Región

La cautiva de Irueña

20 octubre, 2018 09:17

La incursión de los árabes en la Península Ibérica durante ocho siglos marcó la historia de la mayor parte de los pueblos de España, pero, sobre todo, su tradición popular. Por doquier se pueden encontrar historias transmitidas de generación en generación cuyos alicientes son por lo general una mora encantada o un jefe militar árabe que se enamora de una cristiana. Es el caso de ‘La cautiva de Irueña’.

El sur de la provincia charra se encuentra impregnado de magia y misterio. A borbotones surgen relatos desde tiempos inmemoriales en una zona donde las condiciones de vida siempre fueron muy duras para sus habitantes, sobre todo en zonas escarpadas como las Sierras de Francia y Béjar o la Sierra de Gata, en la comarca de Ciudad Rodrigo. Precisamente esta última zona goza de buena salud etnográfica y no es difícil encontrar historias de lumbre en noche de encantamiento, palabras donde la memoria histórica se entremezcla con la imaginación. Así ocurre con Irueña, un antiguo castro ubicado en lo que hoy es el término municipal de Fuenteguinaldo, sobre cuyos restos se asentó posteriormente un poblado romano del que aún se conservan pequeños vestigios repartidos de columnas, capiteles, sepulcros visigodos, fragmentos de muralla, tégulas, basas, tambores y hasta un berraco ibérico.

Cuenta la leyenda que en estos parajes vivía una joven Condesa cristiana, de nombre María, de la que se enamoró locamente el jefe militar de la fortaleza de Irueña, el árabe Valí Muza. Pero no era correspondido, porque la joven condesa amaba al caballero leonés don Sancho. Por eso, no atendía las peticiones del moro ni todos los detalles que tenía hacia ella. Los días pasaban, crecían los halagos y con ellos la esperanza, pero el rechazo era directamente proporcional a las intenciones del Valí Muza, que poco a poco quedó sumido en una profunda depresión.

Los soldados árabes, viendo el hiperbólico halo de melancolía que invadía a su jefe militar, comenzaron a preocuparse, pues el Valí Muza sólo pensaba en la bella María, desdeñando el combate y dejando sin ánimo a sus subordinados. El amor traspasó la barrera de la locura y la joven condesa, no sabiendo ya cómo rechazar al moro, accedió a casarse con él sólo cuando las aguas del arroyo Rolloso llegaran hasta las murallas de su elevado castillo. Tal era la confianza de la bella María en la imposibilidad de esta empresa debido a la importante distancia, y sobre todo en pendiente, desde el arroyo hasta el castillo.

Pero entonces, enterado el caballero leonés Don Sancho de la promesa de su enamorada, apareció en escena y retó a muerte al Valí Muza. Allí, entre los bosques de robles que se denominan como el Valle del Desafío, tuvo lugar una cruenta batalla entre moros y cristianos que no arrojó un claro vencedor dada la magnitud de la contienda bélica, por lo que el duelo tuvo que posponerse para mejor ocasión.

Viendo el Valí Muza el duro contrincante que tenía enfrente, y dudando tal vez de su victoria sobre la arena, se centró en intentar acometer la canalización de agua desde el arroyo Rolloso hasta el castillo. Tal era la obstinación del moro que puso a trabajar a todo su ejército en la construcción de tan peculiar acueducto, desobedeciendo incluso las órdenes de sus superiores respecto al avanza que la conquista árabe debía propiciar sobre la Península Ibérica. Día y noche trabajaron sin cesar. Día y noche sin descansar. Y así, como si de un milagro se tratase, el agua llegó hasta la fortaleza. La joven condesa cristiana, abatida, tuvo que cumplir su promesa y accedió a casarse con el Valí Muza.

Fijada la fecha de la boda, acometidos todos los preparativos para el enlace matrimonial, llegó el día señalado. Todo estaba ya escrito. Pero un inesperado desenlace surgió de repente. Cuando estaba a punto de celebrarse una peculiar ceremonia con ritos cristianos y musulmanes por igual, el caballero leonés Don Sancho irrumpió con sus hombres, que se habían camuflado en los alrededores, un lugar llamado la dehesa de Aldeanueva del Arenal, y rescató a la bella María, encerrando al Valí Muza y todos sus soldados en las mazmorras del castillo.

Pero tal era la ceguera de amor del moro que consiguió escapar de su cautiverio y raudo como una pantera corrió sin cesar en desesperada persecución de la pareja cristiana. Corría y corría, montañas y valles dejaba atrás, sin descanso, sin demora, pero no alcanzaba a la joven condesa y el caballero leonés. Así, el Valí Muza acabó extenuado y, tras hincar las rodillas en tierra, con un grito desgarrado exhaló su último aliento, repleto de rabia y dolor. Según cuentan los más viejos del lugar, allí todavía reposan los restos del moro y también pueden divisarse algunas partes del acueducto.