El presidente de Vox, Santiago Abascal, y Juan García-Gallardo, en un acto electoral en Soria en 2022

El presidente de Vox, Santiago Abascal, y Juan García-Gallardo, en un acto electoral en Soria en 2022 ICAL

Opinión Puntadas con hilo

La rebelión de García-Gallardo

"Ahora Gallardo ha decidido emprenderla con Abascal. Tiene aún ganas de mambo y no parece que su pasada tumultuosa gestión en la Junta de Castilla y León parezca causarle recapacitación alguna. Mide mal sus fuerzas, sus males no templan con los años"

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Ignacio Garriga, secretario general de Vox, ha declarado que “seguramente” se expulse a García-Gallardo de su partido “por calumnias y decir animaladas”. No parece que la atribución de comportamientos del reino animal – del que también formamos parte los humanos- sea una precisamente una carantoña de Garriga para la búsqueda de consensos.

El antiguo vicepresidente de la Junta de Castilla y León y entonces cabeza visible de Vox en la Comunidad, se ha desmelenado al afirmar que la esposa de Santiago Abascal cobra de un proveedor del partido.

“¡Al suelo, que vienen los nuestros!” exclamaba con sorna gallega Pío Cabanillas, ministro de la UCD, para retratar las heridas del fuego amigo que se disparaba en riña tumultuaria en aquel partido que lideró la Transición española.

Con independencia de la marejada interna en Vox, que parece haberla, la arremetida de García-Gallardo contra Abascal no es sorpresiva. Nunca fue precisamente un modosito. Santiago Abascal en aquella noche de la jornada electoral de 2022 revistió de pompa y púrpura a su candidato: “A Gallardo se le está poniendo la cara de vicepresidente".

Fernández-Mañueco no tenía otra salida que pactar con Vox si quería orquestar una mayoría estable de gobierno y Gallardo vicepresidente fue.

No contaba García-Gallardo, ni tan siquiera Vox, con las dotes de Mañueco para la resiliencia y el manejo de los tiempos. Pueden escatimarse virtudes – como a cada quisque- al líder de los populares en Castilla y León, pero su capacidad de flotar en las tempestades como un corcho es proverbial.

Lo demostró durante el gobierno de coalición PP-Ciudadanos. Tener como socio y compañero de lides a Francisco Igea no es moco de pavo.

Mañueco pudo decidir que el protagonismo de gestión de la crisis sanitaria de la pandemia de la Covid 19 recayera en un prohombre del PP como por ejemplo Carlos Fernández Carriedo, incombustible y escurridizo como una anguila.

Aquel drama humano, de salud pública, económico y social, venteaba a muerte que apestaba. No por el triste fallecimiento físico de las víctimas del coronavirus, sino de “muerte civil” para el político no supiera guiar esa crisis antológica.

Igea, que no es precisamente un Henry Kissinger de la diplomacia, se enfrentó agriamente con muchos de los sectores perjudicados por la pandemia. Cerró a cal y canto establecimientos hosteleros y comerciales, con gran quebranto económico para muchas familias. La factura electoral que pagó Ciudadanos en las elecciones autonómicas posteriores fue demoledora. Jugada maestra de Mañueco.

Entró en escena García-Gallardo, con ímpetu juvenil exacerbado y como elefante por una cacharrería. Sus exabruptos verbales tienen poco parangón en toda la historia de las Cortes de Castilla y León -aquel lugar no es bucólico y menos llamarse bonitos entre sus señorías se ha escuchado allí de todo- y su gestión se vio envuelta en alborotada polémica. El vicepresidente de Vox actuó con exceso de acaloramiento, ganas de bronca, nula prudencia… Todo un cóctel letal.

Seguro que Mañueco, con muchas capas de hierro en su armadura política, disfrutaba cada vez que García-Gallardo armaba un lío. Cada encontronazo arrimaba al burgalés más y más al precipicio, con independencia de si Abascal hubiera decidido o no la ruptura de los gobiernos de coalición con el PP. Los destinos de las “gallardías” tenían las alas cortas.

Ahora Gallardo ha decidido emprenderla con Abascal. Tiene aún ganas de mambo y no parece que su pasada tumultuosa gestión en la Junta de Castilla y León parezca causarle recapacitación alguna. Mide mal sus fuerzas, sus males no templan con los años. Si fuera un político experimentado o sagaz conocería que en los enfrentamientos partidarios siempre gana el “aparato”.

Aunque haya teóricas normas garantistas internas “por fas o por nefas” los mandamases de los partidos ganan la partida siempre. Si Gallardo no resulta expulsado de Vox, pasará a engrosar la lista de “señalados” del sector crítico del partido. Formar parte de la alineación de críticos -en todos los partidos políticos españoles no solo en Vox, por supuesto- es un viaje al pudridero, al reino zombi.

Gallardo - como tantos políticos españoles de la hora presente – debiera tomar nota de las Coplas manriqueñas: “Estos reyes poderosos que vemos por escrituras ya pasadas, con casos tristes, llorosos, fueron sus buenas venturas trastornadas”. Según un viejo proverbio la humildad precede a la honra. Y la honra no se gana con tan desmesuradas “gallardías”.