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Pepe Rodríguez sigue tomándose los churros en Illescas con los de siempre, aunque lleve trece años siendo "el de MasterChef" y no "el del Bohío".

Desde ese pueblo de Toledo, con una estrella Michelin en El Bohío desde 1999, el cocinero se ha sentado junto al periodista Javi Antoja en el pódcast Se me Antoja by Montagud, para hacer un repaso de su oficio sin un átomo de maquillaje.

Habla de dinero, de fama y del equipo que lleva media vida a su lado, sin adornos y sin romanticismo.

Una profesión en la que, si asciendes, ganas menos

Comenta Pepe Rodríguez que a veces habla con sus amigos sobre qué pasaría si mañana quebrara Michelin. Alguno, dice, se suicidaría, "porque ha montado restaurantes pensando en Michelin".

No es una boutade contra la guía -le parece "la mejor que hay en el mundo"-, sino un aviso, pues muchos restauradores la miran solo a ella y se olvidan del comensal.

A esos mismos amigos recién estrellados les recuerda cuándo tenían un negocio que servía a 70 u 80 personas un domingo y ahora dan de comer a 19.

Y ahí viene la pregunta incómoda, cómo es posible que llegues a lo más alto de tu carrera y empieces a ganar menos. Un arquitecto o un albañil, razona, cuanto mejores son, más oportunidades y más dinero tienen.

En la alta cocina ocurre lo contrario. "Cuanto más te vas metiendo en esta pirámide, peor", lamenta.

Y descarta que la solución sean los asesoramientos. "Yo quiero vivir de mi restaurante", afirma. Aunque, según cuenta, la gran mayoría no vive del suyo.

Algo que aprender de Francia

Para explicarlo compara sus viajes a París. En un restaurante de una estrella se encuentra una mesa sin mantel, dos camareros que sirven veinticinco bocados moviéndose ellos solos y un precio que no le parece disparatado.

En España, en cambio, arrastramos extras que allí no se encuentran, como manteles de hilo que alguien tiene que planchar cada día o copas que a veces cuestan más que la propia botella de vino.

"No estamos jugando en la misma liga -resume- y creemos que sí".

Pepe Rodríguez

El sueño: una casa de comidas de tres estrellas

Pepe Rodríguez tiene claro que su cliente quiere comer muy bien, pero normal y que, cuanto más aparato le pone, más se asusta, porque a Illescas no llega gente de París.

Su reto, dice, es modular el mensaje, transmitir excelencia con naturalidad, tener "todo lo que tiene un tres estrellas, pero como una casa de comidas".

Cita a Ángel León, cuyo peor año, según contó en ese mismo pódcast, fue aquel en que le dieron la tercera estrella y quiso convertir Aponiente en algo que no era.

Y recuerda una comida reciente en Londres, en un estrellado donde no sabía si estaba en Inglaterra, en Bélgica o en Nueva Zelanda, de tan clónica que le pareció la cocina.

Frente a eso reivindica a Santi Santamaría, de cuyo pensamiento se declara deudor, aunque no de su cocina: el restaurante donde quien busca lujo encuentra rusticidad y quien busca rusticidad encuentra lujo.

El apellido MasterChef

La otra gran conversación es la de la fama. Rodríguez fue "Pepe el del Bohío" hasta que, hace trece años, se convirtió en "Pepe el de MasterChef", jurado del programa desde 2013.

Cuenta que ni siquiera sabía qué era porque no veía la televisión y, aunque conocía a Gordon Ramsay por su restaurante de Londres, ignoraba que hacía un concurso.

No llamó él; le llamaron, en plena crisis de 2008, con la zona de Illescas hundida por el desplome de la construcción y de la cerámica.

"Beso por donde está el escudo de MasterChef", admite, porque lo sacó de un momento difícil. Trece años después dice no cansarse, pues trabajó demasiados años en un oficio duro y con poca recompensa como para quejarse ahora que la tiene.