El rebaño de Juanín 'El Cabrero' de Villarino.

El rebaño de Juanín 'El Cabrero' de Villarino. Fotografía: Luis Falcón.

Opinión

El día en que el verano guarda silencio

El final de las fiestas devuelve a los pueblos su ritmo pausado, donde el silencio y la vida cotidiana vuelven a ocupar el lugar que nunca dejaron de tener.

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Hay un instante que nunca aparece en los programas de fiestas. No figura en los carteles, no se anuncia por la megafonía y tampoco lo acompaña el estruendo de los fuegos artificiales.

Llega discretamente, casi sin avisar, cuando el último acorde de la verbena se pierde en la madrugada y las luces del escenario comienzan a apagarse una a una. Es entonces cuando el verano inicia su despedida.

Durante unas semanas, los pueblos han recuperado el bullicio de otros tiempos.

Las casas cerradas desde el invierno volvieron a abrir sus ventanas; los nietos ocuparon las calles por las que apenas transitaban unos pocos vecinos y las plazas se llenaron de conversaciones que parecían suspendidas desde el agosto anterior.

Por unos días, el tiempo ofreció la ilusión de que nada había cambiado.

Pero el verano nunca permanece demasiado tiempo en el mismo lugar. Poco a poco llegan las despedidas junto al maletero de un coche, los abrazos que prometen un pronto regreso y las frases que se repiten generación tras generación: “Nos vemos en Navidad”, “A ver si podemos venir antes”, “hasta las próximas fiestas” o ”El año que viene estaremos aquí otra vez”.

Son palabras sencillas que encierran el deseo de no romper nunca el vínculo con el pueblo.

Cuando el último vehículo desaparece por la carretera, comienza otra estación que no marca el calendario, sino la propia vida rural. La real, la de la paciencia, la sabiduría y, por qué no, también la deseada tras dos meses que alteraron la vida del pueblo.

Las plazas recuperan su tranquilidad. Los bancos vuelven a pertenecer a los vecinos de siempre y el sonido de las campanas deja de competir con la música de las fiestas.

La rutina regresa sin estridencias, con la naturalidad de quien nunca abandonó realmente el lugar. Ese lugar siempre deseado.

Hay quien interpreta ese silencio como un síntoma de soledad. Sin embargo, para quienes conocen el mundo rural representa algo muy distinto.

Es la pausa necesaria para que el pueblo vuelva a reconocerse a sí mismo, para que recupere el ritmo pausado con el que transcurren los días durante la mayor parte del año. Porque la verdadera vida de un pueblo no empieza ni termina con sus fiestas patronales.

Continúa cada mañana cuando alguien abre el pequeño comercio, cuando el agricultor vuelve al campo antes de que salga el sol, cuando el ganadero conduce el rebaño por los caminos de siempre o cuando una vecina riega las macetas que adornan la fachada de su casa.

Son gestos cotidianos, casi invisibles, que sostienen la identidad de un territorio mucho después de que desaparezca el último visitante.

Septiembre también transforma el paisaje. La luz adquiere una tonalidad más suave, las tardes comienzan a acortarse y el aire anuncia discretamente la cercanía del otoño.

Los campos muestran el trabajo realizado durante el verano mientras la naturaleza se prepara para un nuevo ciclo, recordando que en el medio rural el tiempo nunca se detiene, simplemente cambia de ritmo.

Quizá por eso el final del verano despierta sentimientos tan contradictorios. Existe la nostalgia por quienes regresan a la ciudad, pero también la satisfacción de comprobar que el pueblo continúa vivo, sostenido por quienes permanecen durante todo el año y mantienen abiertas sus puertas, sus costumbres y su memoria.

Las fiestas dejan recuerdos; la vida cotidiana construye el futuro.

Y esa es, probablemente, la mayor lección que ofrecen los pueblos de Castilla y León.

Su riqueza no reside únicamente en los días de celebración, sino en la capacidad de conservar, cuando todo vuelve al silencio, una forma de vivir que convierte la sencillez en patrimonio y la permanencia en un acto de resistencia.

Porque el verano siempre termina. Lo que permanece son las raíces.

Y mientras haya alguien dispuesto a cuidar una casa, tomar un chato apoyado en la barra del bar.

Saludar a un vecino por su nombre o esperar con paciencia el regreso de los suyos, los pueblos seguirán escribiendo, lejos del ruido, las páginas más auténticas de nuestra memoria colectiva. Y eso, por suerte, no se paga con dinero ni con la vida en la mejor ciudad, ¡ay!