Los vecinos de Manzanedo de Valdueza (León) intentan recuperar la normalidad después de la trágica riada.

Los vecinos de Manzanedo de Valdueza (León) intentan recuperar la normalidad después de la trágica riada. César Sánchez. ICAL.

Opinión Puntadas con hilo

El Bierzo, del fuego al lodo

La tragedia volvió a Manzanedo de Valdueza, en este caso en forma de una furiosa riada.

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La tragedia de Manzanedo de Valdueza ha teñido de luto la comarca leonesa de El Bierzo. Una implacable tormenta, que originó una furiosa riada se cobró dos víctimas mortales y dejó varios heridos, entre los cuales dos niños de corta edad. El río Meruelo dejó de ser la corriente fluvial bucólica de siempre para reventar iracundo de agua embravecida y lodo.

En el verano de dos mil veinticinco los vecinos de Manzanedo de Valdueza hubieron de escapar de uno de los incendios que asolaron El Bierzo. La fatalidad regresó en forma de paradoja, como si el fuego del pasado siguiera ardiendo bajo la lluvia. Tal cual si el incendio hubiera hibernado y permanecido latente para resultar “encendido” por la tormenta y los goterones del agua de lluvia.

Da la impresión que los incendios que ennegrecieron el paisaje de la maravillosa comarca berciana hubieran querido cobrarse una factura pendiente. El monte no olvida y henchido de odio, el fuego regresa en forma de agua que “arde” y arrasa cuando queda a su merced.

La riada que el pasado fin de semana devastó Manzanedo de Valdueza admite la lectura facilona de la fatalidad meteorológica y otra más incómoda, que es la de un desastre secuencial. La calamidad de la inundación era posible en los mecanismos de la naturaleza, aun cuando no se fuera consciente de la fecha exacta.

Entre el incendio que arrasó las laderas del citado municipio berciano en el verano “horribilis” del pasado año existe una relación causal que técnicos y responsables públicos han reconocido sin ambages. El subdelegado del Gobierno de España en León lo expresó con rotundidad – y de paso envió un “recadito” a la administración regional que preside Fernández Mañueco- al afirmar que sin cobertura vegetal el agua baja en caída libre y sin frenos hacia los pueblos del fondo del valle del Oza.

Quien corresponda debiera tomarse muy en serio que esa relación causal “fuego-riada” tiene más implicaciones que van más allá del caso concreto. Un monte abrasado no es – hidrológicamente hablando - el mismo terreno que antes de los voraces incendios que lo aniquilaron. Pierde los enraizamientos que retenían el suelo y la hojarasca que amortigua el impacto de las lluvias repentinas, al actuar como una esponja con una capacidad de absorción e infiltración que evitaban la escorrentía superficial.

Existe abundante literatura técnica que determina el “cómo” de la gestión postincendios forestales. En las primeras semanas tras un fuego asolador se precisan actuaciones como la “hidrosiembra” en taludes o la construcción de pequeños diques –soluciones previsoras- porque anticipan paliar la erosión antes de que el suelo sufra una degradación severa.

El análisis de los sucesos convierte a la fatalidad de Manzanedo de Valdueza en algo más que un suceso meramente local. Entre el incendio del pasado estío y la reciente riada ha transcurrido un año sin que – según denuncian los propios vecinos- se hayan ejecutado actuaciones relevantes de contención en las laderas abrasadas.

No se trata de imputar responsabilidades civiles o penales a nadie en concreto – para eso están los tribunales de justicia- sino de constatar que existen dudas sobre si el patrón de gestión “postincendio” se ha cumplido eficazmente. Las administraciones autonómica o estatal reaccionan con rapidez – y en algunos casos con eficacia notable- ante incendios activos. Se despliegan medios aéreos, declaran niveles operativos o se reparten indemnizaciones a los profesionales del campo. Óbolos que en muchos casos son un parche financiero temporal, pero no la verdadera compensación que necesitan los agricultores y ganaderos para paliar en verdad los daños causados por los incendios.

La gestión política del “día después” es poco vistosa. La restauración hidrológico-forestal, el seguimiento de las cuencas quemadas, la estabilidad de las laderas es mucho menos mediática pues pertenece a un ciclo político diferente, de escasa visibilidad y por tanto más postergable. El incendio genera titulares en la prensa, a la erosión del suelo no se dedica ni un pie de foto.

La asimetría no es exclusiva de Castilla y León, pero esta región sufre los desastres naturales con particular saña. Dos factores se retroalimentan: una orografía de montaña que multiplica el riesgo de arrastres en las riadas y una despoblación que reduce la presión sobre las administraciones públicas para invertir en prevención secundaria.

El reciente anuncio de la Junta de Castilla y León sobre el uso de satélites e IA para anticipar incendios es positivo, pero ilustra el sesgo aquí analizado. Se invierte en la detección del fuego antes de que se propague, pero es igualmente necesario restaurar el terreno una vez que ha ardido.

Volverá a llover con furia sobre laderas quemadas en Castilla y León. Sucederá, aunque solo sea por posibilidad estadística. Es absolutamente necesario actuar preventivamente. Fuego y lodo no pueden permanecer eternamente emparejados.