Mário Correia, director del Intercéltico.

Mário Correia, director del Intercéltico. Luis Falcón

Castilla y León

Sendim, cuando la música se convierte en memoria

Sendim guarda silencio después de 25 años en los que la música celta, las raíces y la amistad cruzaron fronteras. Y entre todos los recuerdos queda también la figura de Mário Correia, alma y referencia del Festival Intercéltico de Sendim.

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Hay despedidas que no terminan cuando suena el último acorde. Se quedan suspendidas en el aire, como esas melodías que uno sigue escuchando mucho después de que los músicos hayan abandonado el escenario.

Hay lugares que dejan de ser solamente un lugar para convertirse en una parte de nuestra propia historia. Y hay encuentros que, con el paso del tiempo, descubrimos que fueron mucho más importantes de lo que imaginábamos. Eso fue el Festival Intercéltico de Sendim mientras duró, la friolera de veinticinco ediciones, ininterrumpidas, salvo el año del covid.

Este pasado sábado, un amplio grupo de amigos de la cultura, de la judicatura lusa, de las letras y del pueblo llano, le han prodigado un emotivo homenaje a Mário Correia, alma y referencia del Festival Intercéltico, director y programador durante 25 años.

Entre la ‘catacumba’ de la Casa da Cultura Sons da Terra, el restaurante O Encontro y la Casa de Cultura sendinesa, ha transcurrido una jornada plena de amistad, recuerdos y actividades culturales. Y siempre presente el recuerdo a Zeca Afonso, quien no fue solo una voz que cantó a la libertad; fue la voz de un pueblo que aprendió que una canción también puede abrir las puertas de la esperanza.

Durante años, aquel pequeño rincón de la Tierra de Miranda se convirtió en una especie de patria común para quienes entendían que la cultura no conoce fronteras y que la música es capaz de tender puentes allí donde otros levantan muros.

Sendim era el destino de cada verano, la cita marcada en el calendario, el primer fin de semana de agosto, el reencuentro esperado con amigos que llegaban desde distintos caminos y que, durante unos días, volvían a sentirse parte de una misma familia.

Ahora queda la pena

La tristeza de saber que aquel festival que tantas veces nos convocó ha llegado a su final. La sensación extraña de mirar atrás y comprender que algunos lugares, algunas músicas y algunas personas ya solo podrán encontrarse en el territorio de la memoria.

Y, por encima de todo, queda el agradecimiento. Porque Sendim fue mucho más que un festival. Fue una ventana abierta al universo folk, un escenario para las músicas de raíz, una celebración de las culturas atlánticas y, sobre todo, un lugar de encuentro.

Un espacio donde portugueses, castellanos, leoneses, gallegos, asturianos, irlandeses, escoceses y gentes llegadas de otros rincones compartieron canciones, conversaciones, abrazos y noches interminables.

En Sendim uno podía llegar sin conocer a nadie y marcharse con amigos. Ese quizá fue su mayor patrimonio.

Mário Correia, el hombre que hizo posible el encuentro

Detrás de aquella aventura cultural estaba Mário Correia. Su nombre quedó unido para siempre a la historia del festival y a una manera de entender la cultura desde la cercanía, la pasión y el compromiso.

Mario no fue únicamente el director de un acontecimiento musical. Fue, de alguna manera, el anfitrión de una gran casa abierta. Una casa sin puertas ni fronteras.

Con su trabajo, su perseverancia y su conocimiento de la música tradicional, consiguió convertir Sendim en un punto de referencia internacional para quienes buscaban algo más que un concierto. Allí había identidad. Había raíces. Había una manera diferente de mirar la cultura.

Y había humanidad.

Porque quienes acudimos a Sendim no íbamos únicamente a escuchar música. Íbamos a encontrarnos. A reencontrarnos. A sentarnos alrededor de una mesa después de los conciertos. A compartir una conversación improvisada.

A descubrir que detrás de cada instrumento había una historia y que detrás de cada músico existía una cultura que merecía ser escuchada. Mário Correia entendió que un festival podía ser también una forma de construir comunidad. Y Sendim fue esa comunidad.

Un lugar que nunca fue frontera

Quizá una de las mayores virtudes del Festival Intercéltico de Sendim fue precisamente haber demostrado que la frontera puede ser un punto de encuentro.

En aquellas tierras donde el Duero parece separar y unir al mismo tiempo, la música hizo posible una convivencia natural entre culturas que durante siglos compartieron caminos, paisajes y formas de entender la vida. La frontera administrativa desaparecía cuando comenzaba la música.

