"Consuma usted un mínimo de 400 g. de frutas y verduras al día si quiere mantenerse sano", nos prescribe la OMS; "¿Y cómo me lo monto?", respondemos, desesperándonos ante las agendas laborales y familiares que frecuentemente nos llevan a tener que comer fuera, a comprar algo rápido sobre la marcha o a suplicar por una cena que no sea complicada de preparar. En esas circunstancias, ¿no sería una ensalada ya preparada y lista para comer la alternativa, como mínimo, menos mala?

La respuesta, como todo lo que atañe al complejo y rico universo de la nutrición, no cabe en un "sí" o un "no". Las ensaladas envasadas pertenecen a los conocidos como "alimentos de cuarta gama": productos frescos troceados, lavados y embolsados con un leve tratamiento térmico que garantiza que se preserven más tiempo que los de la primera gama (frescos) sin verse transformados como los de la segunda y tercera (conservas y congelados). De este modo, si la atmósfera en el interior de la bolsa se mantiene intacta y se conservan en frío, duran algo más de una semana.

Un paseo por el estante de las verduras revela que hay dos tipologías bien diferentes de preparados: por un lado, los que son una mera mezcla cruda de verduras, frecuentemente de hoja verde -lechuga, canónigos, rúcula, escarola, espinaca- con otras como la zanahoria o la col. Están pensados para servir de mezcla a un plato que se prepare y aliñe para consumirse en casa. Por el otro, están las ensaladas listas para comer, que introducen envases compartimentados -con el coste medioambiental que tanto plástico supone- para que el usuario se prepare su comida sobre la marcha.

Y aquí es donde se presenta el problema: lo 'verde' es indispensable para nuestra alimentación, pero por sí solo no constituye el aporte nutricional que se espera de una comida completa, además de producir escasa saciedad. Para mejorar la palatabilidad del producto y la satisfacción gastronómica, se añaden carbohidratos y proteínas que van del bacon a la pasta, pasando por el clásico pollo. También, aliños y salsas. Todo esto contribuye a que las ensaladas envasadas incorporen niveles de grasas, azúcares y sal que llegan a ser insanos.

Así, en un divertido vídeo para El Comidista, el Dietista-Nutricionista Aitor Sánchez las calificaba de "homeopáticas" por pretender ser "ensaladas" a base de "unas pocas hojas". Al mismo tiempo, el tamaño del paquete de salsa rosa suministrado contrastaba con el escaso volumen de verdura, además de contener aceite de girasol -un refinado menos beneficioso que el de oliva- y jarabe de glucosa, o dicho de otro modo, azúcar. La ensalada noruega, por otra parte, llevaba salmón, preferible en principio a carnes procesadas como el pavo. ¿El problema? Que era una cantidad ínfima.

De hecho, señalaban, sería mucho más rentable comprar los ingredientes por separado y mezclarlos nosotros mismos en proporciones satisfactorias. La forma en la que el productor recortará costes no será únicamente reduciendo porciones, sino empleando ingredientes de baja calidad nutricional. No es lo mismo la proteína de pescado derivada del salmón que del surimi, alias "frankfurt del mar". Finalmente, una serie de alertas por contaminación bacteriana en EEUU han provocado cierto revuelo. Siempre que no se haya roto la cadena de frío y el envase no esté roto, el producto ofrecerá garantías de consumo. Se recomienda, con todo, volver a lavarla antes de consumir. 

El análisis, una por una

Un análisis comparativo de la gama de ensaladas envasadas más popular, Florette, puede encontrarse en el sitio Centro de Salud Nutricional del Dietista-Nutricionista Fernando Rojo Fernández. Las doce variedades resultaron enormemente diferentes: el envase de la 'Templada', con setas y gulas, contiene 170 g. por 320 g. de la de 'Pasta y Rúcula'. La primera resultó ser la más calórica de todas, mientras que la segunda era la más rica en carbohidratos. La clásica 'César', por otra parte, era la más abundante en azúcar junto con grasas y sal, además de pobre en fibra y proteína. Así, era la considerada como "menos sana".

La más saludable terminó siendo la 'Óptima', con pavo y manzana, y la más beneficiosa con respecto al contenido en sal y grasa. Pero incluso aquella era la tercera de las doce con más azúcar incorporado, porque no deja de tratarse de carne procesada. Finalmente, la 'Ibérica', con jamón y queso curados, disparaba las alertas en lo que a consumo de sal se refiere: por sí sola, esta ensalada supondría el 95,6% de la recomendación para un único día, que no debería ser superior a seis gramos de cloruro sódico. "Debería existir una mejor comunicación entre la comunidad alimentaria y la científica", valora.

¿Cuál sería el consumo de frutas y verduras que preservase mejor sus propiedades nutricionales? En primer lugar, el de productos de temporada y de proximidad, de un proveedor de confianza. En segundo lugar, los congelados. "Puede parecer paradójico", explica Rojo Fernández a EL ESPAÑOL, "pero se congelan en el momento de la cosecha y preservan mejor sus cualidades organolépticas. Yo le cuento a mis pacientes que prefiero el brócoli congelado". En tercer lugar vendrían los vegetales de hoja verde disponibles en el supermercado, y en el cuarto, los embolsados.

"En cualquier caso, no hay que perder de vista el horizonte"- advierte el especialista. "Hay que comer pocos alimentos procesados y más 'comida real', pero el problema es que hay mucha gente que come muy mal. Hay que construir por la base: una ensalada envasada es siempre preferible a un bocadillo o una hamburguesa de comida rápida". Que lo perfecto no sea un enemigo de lo bueno, concluye, o dicho de otro modo, que la obsesión por cada ingrediente no sea un obstáculo para comer mejor: "La obesidad no viene por ahí".