De la noche a la mañana, un virus puede cambiarnos la vida: a nosotros y a cada uno de los 7.700 millones de personas con las que compartimos la Tierra. Están entre, y dentro de nosotros: son el catarro que nos tiene moqueando unos días, la gripe que nos deja en cama otros tantos, y de vez en cuando, son mucho más. Sin embargo, tendemos a conocerlos de forma muy superficial pese a su importancia.

Noticias relacionadas

Definir qué es un virus pone a prueba nuestra capacidad de categorización, explica a EL ESPAÑOL Ester Lázaro, investigadora en el Centro de Astrobiología (INTA-CSIC) y directora del grupo "Estudios de evolución experimental con virus y microorganismos": "Sin ser iguales que la materia inerte, tampoco poseen todas las propiedades que los científicos consideramos que debe tener la vida". Poseen información genética para replicarse, pero no las estructuras ni los medios de obtención de energía para hacerlo por sí solos. De ahí su necesidad de introducirse en nuestras células para usar sus recursos y reproducirse: dicho de otro modo, de infectarnos.

1- No tienen nada que ver con las bacterias

La mayoría de enfermedades infecciosas que nos aquejan son víricas o bacterianas. Y las bacterias, mal que bien, las conocemos: son microorganismos procariotas, es decir, compuestos generalmente por una única célula sin núcleo que encapsula una  molécula de ADN. Están presentes en todos los organismos y todos los ecosistemas, incluso los incompatibles con cualquier otra forma de vida. El cuerpo humano contiene miles de millones de ellas, que han evolucionado en simbiosis con nosotros.

Especialmente importantes son las que componen el microbioma o 'flora' intestinal, un interesante ecosistema que variará según lo que comamos y los hábitos de vida que practiquemos. "Cultivar" las comunidades de bacterias beneficiosas nos puede proteger contra multitud de enfermedades. Las bacterias patógenas, por otro lado, nos han legado males para la humanidad como la tuberculosis, la sífilis o la difteria; también las intoxicaciones alimentarias como la listeriosis.

2- Necesitan un "huésped" vivo

La definición de virus es más compleja que la de bacteria. Se puede denominar como "agente infeccioso", o también, como hizo el inmunólogo y Premio Nobel de Medicina Peter B. Mendawar, como "un trozo de ácido nucleico rodeado de malas noticias". Poseen un núcleo de material genético que no puede subsistir ni replicarse si no se introduce primero en la célula otro organismo. Al contrario que las relaciones mutualistas que podemos establecer con ciertas bacterias, los virus son parásitos por naturaleza. De hecho, algunos infectan a las propias bacterias.

Hay miles de virus descritos, pero son muchísimos más los desconocidos. Son, después de todo, la entidad biológica más abundante del planeta. Algunos son inocuos y no causan sintomatología al contraerse; otros son relativamente cotidianos; y otros son capaces de causar grandes epidemias como el sarampión, la epidemia, el VIH-Sida y el ébola. El vector de contagio es diferente en cada caso: aéreo (respiración), por vía sexual o incluso por picadura de insectos como en el caso del zika. Identificar estos vectores es crucial para frenar los contagios.

3- Vacunas y antivirales, pero no antibióticos

Decir que la gripe se cura con antibióticos es un "cate" en el test de cultura científica. Lo explica en un artículo el profesor Sergi Maicas Priet del Departamento de Microbiología y Ecología de la Universitat de Vàlencia: "Una vez que [los virus] invaden las células humanas, toman el control de su maquinaria para beneficio propio, a costa de la destrucción total o parcial del propio huésped. Lo malo es que los antibióticos no les hacen ni cosquillas (...) el efecto que producen en nuestro organismo es debilitar a nuestros aliados bacterianos".

Las principales líneas de actuación farmacológica contra los virus son dos. La principal es la de las vacunas, que consiste eminentemente en la inoculación de una versión atenuada del patógeno que permite a la población generar anticuerpos específicos. La fiebre y las mucosidades, por ejemplo, son efectos colaterales de esa "batalla". Cuando no se puede prevenir la infección, sin embargo, existen los antivirales: en el caso de las personas seropositivas (con VIH), los antirretrovirales obstaculizan la replicación del virus para evitar que provoquen SIDA.

