Opinión

Oros, copas, espadas y bastos

31 enero, 2017 11:28

La Corona es una institución arcaica, con un Derecho y unos privilegios al margen de la era moderna y del Derecho común, que mantiene la Jefatura del Estado, evitando la disputa política en tan alta institución y la oculta, evita y defiende de la lucha partidaria, permitiendo que el Estado siempre esté representado y defendido al margen del devenir ordinario de los políticos.

Dicha figura no es un trabajo, no está sometido a la Ley, pero igual que tiene importantes y significativos privilegios, entre otros el de ser inimputable y por encima de la Ley, se somete a obligaciones centenarias como la de ser varón, la de casarse con ciertos linajes, someterse al control social, etc.  En este nuestro país, ha servido como fulcro para el advenimiento trabajoso de la democracia, como nexo de unión de los unos y los otros, estandarte de la libertad y fórmula de independencia y bajo coste de la Jefatura del Estado.

Ha sido norma en los Borbones asumir dichos arcaísmos en favor de mantener la corona y así casarse con quien correspondía, manteniendo a su amor como barraganas a las que cuidaban y con las que tenían hijos bastardos que estaban fuera del círculo soberano, pero cuidaban de ellos, o no. En tiempo reciente, fue conocido el bastardo real D. Leandro, al que ni el más mínimo trato otorgaron los monarcas.

Cuestión distinta, y mucho más grave, es la historia truculenta de la “Bárbara” del “Rey” que, no contenta con saciar los deseos sexuales de un monarca imprudente, se permitió el lujo de grabar los encuentros, haber disfrutado de suculentas mordidas y, en el presente, solicitar no menos importantes cobres por contar las intimidades del monarca.

Ella nos está mostrando lo que realmente es, a lo que juega, lo que busca y dónde se ubican sus valores, pero lo grave es que en nuestra política, en nuestra vida pública podamos estar en manos de personajes de las más altas esferas, no que sacian sus instintos fuera del matrimonio, sino que además desvelan en el lecho secretos de Estado o utilizan sus conocimientos para salvar a sus concubinas.

Aquel que es incapaz de administrar su vida, su matrimonio, su esfera personal, no le creo especialmente preparado para que ponga en sus manos la administración de la mía o de los míos; pero, aceptando que dicha situación es demasiado corriente, lo cierto es que con ello corremos aún más riesgo de mal usar los fondos de todos, descubrir secretos que deberían de mantenerse en dicho estadio, poner en peligro la seguridad nacional y trasladar a multitud de lechos lo que debiera quedarse en la mesa de un despacho.

Considero que la institución es útil, precisa y debe de ser defendida, que una Jefatura del Estado sometida al devenir político, a la temporalidad en el cargo sólo es más cara, menos profesional, más maleable y menos eficaz; por tanto, aunque sólo fuera por ello, debemos de mantenerla, pero el control, la responsabilidad, el sometimiento a sus normas, por más que prehistóricas resulten, es fundamental, no puede un Rey irse con cualquiera, desvelar secretos, utilizar fondos públicos y pretender seguir siendo respetado.

Para mantener y respetar la Corona, esta debe de adoptar decisiones dolorosas, actuaciones ejemplares y retomar el camino de excelencia que nunca debió de abandonar. El hedor de la corrupción, de la mierda, de la pudrición es mejor liquidarlo, limpiarlo, superarlo cuanto antes. Cuanto más tarde, cuanto más se busque el ocultarla peor será, más olerá y mayor daño generará, y esto es válido para la Corona, el político, el común de los mortales, o la puta.

Nos esperan días en los que la ponzoña, además de en los políticos, va a ir extendiéndose hacia arriba y hacia abajo de forma rápida, cruel, insufrible, inaceptable y sólo lo resolveremos con los valores del trabajo, la honradez, el esfuerzo, la transparencia y el buen hacer que ahora tan denostados están por el dinero, lo fácil, la inconsistencia…etc.