Y entonces Sendim dejaba de ser solamente Sendim. Era Galicia. Era Portugal. Era Asturias. Era Irlanda. Era Escocia. Era Asturias. Era Castilla y León… era Trás-os-Montes. Era cualquier lugar donde una gaita, un tambor, un violín, una voz o una vieja melodía fueran capaces de despertar algo profundo.

Por eso resulta difícil hablar del final del festival sin sentir una cierta orfandad. Porque no desaparece únicamente una programación cultural.

Desaparece una cita. Una costumbre. Una forma de vivir el verano. Desaparece ese momento del año en el que sabíamos que volveríamos a cruzar la frontera para encontrarnos con quienes, de una manera u otra, ya formaban parte de nuestra vida.

Festival Intercéltico de Sendim.

Festival Intercéltico de Sendim. Luis Falcón

Quizá lo más doloroso de las despedidas sea descubrir que la última vez nunca parece la última mientras está sucediendo. Uno no sabe que está viviendo el último festival cuando escucha una canción.

No sabe que aquella conversación será la última. No imagina que aquel abrazo en una plaza que se conocía como ‘O Passareiro’ o aquel encuentro después de un concierto quedará convertido para siempre en un recuerdo.

Por eso ahora, cuando sabemos que el Festival Intercéltico de Sendim ya es historia, regresan a la memoria aquellas pequeñas cosas que entonces parecían normales. Las calles llenas. Los músicos afinando.

Las conversaciones mezcladas en diferentes acentos. Las noches que se alargaban más de lo previsto. La música escapándose por cualquier rincón. Y los amigos.

Sobre todo, los amigos.

Porque al final, cuando un festival desaparece, lo que más se echa de menos no es solamente el escenario. Se echa de menos a las personas que encontrábamos allí.

A quienes llegábamos desde Salamanca. A quienes cruzaban desde Miranda do Douro. A quienes venían de Galicia, de Asturias o de cualquier otro lugar. A quienes quizá solo veíamos una vez al año, pero cuya ausencia hacía que el calendario pareciera incompleto.

Sendim tenía esa capacidad. La de hacer que el tiempo de espera entre un festival y otro fuera demasiado largo. Lo que queda cuando todo termina.

Ahora se cierra una puerta, pero queda abierta la memoria. Quedan las fotografías. Quedan las grabaciones.

Quedan los sonidos que regresarán algún día cuando una vieja melodía vuelva a sonar. Quedan las amistades nacidas al calor de aquellos encuentros. Quedan las presentaciones de decenas de libros. Y queda, sobre todo, la certeza de que la cultura deja huellas que no desaparecen cuando se apaga un escenario.

Quizá ese sea el mejor homenaje que se pueda hacer al Festival Intercéltico de Sendim y a Mário Correia.

Reconocer que durante años fueron capaces de crear algo que no puede medirse únicamente en cifras de espectadores, artistas o ediciones. Crearon vínculos. Construyeron puentes. Hicieron que muchas personas se sintieran parte de algo. Y eso, en un tiempo en el que tantas cosas parecen empeñadas en separarnos, tiene un valor enorme. Por eso duele el final.

Duele porque hay festivales que forman parte de nuestra biografía sin que nos demos cuenta. Porque algunos lugares terminan siendo una extensión de nuestra propia casa. Porque hay personas que, sin proponérselo, se convierten en parte de nuestros recuerdos.

Sendim fue todo eso. Fue música y cultura. Fue frontera y encuentro. Fue tradición y futuro. Fue una noche de verano que parecía no terminar nunca.

Y fue, para muchos de nosotros, el lugar donde cada año volvíamos a encontrarnos con los amigos. Ahora el escenario está vacío. Pero quizá no del todo.

Porque cuando una canción ha sido compartida por tantas personas, cuando una cultura ha conseguido reunir a quienes viven a ambos lados de una frontera y cuando un hombre como Mário Correia ha dedicado tantos esfuerzos a mantener viva esa llama, el silencio que llega después nunca es completo.

Siempre queda un eco. Una gaita que parece sonar a lo lejos. Una conversación pendiente. Un abrazo que se quedó en la memoria.

Y la esperanza, quizá ingenua pero necesaria, de que algún día, en algún lugar, alguien vuelva a reunirnos. Como ha sido este primer sábado de agosto. Entonces entenderemos que Sendim no terminó aquella última noche.

Que Sendim sigue estando allí. En nosotros. En los amigos. En la música.

Y en todos aquellos que tuvimos la suerte de descubrir que, a veces, un pequeño pueblo puede convertirse durante unos días en el centro del mundo. Hasta el próximo encuentro, Sendim, ¡ay!