Una gran parte de la tradición de la Navidad consiste en comer. No se trata de degustar pequeñas obras de arte gastronómicas, ni de innovar en la cocina. La comida debe ser abundante y que triunfe con todo tipo de paladares. Por eso, los menús para estas fechas en España suelen ser muy similares de un hogar a otro y, entre las opciones, siempre suele haber algo de carne roja, que, normalmente, gusta a todos.

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El plato estrella de la carne roja durante estas vacaciones es, sin duda, el cordero. Se trata de una de las carnes con más calorías que podemos encontrar en el supermercado y esto se debe a la cantidad de grasas que contiene. En concreto, el cordero supone unas 320 kilocalorías por cada 100 gramos de peso y, en esa misma cantidad, esta carne tiene 22 gramos de grasas. 

Al igual que pasa con el resto de carnes rojas, la mayor parte de las grasas del cordero está formada por ácidos grasos saturados. El sobreconsumo de estas sustancias se relaciona con una mayor probabilidad de desarrollar hipercolesterolemia, uno de los factores de riesgo de la enfermedad cardiovascular. Pero, además, la carne roja ha sido señalada por la Organización Mundial de la Salud (OMS) como un alimento asociado a ciertos tipos de cáncer colorrectal.

Carne blanca

Aunque la evidencia de esta causalidad no es tan fuerte como la que existe con la carne procesada, los expertos de la salud recomiendan que consumamos carne roja lo menos posible y en momentos puntuales. Pero, ¿qué puede ser más puntual que la Navidad? Comer esta carne durante ese día no supondría ningún problema si en nuestra dieta habitual no consumiéramos tanta carne. La dieta de los países occidentales se relaciona con un exceso de carnes rojas y procesadas.

Por esta razón, y teniendo en cuenta que en Navidad también comeremos varios dulces y aperitivos poco saludables, puede ser interesante pasarse a un tipo de carne más magra. En este aspecto, la carne de ave puede llegar a contener la mitad de grasa que algunas carnes rojas. La única excepción sería el pato, que tiene casi un 30% de grasas. De hecho, la de pato es la carne con más grasa de todo el supermercado.

Es posible que cocinar un pollo asado nos resulte poco especial para una comida de Navidad. En España, esta ave al horno es un plato muy habitual del día a día. Sin embargo, en nuestro país ha sido costumbre durante años celebrar las fiestas asando una gallina. A pesar de que este plato sigue preparándose en algunos hogares, cada vez es menos frecuente encontrarse con una pularda como plato principal.

La 'vieja' pularda

Tal y como explica la Fundación Española de Nutrición (FEN), la gallina suele sacrificarse después de "haber agotado su capacidad de puesta de huevos". Por esa razón, suele ser una carne poco agradable para comer porque tiende a estar dura y a presentar un sabor intenso. Normalmente, con ella se hacen caldos y sopas en los que se suele retirar la carne. Ahora bien, la carne de la pularda es diferente y es que se cría especialmente para poder tener uso en la cocina.

La pularda es una gallina que ha sido sobrealimentada y castrada, que ha alcanzado los 8 meses de edad y unos 2 kilogramos de peso, según explica la FEN. Al contrario que el resto de las gallinas, la pularda es apreciada gastronómicamente por su sabor y su textura es más tierna que la del pollo. En cuanto a sus valores nutricionales es similar al pollo: 100 gramos de este producto aportan menos de 170 kilocalorías y posee menos de un 10% de grasas. La mayoría de sus ácidos grasos son insaturados y tiene más proteínas que, incluso, la carne de cordero.

Por esto, aunque puedan parecer menos especiales, las carnes de ave pueden ser una manera saludable de celebrar unas fiestas. Buena prueba de ello es el pavo que los estadounidenses asan de manera tradicional para su festividad de Acción de Gracias y que, tal y como se explica en este artículo de EL ESPAÑOL, su carne tiene un perfil más interesante que el pollo.