4- Si vienen de animales, peor

"El próximo virus pandémico vendrá de un animal", auguraba el epidemiólogo y 'cazador de virus' estadounidense Dennis Carroll en Pandemic, una serie oportunamente estrenada por Netflix en enero. No estaba jugando a las adivinanzas: en fecha reciente hemos experimentado la H1N1 derivada de la gripe porcina; la H1N9 y gripes de tipo A que vienen de las aves; y los coronavirus responsables de las últimas pandemias, los SARS-CoV y los MERS-CoV, que provienen del murciélago y el camello respectivamente.

¿Por qué son tan preocupantes? Ante un virus zoonótico (transmitido por un animal), ningún ser humano tiene desarrollados anticuerpos para defenderse. "Si esos virus se adaptan o adquieren determinados genes de los virus humanos podrían desencadenar una pandemia", advierte la OMS. La mal llamada 'gripe española' de 1918, una gripe porcina originada en Kansas, costó la vida a entre 50 y 100 millones de personas en todo el mundo. Y como recordaba el propio Collins, no fueron solo víctimas de la enfermedad, sino del colapso del sistema sanitario y de la economía. 

5- Mutan constantemente 

Si los virus pueden saltar del animal al hombre, adquirir propiedades genéticas humanas y transformarse en diferentes cepas, es porque están constantemente mutando. Con cada replicación celular forzada, hay posibilidades de error. Si el material genético es ADN (ácido desoxirribonucleico), hay margen de reparación, pero si es ARN (ácido ribonucleico), los fallos serán permanentes.

"Entre esos virus mutantes, a veces hay algunos capaces de interaccionar con los receptores de especies diferentes a la que infectan habitualmente, por ejemplo la nuestra. Por eso, a veces un virus animal puede empezar a causar una enfermedad en humanos", explica Lázaro. "Una vez en la nueva especie, el virus sigue mutando. Producirá mutantes mejores y peores, pero la selección natural se encargará de favorecer a los primeros, en este caso los que mejor se multipliquen en nuestras células y los que más eficientemente se contagien entre personas".

6- No quieren "matarnos" a todos

Precisamente la teoría de la selección natural nos da la clave de por qué, pese a lo que hemos llegado a creer, un virus no está "interesado" en la erradicación total de la especie a la que contagia: se quedaría sin huéspedes, que son su única manera para seguir activos y reproduciéndose. En el caso de las "nuevas gripes", los mutantes menos agresivos se han acabado imponiéndose y asimilándola a la "gripe común".

"Como todo el mundo sabe, los virus ni piensan ni deciden. Lo que hacen muy bien es equivocarse al copiar sus genomas, es decir, producir muchos mutantes", aclara Lázaro. "Las buenas noticias son que, a veces, lo que favorece al virus también nos favorece a nosotros. Muchos, con el tiempo, disminuyen su virulencia, de modo que pueden replicarse dentro de las células sin desencadenar una respuesta inmune muy agresiva. Unido al aumento de la inmunidad en la población, muchos de los que son muy letales al principio se van haciendo con el tiempo mucho más llevaderos".

7- Son un misterio antiquísimo

La virología era una ciencia emergente cuando se produjo la pandemia de 1918; 100 años después hemos dado pasos de gigante, pero todavía no conocemos con certeza cuál es el origen de los virus, más allá de que se remontan a los inicios de la vida en el planeta. Su resiliencia está fuera de toda duda: el deshielo de los polos, por ejemplo, está reactivando virus y bacterias que se mantenían aletargados durante milenios. 

Hay tres teorías, explica Lázaro: la primera, que aparecieron con las primeras moléculas capaces de replicarse, antes de las células, aunque paradójicamente las necesiten ahora: "¡No debemos mirar el mundo de hace miles de millones de años con los ojos que miramos el actual!", advierte la especialista. La segunda es que se trate de células "degeneradas" que se han convertido en parásitos de las demás, "algo difícil de aceptar dado que no existe ningún intermediario evolutivo entre los virus y las células". La tercera postula que fueron "genes celulares que adquirieron las capacidades de replicación autónoma y de infectar otras células".

¿Y dónde se "esconden" cuando no están activos? "La estacionalidad de algunos virus, entre ellos el de la gripe, es un tema fascinante", explica Lázaro. Seguiría ahí en verano, pero las condiciones -temperaturas más altas, radiación ultravioleta intensa y mayor facilidad para la desecación- lo volverían inestable. Ante la adversidad, el virus seguirá mutando en nuevas cepas, y el resultado puede ir en nuestro favor. La gripe de 1918, recuerda Lázaro, regresó tras las terrible pandemia convertida en "virus estacional" durante muchas temporadas, "con una agresividad mucho más reducida".