Lucina Martín Martín posa en el patio de su casa en Viana

Lucina Martín Martín posa en el patio de su casa en Viana JIF

Valladolid

Lucina, la bisabuela eterna de 106 años que no conoce a su médico y come cocido: “Ahora la vida es mejor, pero se vive peor”

La vallisoletana vino al mundo el 1 de julio de 1919 y se encuentra en un estado físico envidiable: "El secreto para llegar a esta edad es no hacer excesos".

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Cuando Lucina Martín Martín vino al mundo, el 1 de julio de 1919, Valladolid era casi todo campo, olía a pan de horno y a tierra recién arada. Las casas eran de adobe y todo el mundo se comunicaba por el cara a cara. Gaspar Rodríguez era el alcalde y en España gobernaba Antonio Maura.

En la pequeña Villavieja del Cerro, donde se crio, las noches eran largas y los inviernos helados, y los veranos calurosos, ahora lo llaman cambio climático.

Un siglo después, en 2025, las pantallas han sustituido a los candiles, los jóvenes miran más al móvil que al cielo y el pan ya no sabe como antes. Sin embargo, en Viana de Cega, una mujer más que centenaria sigue lavándose cada mañana con dos esponjas, “una para arriba, otra para abajo”, bromea, se peina con esmero, viste elegante y conserva una lucidez que asombra.

Lucina Martín Martín tiene 106 años de vida sencilla y sabia, es la memoria viva de otra España: la que se construía con las manos, con trabajo y mirando a los ojos. Nadie diría que ha vivido dos siglos.

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“Había cocido todos los días, donde mi madre. Porque mis padres trabajaban en el campo y tenían ganas, cuando venían por la noche, de comer caliente. Garbanzos, un cacho de tocino y un hueso para que haya sustancia. Eso es el secreto. Y la sopa de pan, hervidita. Y leche de cabra, que mi madre tenía dos cabras todo el año”.

Aquí está el secreto de la longevidad, no hace falta buscar en laboratorios o en la Inteligencia Artificial como buscan actualmente.

Lucina lo cuenta con la rotundidad de quien no busca recetas milagrosas. Su secreto para llegar a los 106 no está en la genética ni en los suplementos, sino en la vida sin prisas, el trabajo constante y la comida de verdad.

“He tenido buena mantención, gracias a Dios. Todo casero. El pan lo hacía mi madre. Ahora el pan es basura. Malísimo”. Y lleva razón.

Lucina Martín tiene 106 años y vive en Viana de Cega

Tuvo ocho hijos, uno murió siendo un bebé, trece nietos y dieciocho bisnietos. Criarlos, dice, fue “a base de sacrificio”.

“Mi marido trabajaba de día y de noche. En invierno ataba la ramera, limaba los pinos y hacía azas para el horno. Yo iba con él, pasando frío. Mucho trabajo y muchas fatigas, pero salimos adelante”. Eran otros tiempos de esfuerzo y sacrificio.

Durante los años de posguerra, cuando “no había pan”, la remolacha era la salvación. “Comíamos remolacha asada y cocida. Y con el agua echábamos achicoria para hacer café. Mi madre mataba dos cochinos todos los años, y hacíamos jabón y chorizos. No se tiraba nada”.

También conoció el mundo más allá de Castilla: “Fui a Francia a vendimiar con mis hijos. Un mes. De ahí tengo la paga francesa. No me la pueden quitar, es extranjera”, advierte por si algún político tiene alguna idea…

Primer plano de Lucina

Primer plano de Lucina

Lucina nació en Robladillo, un pequeño pueblo de la zona de Montes Torozos siendo la más pequeña de cuatro hermanas, “la mimada”. Su infancia fue feliz hasta que la guerra la sorprendió con 16 años.

“El día de la guerra cumplí los 16. Recuerdo en el Pinar de Antequera, colgaron a dos chicas jóvenes... Fue terrible. Las mataban porque les daba la gana”.

Aquella memoria sigue viva, aunque no con rencor, sino con la serenidad de quien ha aprendido a mirar atrás sin odio. “Ahora la vida es distinta. Tienen mucho de todo. Antes había que lavar la ropa por la noche para que los hijos fueran limpios a la escuela. Ahora los niños lo tienen todo”.

“Ahora la vida es mejor, pero se vive peor”

La vallisoletana apunta a los caprichos que existen ahora con los alimentos. “Antes el cocido todos los días, ahora no quiero esto, no quiero lo otro”. Por eso, ella “come de todo” y no tiene ningún alimento prohibido en su dieta mágica.

Aunque lo más sorprendente de Lucina es que dice que no ha conocido muchos médicos: “Pocos me han visitado. Y el que hay ahora, no le conozco”. ¡Qué suerte!

Eso sí, su rutina sigue marcada por la disciplina: “Me levanto todos los días, derecha al baño. Me lavo bien con dos esponjas. Desayuno y luego me siento un rato. Mi hija me cuida mucho, y yo me arreglo todos los días. Me gusta estar peinada, limpia y guapa. Una vieja tiene que cuidarse”. Y es que aunque vive con su hija, Lucina es casi autosuficiente.

Ella borda, hace ganchillo, cose cuadros. “Tengo cuadros hechos de cuando tenía noventa y tantos años, sin dibujar nada, a ojo”. Y para confirmarlo su hija muestra el más reciente. Lucina se muestra orgullosa de ello.

Y vota, siempre vota. “No me he perdido una elección. Iba con mi marido, y cuando él faltó, sola”. Sin entrar en más detalles porque tiene claro que los políticos, como el pan y los alimentos, “ya no son como antes”.

Lucina no necesita cachabas, ni muletas ni nada, y solo lamenta que no escucha bien. Por eso, es habitual verla por las calles de Viana paseando. No falta el café a mitad de la tarde en el bar junto a su hija. “¿Qué diría mi madre se me viera todos los días en el bar?”, se pregunta pensando en la moral arcaica.

“Ya no pinto nada aquí, pero Dios no me quiere llevar”

Cuando se le pregunta si quiere seguir cumpliendo años, sonríe aunque su cara muestra resignación. “No, ya no quiero más. Ya se los pido a Dios. Le tengo ahí, un Cristo que me regaló el cura. Todas las noches le digo: ¿cuándo te acuerdas de mí? Pero no me escucha”. Ni falta que hace.

Lucina no teme a la muerte, la espera y la mira a la cara sabiendo que tiene que llegar pero lo hace con los deberes más que hechos. “He tenido una vida muy sencilla, muy buena. He viajado, he ido al mar, a Tierra Santa. He visto muchas cosas. Ya no me queda nada por hacer”.

Lucina posa de pies para comprobar su buen estado de salud

Lucina posa de pies para comprobar su buen estado de salud

Y, sin embargo, cuando habla de sus nietos y bisnietos, se le ilumina la cara. “Me gusta mucho verlos venir. Me quieren mucho. Me llaman la ‘bisa’. Vienen y me dicen: he visto a mi ‘bisa’. Y yo tan contenta”, así que ilusión no le falta diga lo que diga.

Y no, no quiere ir a una residencia. “Tengo alguna amiga y no están muy contentas”, apunta.

Lucina Martín Martín pertenece a una generación que levantó el país sin crispar ni hacer ruido. Que hizo pan, jabón y familia con lo poco que tenía. Su mirada, a los 106 años, resume la sabiduría de un siglo.

Por eso manda un mensaje de despedida que sirve de recomendación: “Que se cuiden y no hagan excesos. Que vivan con alegría. Que no se olviden de rezar y de trabajar. Eso es lo que hace falta”.