El daño que provocan las comidas ricas en grasa al organismo han sido ampliamente documentados: no son solo fuente de sobrepeso y obesidad, lo que aumenta el riesgo de sufrir enfermedades cardiovasculares, metabólicas e incluso cáncer mediante la acumulación de lípidos en el cuerpo y la acentuación de la inflamación, sino que también tiene efectos perniciosos sobre la salud del cerebro, agravando por ejemplo el riesgo de desarrollar demencia con la edad.

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Sin embargo, las consecuencias neurológicas de una alimentación abundante en grasas y la obesidad resultante, tan frecuentes en las sociedades occidentales, son un campo de estudio incipiente. Se sabe que el sobrepeso provoca estrés sobre el cuerpo, pero también lo genera de tipo mental, según una nueva investigación publicada en The FASEB Journal que iba a ser presentada en el congreso anual de la Sociedad Americana de Fisiología (APS) antes de su cancelación por la pandemia de coronavirus.

Así, se sabe que la obesidad puede aumentar el riesgo de azúcar elevado en sangre, lo que puede desencadenar la diabetes de tipo 2, y presentar otros problemas como una capacidad para el esfuerzo físico disminuida y una baja resistencia atlética. Sin embargo, los impedimentos para la función cognitiva no se habían asociado de forma tan estrecha con el sobrepeso hasta ahora como con otras problemáticas corporales.

Investigadores de la Universidad del Sur de Illinois en Edwardsville (EEUU) se propusieron saber más sobre los orígenes de la obesidad y su impacto sobre la salud física y mental. Para ello dispusieron de dos grupos de ratones, uno de los cuales se alimentó con una dieta alta en grasas y el otro recibió el pienso habitual. Pasadas seis semanas, el equipo midió el peso de los roedores, sus niveles de glucosa en sangre y de cetonas, procedentes de la grasa alimentaria, cada dos semanas. Estas últimas moléculas son fabricadas por el hígado cuando el cuerpo no dispone de suficiente insulina como para descomponer la glucosa y transformarla en energía.

Además, en la quinta semana, los investigadores sometieron a los ratones a un test en campo abierto, con el que se evaluaron su velocidad y capacidad para recorrer distancias en un laberinto en un tiempo cronometrado. También se midió su resistencia física. Su agotamiento mental, por otra parte, se determinó mediante otro test de reconocimiento de objetos nuevos. Esto se determina a partir del tiempo que necesitan los roedores para examinar y reconocer unos objetos nuevos y otros conocidos.

Ambos grupos de animales habían ganado peso durante el ensayo, pero el grupo que tomó grasas en cantidades elevadas engordó más, como estaba previsto. Los niveles de glucosa en sangre fluctuaban en mayor medida en estos ratones que en los del grupo de control, aunque no se detectaron diferencias significativas en los niveles de glucosa o de cetonas medios entre ambas cohortes. 

Sin embargo, los ratones que habían tomado gran cantidad de comidas grasas demostraron un pobre desempeño en la prueba de agudeza en el reconocimiento de nuevos objetos. "Aunque este hallazgo no nos coge completamente por sorpresa, este es el primer estudio, que sepamos, que describe el agotamiento mental en ratones con obesidad inducida por una dieta rica en grasas", explica Chaya Gopalan, la investigadora principal.

"Nuestro mensaje es que hay que evitar este tipo de dietas, porque no solo conducen a la obesidad, sino que tienen consecuencias sobre la capacidad cognitiva", concluye.