Amanda Peet.

Amanda Peet. Getty Images

Celebrities SALUD

El relato más brutal de Amanda Peet: le detectan cáncer de mama mientras sus padres están en cuidados paliativos

La actriz ha desvelado su diagnóstico en un ensayo para 'The New Yorker' donde ha narrado cómo fue el peor momento de su vida.

Más información: Carla Bruni anuncia el final de su tratamiento contra el cáncer de mama y habla de los "efectos secundarios bastante agresivos"

Publicada
Actualizada

Dicen que las desgracias nunca vienen solas. Que se lo digan a la actriz neoyorquina Amanda Peet (54 años), conocida por sus interpretaciones en Falsas Apariencias o Vicios Ocultos.

La artista acaba de anunciar, a través de un artículo publicado en The New Yorker, que padece cáncer de mama y que, por si no fuera suficiente, recibió su diagnóstico con sus dos progenitores en cuidados paliativos.

"Durante muchos años me han dicho que tengo unas mamas densas y complicadas; no como un cumplido, sino como una advertencia de que necesitan una vigilancia extra", comienza explicando.

Peet en una de sus últimas imágenes públicas.

Peet en una de sus últimas imágenes públicas. Getty Images

De ahí que cada seis meses acudiera a las revisiones con su doctora. El último examen al que se sometió en agosto de 2025 reveló que en uno de sus pechos había una lesión sospechosa que había que analizar.

Después llegó todo lo demás: biopsia, anatomía patológica, resonancia magnética, y una suma y sigue de pruebas hasta confirmar finalmente su enfermedad: cáncer de mama lobular.

Tras una búsqueda activa en Internet para conocer más sobre su tumor, la actriz se aterrorizó al descubrir que "el lobulillar es escurridizo y insidioso porque crece en hileras que pueden confundirse con tejido mamario normal".

"Incluso si tienes la suerte de que lo detecten en una prueba de imagen, su tamaño suele subestimarse. Y el remate: “a los diez años… hay la mitad de probabilidades de seguir con vida".

Cuando recibió la dura noticia, Amanda, que estaba sola, llamó a su marido, David, y a todas sus amigas. Pero no reunió las fuerzas suficientes para contárselo a su madre.

Cuenta que entre ellas nunca había secretos. "Siempre le conté todo a mi madre, incluso la primera vez que hice sexo oral. Nunca rehuyó los temas incómodos; la charla banal le resultaba casi ofensiva".

"Mi madre vivía en una casita a seis metros de nuestra cocina, pero ni se me pasó por la cabeza ir a contárselo, porque estaba en la fase final de la enfermedad de Parkinson. Todavía me reconocía y a veces respondía "sí" o "no" a mis preguntas, pero siempre volvía a esa mirada vacía".

La actriz posando con su marido, David Benioff.

La actriz posando con su marido, David Benioff. Getty Images

Muerte de sus padres

En medio de todo el proceso. Su hermana le comunicó que tenía que viajar urgentemente a Nueva York porque su padre se estaba muriendo.

"Nuestros padres, divorciados desde hacía años, estaban los dos en cuidados paliativos, cada uno en una costa distinta. El ingreso de mi madre había empezado en junio, pero el de mi padre llevaba apenas una semana, así que no esperábamos que fuera él quien se marchara primero", asegura.

"Volé a Nueva York. No llegué a tiempo para ver a mi padre dar su último aliento, pero sí pude ver su cuerpo antes de que se lo llevaran del apartamento. Me sentí culpable por no llorar, aunque al menos tuve una tregua en ese juego mental de calcular cuánto tiempo me quedaba a mí de vida".

"En cuanto el cadáver de mi padre desapareció de mi vista, volví a tener vía libre para entrar en pánico por mi cáncer".

Amanda Peet y su hermana acordaron no contar a su madre que su padre había muerto. Y por supuesto, seguían sin decirle nada de la enfermedad de su hija.

Le habían descubierto otro bulto en la mama, pero esta vez benigno. Con todos los resultados en la mano, su doctora le comunicó su tratamiento: lumpectomía, o lo que es lo mismo, cirugía de conservación de mama, y radioterpia.

Por suerte, no tuvo que someterse a quimioterpia. Su cáncer estaba en estadio I.

La actriz neoyorkina junto a su madre.

La actriz neoyorkina junto a su madre. Getty Images

Pero aún le quedaba otro duro golpe que soportar: la muerte de su madre, que falleció en enero de este año.

"La morfina tardaba una eternidad en hacer efecto, y ella miraba al techo y sollozaba, así que me subí a su cama. Nuestras miradas se cruzaron y se calmó, y entonces ella y yo seguimos mirándonos fijamente durante lo que parecieron varios minutos. No estaba segura de si mi madre sabía que me estaba mirando o si yo era solo una constelación de formas interesantes y sin cuerpo. Dije ‘hola, garabato’, así es como me saludaba a menudo. Pero entonces me di cuenta de que se estaba comunicando sin palabras, y la imité. El tiempo se acababa y, además, ya le había contado todo".