Eduardo Sánchez Salcedo, periodista.
Son muy malos tiempos para la lírica, y para cualquier cuestión que se salga un milímetro de lo estrictamente obligatorio, urgente y perentorio.
Lo voluntario, lo que haces porque sí, porque crees que es justo, queda relegado para otro momento, para un futuro más bien incierto, para el día de mañana, si eso.
No hace mucho -no hace tanto, en realidad- el mundo evolucionó con sus códigos éticos, con sus autoexigencias, con sus supuestos consensos generalizados, con sus magnos acuerdos internacionales frente a retos que creíamos comunes y compartidos, como, por ejemplo, la lucha frente al cambio climático.
Esos consensos se han agrietado o nunca existieron.
A la vuelta de la esquina, en noviembre, una ciudad brasileña llamada Belém acogerá la 30 conferencia de las partes, órgano supremo de toma de decisiones de la Convención Marco de las Naciones Unidas sobre el Cambio Climático.
La llamada COP30 tomará el relevo a la 29, organizada en Bakú (Azerbayán), y mucho me temo que compartirá los mismos titulares de fracaso y decepción ante la falta de compromisos para avanzar en los objetivos para la reducción de emisiones y en la creación de un camino para eliminar progresivamente el uso de combustibles fósiles.
El 30 seguirá al 29, y al 28, y al 27, y al 26… Y suma y sigue.
Todo suena viejuno y manido, la verdad, como si nos hubiéramos desilusionado a fuerza de zascas.
Incluso la misma alusión al cambio climático nos retrotrae a un mundo donde todo parecía estar pintado en colorines, donde todo eran sonrisas y azúcar bienintencionado, sano y nutritivo.
El abrupto surgimiento de los Trump y sus miniyos en países varios supuso la ruptura global de las barajas con las que se jugaba hasta entonces. Ya casi nadie se atreve, si quiera, a levantar banderas… Todo es un poco “por si acaso”, algo provisional y condicionado, no vaya a ser que el socio al que puedo necesitar en un futuro incierto para configurar gobierno me rompa mi propia asta en la cabeza.
Como réplicas de un terremoto invisible, los gobiernos autonómicos y locales repliegan velas. Y las empresas se amoldan, del mismo modo, a la moda sobria y triste de un mundo de hombres grises, sin matices ni claroscuros.
En este contexto, las empresas ya no saben si guardar en un cofre sus normas voluntarias, estándares y códigos voluntarios, sus ISOs, sus GRIs y toda la farragosa labor que emprendieron en tiempos de bonanza moral para mostrar al mundo cómo contribuían al bien común.
Nuestra diminuta responsabilidad social empresarial o corporativa (RSC) se menciona con la boca cada vez más pequeña.
El tamaño de letra se disminuye paulatinamente en las webs de las empresas donde antes se presumía de ellas.
A no tardar, el día menos pensado, todo quedará en una duda en el aire… “¿Qué RSQué? Esa ESC de la que usted me habla…”. Ojalá despertemos de la pesadilla a tiempo.
*Eduardo Sánchez Salcedo. Periodista