Carlos I, pero la propuesta nunca cuajó.

No al blanqueo

Tanto el retrato de Kehinde Wiley como el de Amy Sherald son trabajos personales y sorprendentes, que Semíramis González, co-directora de la feria de arte emergente JustMAD, aplaude por ser la primera familia presidencial afroamericana en el Instituto Smithsonian. “Que hayan escogido a dos artistas también afroamericanos me parece un acierto, muy en la línea de lo que defiende la pareja. Ya está bien de tanta hegemonía blanca en los poderes públicos y en las representaciones visuales que consumimos”, manifiesta.

La obra de Amy Sherald.

La obra de Amy Sherald.

El sociólogo y escritor Miguel Roig, autor de La mujer de Edipo (Península), también señala el hecho de los orígenes raciales de los retratados como ruptura de convención. Aunque no olvida que ha dejado reformas pendientes, que no se significó como el gran transformador que prometió ser, sino por su diferencia ética. La historiadora del arte Patricia Mayayo cree que ambos retratos son atractivos porque, a pesar de que el género del retrato oficial es muy caduco, es interesante que los hayan realizado artistas afroamericanos de manera muy poco convencional. A la autora de Arte en España 1939-2015. Ideas, prácticas, políticas le ha interesado más el de Michelle porque la artista prescinde del fondo y la retrata con la piel gris.

Falsa libertad

“No sabemos si la opinión por la pintura es el medio ideal para inmortalizar a la clase política”, dice Álvaro Perdices, comisario independiente e historiador del arte. “A pesar de no tener precedentes en el contexto de la pintura presidencial, su carácter camp y la parafernalia que las acompaña parece ser el objetivo donde quedan insertadas y siguiendo probablemente el deseo de sus seguidores”. Perdices se fija en cómo la vegetación crece libremente por las paredes y le sube por los talones, mientras el ex presidente parece permitirlo.

Sobre el retrato de la ex primera dama señala la paleta de grises planos, acartonados y sin sonrisas. “No estamos hablando de la audacia del diseño y corte de Sonia Delaunay. Al final lo que hay debajo es el mismo deseo de realeza cuche wannabe y un contexto corporativo donde las aparentes libertades son sólo guiños”, explica Perdices.

En la misma línea opina Javier Pérez Rojas, catedrático de Historia del Arte, que cree que más que una ruptura con el retrato oficial, lo que logra es la "oficialización de una nueva imagen del poder y de ciertos postulados alternativos en boga". Por eso asegura que la obra ha conseguido "sobradamente lo que pretendía". Es decir, incidir en el relato del otro presidente, el irreal. Ese que pretende una imagen más desenfadada y directa, esa que prefiere representarlo como algo alejado de la política: Obama, tu colega

Puro postureo

Al filósofo Fernando Castro Flórez los retratos póstumos son obras de pintores que encursilan a raperos. Y no le extraña porque han procurado mostrar más swing que todos los presidentes anteriores juntos. “La época del postureo y la política del kinder-huevo requieren un fondo edulcorado o, descaradamente, kitsch. Obama era un storyteller y, más que "tener un sueño", lo que hizo fue entregarse a la conocido tarea de "hacer que se hace". El presidente que prometió cerrar Guantánamo terminó coqueteando y haciendo selfies el el funeral de Mandela”, dice el crítico más crítico.

No está de broma: su retrato, dice, es el perfecto ejemplo de nuestro tiempo idiotizante. “Si Clinton dejó que le pintara Chuck Close (literalmente descompuesto tras una especie de cristal esmerilado como si tuviera que avergonzarse, hasta la eternidad, por sus pecados), Obama que ya tenía un retrato a huevo (el de Obey que asoció su llegada con algo de "esperanza") ha decidido pasar a la posteridad museal como un happy-flower”.

El cartel de Hope, firmado en 2008 por Obey.

El cartel de Hope, firmado en 2008 por Obey.

Y adelanta que para Trump ya está el cagadero de oro “made in” Cattelan. “Lástima que no sepan en EEUU que hay un tal López que puede pintar a la realeza hasta que se extingue. Aquí sí que sabemos cómo se pinta la cosa”.

Una década (de esperanza)

En la campaña presidencial de 2008 hubo una imagen que ayudó a convertir en icono a Barack Obama y el cartel lo firmó el artista Shepard Fairey (Obey). La pieza fue adquirida por el Instituto Smithsonian para la Galería Nacional de Retratos, donde ahora cuelga el nuevo retrato. Diez años en dos retratos, desde la esperanza a la promesa. Un camino a la inversa. O no. Para Estrella de Diego, comisaria, académica, crítica y catedrática de Historia del Arte, aquel momento "muchos lo celebramos como un triunfo colectivo de la diversidad y pensamos que los tiempos habían cambiado, esta vez sí". 

Estos dos retratos pintados por artistas afroamericanos han logrado que "la emoción sea más fuerte si cabe", explica De Diego. "Los afroamericanos han entrado por la puerta grande de la retratística de los EEUU, en uno de sus templos. Y pese a todo, una pregunta surge impertinente: ¿para cuándo el retrato de una mujer en calidad de presidenta y no de presidenta consorte?".