El tomate frito es, con permiso del kétchup y la mayonesa, una de las salsas más populares del supermercado. Se trata de una receta que complementa multitud de preparaciones culinarias y que puede ser una alternativa saludable incluso habiendo sido procesada y elaborada de forma industrial. Así lo demuestra un análisis que acaba de realizar la Organización de Consumidores y Usuarios (OCU) sobre 113 muestras de tomate de bote, 79 de ellas de tomate frito.

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"La mayor parte de los productos analizados obtiene una calificación A o B en el sistema Nutriscore", asegura la OCU. Es decir, se trata de alimentos con un buen perfil nutricional, que pueden formar parte de una dieta saludable sin ningún problema siempre y cuando vigilemos algunos aspectos. "Aunque la opción de una salsa elaborada en el hogar es preferible, los productos procesados analizados no llevan excesos de azúcar, grasas o sal", añade. 

Según el análisis realizado por los especialistas de la organización, el mejor tomate frito de los supermercados españoles es el Sofrito Casero de la marca Gallina Blanca, que obtiene la máxima puntuación dentro de esta variedad, tal y como contamos en EL ESPAÑOL. Se trata de un producto que presenta un contenido medio de grasas, bajo de grasas saturadas y medio de azúcar. Además, está elaborado con aceite de oliva virgen extra

Así, en el extremo opuesto se encuentra el tomate frito casero de la marca Juan Ranas, cuya valoración es "aceptable", según los expertos, pero ocupa el último lugar del ránking elaborado por la OCU. O lo que es lo mismo: la OCU considera que hay 78 variedades en los supermercados que tienen una mayor calidad que éste, que posee un contenido medio de grasas (7,7 gramos por cada 100), un contenido bajo en grasas saturadas (1,2 gramos), y medio en azúcares (9,4 gramos). La OCU también señala que posee un exceso de sal, con 1,59 gramos por cada 100. 

El tomate frito no existe

En realidad, conviene recordar que el tomate frito industrial no se elabora de la misma forma que el tomate frito casero y -oh, sorpresa- tampoco está realmente frito. "El tomate frito realmente no está frito como tal. Es una denominación que lleva utilizándose desde hace mucho y está validada por la legislación, pero técnicamente el tomate no está sometido a un proceso de fritura", explicaba Mario Sánchez, tecnólogo de los alimentos y autor del blog de divulgación Sefifood a este mismo medio.

Durante la fabricación, el tomate se pela, se trocea y se cuece a la misma vez que se va mezclando con aceite, por lo que el proceso que se realiza es sustancialmente diferente al que se sigue cuando lo elaboramos en casa. "Suele llevar aceite, azúcar, sal y ácido cítrico. Es la única categoría que está regulada por ley, que indica porcentajes mínimos o máximos de algunos ingredientes habituales", explica la OCU, que también señala que podemos encontrar marcas en las que la cebolla también es un ingrediente habitual o el almidón, que se utiliza como espesante. 

Sea como fuere, la organización también avisa de que no hay que fiarse de reclamos habituales en el tomate de bote como "casero" o "natural". La legislación no regula estos términos y que un envase lo indique no significa absolutamente nada. "Se ha encontrado un número significativo de productos que utilizan algunos reclamos como artesanal, tradicional, casera, de la abuela, cuando ninguna de estas calificaciones está regulada y cada fabricante las utiliza de manera discrecional", señala la organización, que apunta que estas alegaciones "se utilizan para dar una imagen más saludable del producto".