Hace años compartí un café matutino con Santiago López. Había sido alcalde de Valladolid y promotor de Fasa Renault . El ilustre prócer me espetó una frase de Franklin D. Roosevelt: “Lo único que tenemos que temer es al miedo mismo”. Jamás he olvidado el consejo. Así dejé de ser José Antonio Lobato y de la catarsis nació un “Juan sin miedo”.
En la antesala de la Semana de Pasión, no muchos se atreven a someter a crítica el papel moderno de las cofradías de Semana Santa. Me refiero por supuesto a Valladolid. Hurgar ahí escuece. Pero para ello don Santiago me nombró caballero de la valerosa orden de los “Juan sin miedo”, no para escurrir el bulto.
Una gran parte de las hermandades sufre una pérdida sostenida de número de cofrades. No sucede así en la vecina León, cuya estructura social bien conozco por razones profesionales. En la Semana Santa vallisoletana debe abrirse la espita de la autocrítica y el análisis.Merece hechuras de plan estratégico. Huelga extenderse sobre la importancia que tienen nuestras celebraciones de la Semana de Pasión, en varios órdenes. Si me soportan, se lo contaré otro día.
Quien afirme que es responsabilidad del alcalde, del Ayuntamiento, del arzobispo, del presidente de la Junta de Cofradías y hasta del monaguillo cerillero, comete un enorme yerro. Ya relata aquella obra de Lope de Vega: “¿Quién mató al comendador? / Fuenteovejuna lo hizo, señor / ¿Y quién es Fuenteovejuna? / Todos, señor”.
¿Quién conforma la pervivencia de la Semana Santa de Valladolid?. Todos, como en Fuenteovejuna. España abre escasos debates entre católicos. Hemos carecido de figuras como el francés Jacques Maritain. Nuestro país debe fomentar el protagonismo de su intelectualidad católica. En Francia muchos hijos pródigos retornan a la casa del cristianismo de Roma, nuevamente evangelizados por tesis tan atrayentes como las de ese portentoso erudito católico que es Fabrice Hadjadj.
La inteligencia católica española, que existe, debe deliberar. Y uno los análisis sería abrir controversia sobre la religiosidad popular y las cofradías. Me encanta esa definición de “lugares teológicos para la nueva evangelización”, como sostiene con hondura el joven jesuita Daniel Cuesta.
Capítulo importante del estudio debe analizar el ser y el estar de las cofradías. Sigo refiriéndome a Valladolid. El aggiornamento no ha llegado. Sin generalizaciones, que no es justo e incluso insultante. Conozco los adentros de la Semana Santa. Llevo más de cuarenta años como cofrade. Incluso he tenido el honor de pregonar dos veces la Semana Pasión de Medina de Rioseco. Si hoy tuviera que pronunciar de nuevo un pregón, su contenido sería muy diferente a los de entonces. Porque ahora me atrevería a profundizar en la religiosidad popular y la organización asociativa que le da soporte, que son las cofradías. No lo tomen por petulancia, en la madurez me atrevo con el género literario del ensayo. Temeridades y pecados de los “Juan sin miedo”.
Algunas cofradías vallisoletanas son “lobbys” de poder mundano. Digo algunas, que no todas. Acaso desacierte. La verdad no es concepto categórico, es solo tu verdad. Si salimos de esa endogamia de “lobbys”, entenderemos que el presente y el futuro pasa por captar e ilusionar a jóvenes cofrades y dar más relevante papel a la mujer. Y profundos cambios estructurales en los modismos de funcionamiento de las cofradías. No temamos jamás a la verdad. “La verdad nos hará libres” recuerda San Pablo.
El obispo de Córdoba sostiene con gallardía que el mundo cofrade "no es para personas deseosas de protagonismo o personalismo, que no han podido encontrarlo en otros ámbitos de la vida". Las cofradías necesitan abrir ventanas y dejar entrar aire fresco. Menos pompa y más virtudes franciscanas: modestia, pobreza, humildad, caridad, hermandad, acogimiento. Esto no es solo el camino: es el único camino.