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Sociedad

El joven empresario al que no dejan conquistar el cielo de Valladolid

7 enero, 2017 12:34

El sueño de volar y dominar el espacio aéreo ha estado siempre unido de forma inherente al ser humano. Un anhelo tan antiguo que ha frustrado a miles de mentes a lo largo de la historia y no consiguió hacerse realidad hasta el año 1903 con el vuelo de los hermano Wright y tres años más tarde con el avión del brasileño Santos Dumont. Desde entonces, ha pasado poco más de un siglo en el que la conquista del cielo ha sido total, con las ventajas que ha conllevado para el desarrollo de las sociedades.

Pero también el cielo ha querido ser un trofeo a conseguir en materia arquitectónica, con la imponente presencia de los rascacielos que cortan las nubes y embellecen el perfil de las ciudades más representativas del mundo. No, Valladolid no es tierra de edificios mareantes que permitan observar la meseta a modo de vigía. Pero sí hay un edificio que sobresale por encima del resto, que mira al Pisuerga desde la perspectiva que le permiten las vistas desde el Puente Mayor.

Así es, hablamos del Duque de Lerma. Este bloque, ahora residencial y de oficinas, mide 87 metros de altura que están repartidos entre 23 plantas. Precisamente ese último piso es el que ha adquirido Alberto Gutiérrez, un empresario vallisoletano de éxito que ha conseguido que su firma Civitatis facture 17 millones de euros en 2016.

Este joven de 33 años compró la planta 23 del edificio Duque de Lerma en julio de 2015 para llevar a cabo un proyecto que busca hacer de este espacio de algo más de 700 metros cuadrados un restaurante y zona de apartamentos en donde disfrutar de las vistas de la Ciudad de Valladolid.

Pero desde que comenzó a poner el proyecto sobre papel y pidió las licencias, el Ayuntamiento descubrió que el bloque estaba en situación de ilegalidad debido a una sentencia

del Tribunal Superior en el año 2004 que anuló el acuerdo municipal de 1997 por el que se otorgó licencia de obras para remodelarlo y convertirlo en un edificio residencial y de oficinas. Una de las demandas para volver a la legalidad era la aprobación de un proyecto de actuación que no se ha aprobado y habrá que esperar hasta el nuevo Plan General de Ordenación Urbana.

Esta situación impide que se otorguen licencias como las que pide Guitiérrez para la transformación que tiene en mente. Una idea que pretende crear una zona de restaurante para unos 60 comensales y otra con seis apartamentos turísticos. La compra de la planta la realizó por una cifra cercana al millón de euros y plantea que la remodelación para el restaurante le haga desembolsar otros 500.000, pero de momento todo está en compás de espera.

A pesar de que Alberto Gutiérrez dice seguir ilusionado por crear un espacio “diferente” que conjugue un estilo de comida internacional con una “atracción turística” en su ciudad natal, lo cierto es que la inmovilidad de la situación comienza a hacer mella. “Lo malo es que se te van quitando las ganas, intentas algo diferente a tu negocio y que quieres hacer en tu ciudad pero vas viendo problemas”, asegura este anterior estudiante de los Maristas y la Universidad Europea Miguel de Cervantes.

Y como el tiempo es algo que avanza, los acontecimientos se suceden con él y a este empresario le surgen nuevas ideas que sustituyan a este proyecto vallisoletano. “Te surgen otras cosas con las que también te ilusionas y te acabas centrando en otra cosa”, afirma Gutiérrez, quien sabedor de que tiene un diamante en bruto, abrió las puertas a 200 personas para que disfrutaran de las vistas el 31 de diciembre.

La idea para este portentoso mirador totalmente acristalado está alejada del lujo o los precios altos que se pueden imaginar debido a su potencial. En su mente no está hacer algo “caro” y “selecto”, sino algo para que pueda subir “todo el mundo” así probar comidas “exóticas” mientras también se deleitan sus ojos.

Este emprendedor que triunfa en el mercado de las tours de viajes en más de 70 destinos no ve tanto esta planta 23 como un negocio. “Lo considero una atracción turística, y quiero hacer un sitio donde me gustaría venir”, con un ambiente “animado” donde disfrutar de platos de todo el mundo y semanas temáticas. Una internacionalización culinaria que sería un añadido a la presencia de su empresa en gran parte del mundo.

Un sueño que queda muy bien en una cabeza ambiciosa como la de Alberto Gutiérrez pero que de momento no es más que un castillo en el aire, el cual puede borrarse por un soplido. El tiempo de espera debido a la maquinaria urbanística municipal está siendo largo, pero los sueños están para perseguirlos y que saquen lo mejor de nosotros mismos. Más o menos como la historia de la conquista del cielo por el ser humano, un persistir hasta conquistar el espacio aéreo.