De sobra es conocida la anécdota sobre el origen histórico de esta ópera de Verdi compuesta para inaugurarse en el Teatro Apollo de Roma: el asesinato del rey Gustavo III de Suecia, que ya sirvió de argumento para el Gustave III de Auber o Il Reggente de Mercadante. Este rey nórdico sufrió un atentado durante un baile de máscaras en 1792 a manos de cinco miembros de la nobleza y murió 13 días después, no sin antes torturar salvajemente a sus asesinos, a diferencia de la nobleza que muestra el protagonista de la ópera verdiana concediendo el perdón y la absolución a sus verdugos.

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Inicialmente el texto trascurría en Estocolmo pero tuvo que ser modificado por Verdi debido a la censura primero en la Nápoles Borbónica, donde inicialmente se iba a entrenar el título y posteriormente en Roma donde finalmente vio la luz en 1859. El relato acabó en la Boston colonial, transformando a Gustavo Rey en Riccardo, Gobernador de Boston. Hoy día este título se representa indistintamente en sus dos versiones pero en el Teatro Real veremos la “americana”. Así la Casa Real se libra de ver, el día del estreno y por segundo año consecutivo, cómo muere en escena un miembro de la realeza tras el Don Carlo de 2019.

La ligeramente abucheada, rutinaria y poco destacable versión escénica del regista Gianmaria Aliverta envuelve la trama no en la América bajo el dominio inglés sino en los años siguientes a la Guerra Civil Americana y los conflictos raciales. Como idea es muy original y podría tener recorrido. Lástima que esta producción en Madrid se queda en algunas pinceladas que intentan epatar más que hilar la trama.

Procedente de La Fenice de Venecia no fue ni la primera, ni la segunda opción del equipo gestor del Real pero era la que había disponible. Qué le vamos a hacer. Aunque se ha adaptado a las medidas sanitarias con motivo de la Covid-19 por el propio Aliverta, la culpa no es tanto del coronavirus como de la escasez de ideas que se resuelve con una dirección escénica tirando a antigua, con un punto histriónico.

Hay algunas escenas reseñables, como la cueva de Ulrica -a pesar del uso en exceso de los ascensores- o el marco patriótico creado para el aria de Riccardo en el III acto. Pero poco más. La iluminación tampoco ayudaba ni a entender la trama ni en algunas ocasiones a que los cantantes se pudieran mover por escena casi a ciegas, como en el acto II.

Ensayo general de la ópera.

Musicalmente la función es otro cantar. El despliegue vocal es magnífico y para la ocasión, el Teatro Real repite algunos nombres de La Traviata de julio que reabrió el teatro tras el confinamiento: en el foso Nicola Luisotti y en el escenario Michael Fabiano como Riccardo y Artur Rucinski como Renato. Les acompaña en esta ocasión Anna Pirozzi como Amelia y Daniela Barcellona como Ulrica. Todos a un nivel extraordinario. Un derroche vocal digno de los mejores teatros del mundo (que por cierto siguen cerrados la mayoría).

El gran director toscano Nicola Luisotti repite en el foso con Verdi y demuestra el porqué es considerado uno de los grandes traductores del compositor: un magnífico concertante, un director de voces que deja que los cantantes disfruten con sus roles, la lectura de este Ballo es eficaz, potente, intimista en los momentos más líricos, misterioso y oscuro en la escena de Ulrica y el camposanto, lírico y ampuloso en los coros y con un fraseo y una tensión dramática magnífica. Detallista, elegante y muy cuidadoso de los volúmenes, ajustándolos para que la comunión entre foso y escena fuera empastada, homogénea. Verdi se reencarna en Luisotti, su mejor médium.

Michael Fabiano es un tenor generoso, entregado, con una peculiar manera de cantar y de interpretar. Tiene un amplio agudo, ancho y una zona central con un precioso color. Es arrebatado en el canto, con una excelente dicción y emocionado en el recitado. El día del estreno tenía ganas de lucirse y salir ganador. Excelente en su duo de amor con Pirozzi (Amelia) y especialmente soberbio en una muy personal y magnifica Ma se m´e forza perderti que aprovechó para lucirse y resolver airoso. Mucho mejor que en la Traviata de julio. Riccardo es un personaje que le va mucho más a su voz y a su actual momento vocal.

Artur Rucinski parece haberse abonado al Real, y yo bien que me alegro. Este barítono polaco es una de las máximas estrellas en su tesitura a nivel internacional. De fraseo impecable, una inmensa seguridad en el canto, una poderosísima manera de atacar la zona alta, un fiato eterno -parece que no respira nunca!- y una imponente presencia escénica. Este cantante es un belcantista reputadísimo y todo su saber hacer en Donizetti o Bellini lo aplica en este titulo verdiano: elegancia, soltura vocal, un precioso timbre y una sagaz manera de cantar, con elegancia y mucho señorío. Toda la función estuvo grandioso pero fue su Eri tu el que cortó la respiración y encandiló al público con una eterna, inmensa y rotunda nota final que parecía que no acababa nunca.

Anna Pirozzi y Artur Rucinski. Teatro Real

Anna Pirozzi se ha prodigado poco por Madrid. La pudimos ver en Macbeth y Aida pero se la puede escuchar más por otros teatros españoles que ya conocen el señorío y grandeza de esta napolitana. Es una excelente verdiana, con una voz grande, armónica, dúctil, que maneja con una inteligencia soberbia y es una digna heredera de aquellos afilados pianissimi de la Caballé, que ataca con una seguridad pasmosa, sin desmerecer los generosos agudos que defiende con una fortaleza emocionante. Muy emocionantes sus respectivos duos con Riccardo y Renato, especialmente bien resuelto toda la escena del camposanto y sobresaliente en su gran aria del comienzo del tercer acto, “Morrò, ma prima in grazia”. Realmente hermoso lo que consiguió con esta escena.

Daniella Barcellona apareció con una caracterización delirante, a medio camino entre el vestido de La Duquesa De Alba de Goya pero coronada con una mascara de chamana africana. Un despropósito. Pero fue abrir la boca y dictar sentencia: este personaje es extraordinariamente ingrato por la brevedad y dificultad pero muy agradecido si se coge el toro por los cuernos y se hace bien. Arranca con unos graves subterráneos y rápidamente la voz debe irse arriba y moverse entre la zona media y alta. Barcellona lo bordó. Con los años ha madurado una voz lírica ganando en graves y manteniendo la preciosa zona alta que le caracterizó. A priori podría parecer que Ulrica es un papel que le puede quedar descolocado pero simplemente lo encarnó con voz e intención.

Excelentes y muy bien cantados los comprimarios: Tomeu Bibiloni (Silvano), Daniel Giulianini (Samuel) y Goderzi Janelidze (Tom). Y una digna Elena Sancho como Oscar, algo menos soubrette de lo que el personaje requiere pero que defiende bien el rol. En general, unas magnificas voces para unos personajes que a veces se dejan abandonados. No es el caso. Muy reseñables.

El Coro Intermezzo y la Orquesta titular del Teatro Real, como ya nos tienen acostumbrados, lograron un nivel excelente. Muy aplaudidos todos los protagonistas y una sensación de arranque de temporada con ganas de más.