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Detrás de una fachada discreta, de esas que hacen que los turistas pasen de largo, se puede esconder una cocina capaz de conquistar a uno de los mejores cocineros del mundo.

Es exactamente lo que ocurre en Platja d'Aro, donde un pequeño local familiar apartado del bullicio se ha convertido en uno de los refugios de Joan Roca.

El chef de El Celler de Can Roca —restaurante con tres estrellas Michelin y punto de peregrinación mundial— lo desveló en una entrevista en el podcast La Prórroga.

Durante la charla, abrió su agenda personal para contar dónde come él cuando busca, simplemente, comer bien y sin postureo.

Entre sus tres recomendaciones —junto al bistró parisino Le Baratin y el barcelonés Gresca— descubrió un tesoro oculto de la Costa Brava: Ca la Pepa.

"Es un restaurante que no está en primera línea de mar, ni en el paseo marítimo, sino que está más resguardado", explica.

Para él, el encanto reside en su falta de pretensiones. Lo define como "un local aparentemente muy sencillo y humilde", pero que guarda un secreto a voces entre los gourmets de la zona porque "tienen una buena carta y cocinan muy bien".

De Barcelona a la avenida de S'Agaró

El local abrió sus puertas en abril de 2011, en plena resaca de la crisis, y lo sostiene desde entonces un binomio estrictamente familiar compuesto por Pepa Sánchez (73 años) y su hijo, Lluís Alonso.

Antes de instalarse en el Baix Empordà, madre e hijo habían gestionado varios negocios de hostelería en Barcelona, un bagaje urbano que se nota en su exigencia con el producto.

Eligieron un emplazamiento a contracorriente: la avenida de S'Agaró, a un paso de la playa, pero fuera del ruido del paseo. La fachada es tan sobria que pasa inadvertida y el interior renuncia a cualquier artificio decorativo. La sensación es la de comer en casa.

La religión del producto

Esa humildad estética es una declaración de intenciones. Ca la Pepa es, ante todo, cocina de mercado con una carta que cambia según lo que llega de la lonja y de la temporada.

"Cuando no tenemos el mejor producto, no hacemos los platos", sentenciaba Lluís Alonso en una entrevista al diario ara.cat.

Su filosofía es la de la mínima manipulación del producto sostenida por una lista de proveedores que asombra para un local que, visto desde fuera, parece un bar de pueblo.

Quien quiera colarse a cotillear su cocina, no tiene más que echar un vistazo a su perfil de Instagram (@ca_la_pepa), que es un perfecto escaparate de su despensa: atún rojo de Balfegó, cerdo Joselito, vaca vieja de Luismi y los impresionantes mariscos que a diario adquieren en la lonja.

¿Qué comer en Ca la Pepa?

Mucho más recomendable que quedarse solo en sus redes sociales es sentarse en sus mesas. El recorrido puede empezar con un picoteo a base de aceitunas, pan con tomate, ensaladilla rusa y una tapa de patatas bravas.

Para continuar la comida, los tomates de temporada con burrata se han ganado fama propia; los calamares a la andaluza, el tataki y el tartar de atún o el arroz de gambas de Palamós confirman su dominio del mar.

En las carnes manda la chuleta de vaca vieja de Luismi, con patatas chip, y el cierre casi obligado es la tarta de queso de la Pepa.

Si es temporada de setas, las colmenillas con crema de foie son uno de sus platos estrella.

La bodega, pequeña pero muy bien escogida, redondea la propuesta con vinos a precios sensatos, algo poco habitual en la costa.

El ticket medio ronda los 75 euros, pero tanto clientes como críticos coinciden en que los justifica la materia prima.

El respaldo de Joan Roca solo ha puesto nombre a lo que los vecinos de Platja d'Aro guardaban casi en secreto: el lujo en la mesa no siempre se sirve sobre manteles de hilo fino.