"Dos productos que parecen iguales en la tienda pueden tener impactos totalmente diferentes en el planeta", alertaba el pasado verano el estudio más completo hasta la fecha sobre el impacto medioambiental de la producción alimentaria. Sus autores recomendaban un 'etiquetado medioambiental' que valorase desde la deforestación para usos agrícolas y el uso de fertilizantes, hasta el procesamiento, empaquetado y venta de los productos.

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Una guía para adquirir productos más sostenibles para el medio ambiente pasa por comer más vegetales y menos carne; dicho sea de otro modo, pasarse a la 'dieta basada en plantas'"Si nuestra dieta consistiera únicamente en vegetales reduciríamos las emisiones generadas por la producción de alimentos en hasta un 73%, dependiendo de donde vivas. También se reduciría el uso del suelo para fines agrícolas en un 76%".

"Evitar las proteínas de origen animal es probablemente lo mejor que puedes hacer por el planeta", recomendaban los autores. Sin embargo, también planteaban una aproximación más plausible: "Si se redujese el consumo de productos de origen animal en un 50%, y evitásemos los productores más contaminantes, se podrían reducir las emisiones en un 73%".

Una dieta basada en la proteína vegetal tiene beneficios para la salud, que van desde la prevención de la obesidad, las enfermedades metabólicas y las cardiovasculares a una mejora de todos los parámetros ligados al envejecimiento.

Sin embargo, cualquier compra de fruta y verdura no es sostenible de por sí: hay que huir de la moda de los productos pelados y envasados en plástico. También hay que elegir, en la medida de lo posible, los cultivos de proximidad: serán menos contaminantes al requeirir menores gastos de conservación y transporte, y mejores al paladar al conservar mejor sus propiedades organolépticas.

La bolsa, de tela, gracias

Las bolsas de plástico fueron uno de los primeros productos de este material en sacudir las conciencias de la población en lo que a contaminación ambiental se refiere. Su parecido con las medusas lleva continuamente a que algunas especies marinas las confundan y las ingieran, con fatales consecuencias para su salud.

En 2018, cada español usaba todavía 144 bolsas de plástico al año. La primera línea de batalla está en los supermercados, sobre los que los estados de la UE tuvieron que legislar en 2014: debían prohibir la entrega de bolsas gratuitas en sus comercios para finales de 2018, la opción que eligió España con cierto retraso en la aplicación, o reducir el número de bolsas utilizadas al año por ciudadano a 90. 

La mayoría de cadenas optó sin embargo por cobrar voluntariamente las bolsas de plástico, a un coste de entre 5 y 20 céntimos. Pero la urgencia de la crisis climática ha acelerado los esfuerzos de transformación. Mercadona por ejemplo se pasó a una triple oferta de bolsas: de papel, de rafia o de plástico fabricado con entre un 50 y un 70% de material reciclado de los propios envases del supermercado.

Para quiénes no quieran invertir en un carrito de la compra, existe la opción de las bolsas de tela reutilizables. Pueden plegarse en un bolso o mochila y ocupar muy poco espacio hasta el momento de su uso. Los propios comercios optan en ocasiones por otros materiales alternativos como la fécula de patata que muchos supermercados dispensan bajo el apelativo de ecobolsa.

Sin embargo, como cuenta la química y divulgadora Deborah García Bello en su blog Dimetilsulfuro, no se trata de una opción tan buena como parece. Por un lado, su coste económico es muy elevado y, por otro, no le hacen ningún bien al medio ambiente. Sí que es verdad que son biodegradables, pero el daño ambiental no lo provocarían después de ser desechadas, sino mucho antes.

Para su fabricación, sólo se utiliza el 6% del contenido de una patata, por lo que para producirlas a gran escala se necesitan grandes cultivos extensivos. ¿Y de dónde sale el espacio para sembrar todas esas patatas? Si el negocio crece, cada vez será necesario dejar más hectáreas de terreno libres, lo que puede conllevar una deforestación intencionada, como la que se llevó a cabo en la isla de Borneo para el cultivo de la palma.

Por eso, más aconsejable que buscar materiales alternativos sería utilizar los que ya tenemos, pero con cabeza. Algunas bolsas de plástico, como las de polietileno de alta densidad, resisten muy bien los usos, por lo que podrían llevarse siempre encima para ir a la compra. Igualmente, el carrito de la compra es una forma muy vintage de ir al súper que además puede salvar al medio ambiente.