Joao Neves controla un balón ante la mirada de Vitinha, Dani Olmo y Rodri
El corazón dividido
"Mientras unos vestían de rojo y otros de verde y rojo, yo no encontraba un color que me representara del todo. Mi corazón jugaba en los dos campos".
Hay partidos que duran noventa minutos, incluso noventa y ocho pasados. Otros permanecen para siempre en la memoria. No por el resultado, ni por el gol decisivo, sino porque obligan a quien los contempla a preguntarse de dónde es realmente su corazón. Tal es mi caso.
Cuando España y Portugal saltaron al césped para disputar este encuentro del Mundial 2026, comprendí que, pasara lo que pasara, aquella noche no habría vencedor para mí. O, quizá, sí lo habría: la península ibérica, porque me siento ibérico, como Unamuno, Torga o Guerra Junqueiro, en defensa de la gran Iberia.
Llevo sangre española y portuguesa. En mis apellidos, en mi familia, en mis recuerdos y en mi manera de entender la vida conviven dos pueblos separados por una raya dibujada en los mapas, pero unidos desde hace siglos por una historia compartida. Crecí escuchando palabras en castellano y en portugués, porque mi padre nunca abandonó su acento luso. Aprendí que el Duero cambia de nombre al cruzar la frontera, pero no deja de ser el mismo río. Que las encinas son idénticas a uno y otro lado de La Raya, en Bemposta y Villarino. Que el pan sabe igual cuando se comparte y que las campanas de un pueblo español responden al eco de otro portugués situado apenas unos kilómetros más allá.
Por eso, mientras unos vestían de rojo y otros de verde y rojo, yo no encontraba un color que me representara del todo. Mi corazón jugaba en los dos campos.
El fútbol tiene esa extraña capacidad de despertar sentimientos que permanecen dormidos durante años. Nos convierte en niños durante noventa minutos. Nos hace sufrir por un balón y abrazar a desconocidos cuando llega un gol. Pero también posee el privilegio de recordarnos quiénes somos y de dónde venimos que, para mí, y a estas alturas de la vida, es lo imprescindible no el resultado frío de unos números.
Confieso que sentí un nudo en la garganta cuando sonaron los dos himnos. No tuve que elegir cuál cantar más fuerte o cuál vocalizar. Ambos forman parte de mi historia. En uno escucho el país donde nací; en el otro reconozco las raíces que heredé. Uno me habla de mi presente. El otro me recuerda a quienes cruzaban la frontera cuando apenas existían carreteras y las familias vivían a ambos lados de un límite que nunca consiguieron convertir en distancia.
Para quienes hemos crecido mirando hacia Portugal desde las tierras de Zamora o Salamanca, la frontera nunca ha sido un muro. Ha sido un puente. En los pueblos de La Raya nadie pregunta de qué nacionalidad es quien llega. Pregunta de qué pueblo viene. Porque durante generaciones españoles y portugueses compartieron mercados, romerías, fiestas patronales, molinos, pastos y hasta cementerios. Se ayudaron en las malas cosechas, cruzaron el río para trabajar y celebraron juntos las bodas –como mis padres- y las cosechas abundantes. Quizá por eso nunca he entendido esa necesidad de convertir el deporte en una batalla patriótica. El fútbol puede ser rivalidad, pasión y orgullo, pero jamás debería convertirse en un motivo para olvidar que enfrente juegan vecinos, amigos y, en muchos casos, hasta familiares.
Durante el partido celebré las buenas jugadas de unos y de otros. Cada parada extraordinaria arrancaba mi admiración. Cada ocasión desperdiciada despertaba la misma decepción. Viví el encuentro en el silencio de la frescura del portal de mi casa en Villarino, con la tranquilidad de quien sabe que, al finalizar, una parte de sí mismo sonreirá y otra quedará inevitablemente triste.
Es una sensación difícil de explicar. Los aficionados suelen elegir un equipo y defenderlo hasta las últimas consecuencias. Yo, en cambio, llevaba dos escudos cosidos al pecho. Cada ocasión tenía dos lecturas. Cada error provocaba un doble sentimiento. Era como asistir a una conversación entre dos mitades de una misma familia.
Y, en realidad, eso son España y Portugal.
Dos países distintos, sí. Con idiomas diferentes, himnos distintos y banderas que ondean con personalidad propia. Pero también dos pueblos que se parecen mucho más de lo que a menudo estamos dispuestos a reconocer. Compartimos la forma de sentarnos alrededor de una mesa, el respeto por los mayores, el amor por los pueblos, la melancolía de nuestras canciones, el olor del café recién hecho y la costumbre de conversar sin mirar el reloj. Nos unen la historia, el paisaje y hasta esa manera tan nuestra de vivir las derrotas y celebrar las victorias.
Cuando el árbitro señaló el final comprendí que el marcador era lo de menos. Ganó uno y perdió el otro, como sucede siempre en el deporte. Sin embargo, ambos dejaron sobre el césped una lección que va mucho más allá del fútbol: la rivalidad no está reñida con el respeto.
Mientras millones de personas discutían sobre tácticas, goles o decisiones arbitrales, yo pensaba en mis abuelos. En aquellos hombres y mujeres que cruzaban la frontera con un burro, un carro o simplemente caminando. Ellos jamás imaginaron que algún día España y Portugal se enfrentarían en un Mundial ante millones de espectadores. Pero sí sabían algo que hoy conviene recordar: las fronteras separan Estados, nunca los afectos.
Quizá por eso terminé el partido sin sentirme derrotado. Había ganado una parte de mi sangre y la otra había demostrado la dignidad de quien compite hasta el último instante. Hay quien me preguntó antes del encuentro con quién iba. Sonreí y respondí que iba con los dos. Porque cuando uno pertenece a dos tierras no necesita elegir. Aprende a quererlas con la misma intensidad. Y descubre que existen noches en las que el fútbol deja de ser un simple deporte para convertirse en un espejo donde contemplar la propia identidad.
Esta noche ardiente de lunes mi corazón no se partió en dos. Simplemente recordó que siempre ha latido al mismo tiempo con acento español y con alma portuguesa, ¡ay!