Un artículo publicado en Trends in Cognitive Sciences plantea para un grupo de neurólogos un dilema que ellos definen como el de "qué fue primero, el huevo o la gallina", pero aplicado a la relación entre apetito y autocontrol. ¿Es la tendencia a la obesidad la que nos hace más difícil resistir a la tentación, o por el contrario, es un menor desarrollo de la capacidad de controlar nuestros impulsos lo que facilita el engorde? La respuesta correcta, adelantan los investigadores, es: "ambas".

Esto se debe a que la actividad en la región cerebral del córtex prefrontal, que rige las funciones de autocontrol, se ve afectada por nuestras elecciones en materia de dieta, pero también las influencia. "No se trata simplemente de que la obesidad plantee problemas en la estructura cerebral y sus funciones, sino de relaciones recíprocas entre estructuras y funciones que pueden causar obesidad. Eso es lo realmente importante", subraya Cassandra Lowe, investigadora postdoctoral del proyecto BrainsCAN de la Western University y autora principal del trabajo.

Dicho de otro modo: "Nuestra revisión muestra que si tu actividad prefontal es menor, puede predisponerte a comer de más, lo que puede conducir a una ganancia de peso y a la obesidad". Estas diferencias estarían a la altura del principal factor contemplado hasta ahora por la neurología para investigar por qué algunas personas se vuelven obesas y otras no. Hablamos de los mecanismos de recompensa, que se activan con determinados alimentos como la grasa y el azúcar, y generan tanto placer como dependencia de manera comparable a cómo funciona "una droga".

En la misma línea, se ha podido establecer una relación entre el nivel de activación del córtex prefontal cuando toca escoger comidas y la predisposición del individuo para desear comidas altamente calóricas. Si se añaden señales incitantes como puede ser la publicidad, una persona en esas condiciones no solo se pegará un atracón puntual sino que verá su actividad cerebral modificada en consecuencia y entrará en un círculo vicioso de desajuste nutricional.

La buena noticia es que el cerebro humano puede educarse; es, de hecho, famoso por ello. "Si replantemos la problemática de la obesidad enfocándonos en el córtex prefrontal y no en la región de respuesta a las recompensas, podemos explorar tratamientos y medidas de prevención que pueden inhibir una ganancia de peso no deseada", indica Lowe. De este modo, se pueden adquirir hábitos mentales consistentes que rompan el ciclo de engorde y dieta para adelgazar, ayudándonos a mantenernos en nuestro peso a lo largo del tiempo. 

Los tres factores clave

¿Ir al gimnasio cuando toca rebajar unos kilos de más? Al contrario: la costumbre de practicar deporte es preventiva de por sí, y no solo porque ayuda a "quemar" la grasa. "El ejercicio ha demostrado la capacidad de incrementar la actividad en el córtex prefrontal, lo que al mismo tiempo nos permite ignorar mejor los antojos de comida calórica. Esto va más allá de su papel tradicional como medio para eliminar calorías sobrantes", explica la investigadora. 

Otra medida: últimamente el 'mindfulness' parece estar en todas partes, pero según los neurólogos, las terapias conductuales son la clave para reforzar el funcionamiento de esta estructura cerebral. Podemos plantearlo como un ejercicio mental, ilustra Lowe: "Enfocarnos en los aspectos saludables y las consecuencias a largo plazo de la comida que estamos ingiriendo en lugar de su sabor es lo que nos permitirá realizar mejores elecciones dietéticas".

El tercero es el más importante, pero desafortunadamente tiene fecha de caducidad: conformar los hábitos saludables en la infancia y la adolescencia sienta las bases para un correcto funcionamiento del córtex prefrontal en la edad adulta. Esta región no está "plenamente conformada" en esa época, explica otra de las autoras, Amy Reichelt, lo que explica las decisiones impulsivas y tempestuosas que se dan entonces. Así, los adolescentes consumen más calorías extraídas de la comida basura que ningún otro grupo, y si no se incentivan los hábitos saludables, arrastrarán estas carencias más adelante en la vida.

En cualquier caso, la neuroplasticidad es una de las armas más potentes del cerebro humano: aunque al llegar a la edad adulta ya es menos maleable, la práctica de hábitos consistentes puede modificarlo en una nueva dirección. "Enfocarnos en la relación entre la obesidad y la actividad prefrontal, cómo este vinculo afecta a nuestro cerebro, y cómo puede en última instancia permitirnos controlar y mejorar nuestras elecciones dietarias serán factores muy importantes si queremos atajar la epidemia de obesidad", concluye Lowe. "La ciencia es muy prometedora".