Adrián Sarasa. Delegado provincial de Atenea.
Hay una pregunta que los españoles raramente nos hacemos, quizás porque la respuesta nos incomoda: cuando los políticos nos decepcionan, ¿nos están fallando ellos, o nos estamos fallando a nosotros mismos?
Durante décadas hemos construido una relación con la política que se parece más a la de un espectador con su equipo de fútbol que a la de un ciudadano con su democracia. Cada cuatro años acudimos a las urnas, depositamos un voto y nos retiramos a casa convencidos de haber cumplido.
Lo que viene después —los debates, las propuestas, la presión, el seguimiento— lo dejamos en manos de otros. En manos de ellos. Y luego nos sorprendemos cuando el resultado no nos gusta.
No es que los políticos sean especialmente virtuosos o esencialmente corruptos. Son, en buena medida, el reflejo de lo que la sociedad les exige. Y si la sociedad no les exige casi nada durante cuatro años, salvo en campaña electoral, el resultado es previsible: gobiernan para sí mismos, para sus bases, para el siguiente ciclo electoral. Gobiernan con el miedo a las urnas como único horizonte, incapaces de abordar los problemas estructurales del país, porque esos problemas requieren soluciones a largo plazo que nunca coinciden con el calendario electoral.
Mientras tanto, nosotros esperamos. Y volvemos a votar. Y volvemos a decepcionarnos.
España no son los partidos. No son las instituciones, ni el Congreso, ni los ayuntamientos. España somos cada uno de los españoles, y eso implica una responsabilidad que hemos decidido olvidar a cambio de mayor comodidad.
La buena noticia es que hay quienes no lo han olvidado. En los últimos años han surgido iniciativas desde la sociedad civil, que demuestran que otra forma de hacer política es posible, y que no requieren escaño ni carnet de partido.
Centros de pensamiento como Atenea, la asociación liberal impulsada por Iván Espinosa de los Monteros, están poniendo encima de la mesa debates que los partidos evitan por cálculo electoral: la libertad individual, el mal funcionamiento del Estado, el modelo económico que queremos para las próximas décadas, la insostenibilidad de las pensiones... Un imán para el talento y la iniciativa, que invita a pensar en voz alta, sin miedo a perder votos, porque desde la sociedad civil no hay votos que perder, sólo soluciones que aportar.
En Zaragoza, un ejemplo especialmente significativo es el de Marisa Gaspar, concejal independiente, que está articulando iniciativas transversales capaces de reunir a personas de distintas sensibilidades políticas, en torno a los problemas reales de la ciudad.
Cuando la sociedad civil toma la iniciativa, cuando los ciudadanos se reúnen al margen de las siglas y la disciplina de partido, algo cambia: El debate se hace más honesto, más productivo, más libre.
Estos ejemplos no son anecdóticos. Son síntomas de un despertar que podría ser transformador si conseguimos que se extienda. Porque el problema de España no es que tengamos malos políticos —los tenemos, como todos los países—, sino que hemos dejado de ejercer la presión que una democracia sana necesita para funcionar. Hemos tratado las elecciones como si fueran el principio y el fin de la participación ciudadana, cuando en realidad son apenas el punto de partida.
Poner debates encima de la mesa es un acto político. Fundar una asociación es un acto político.
Escribir una tribuna, organizar una conferencia, reunir a vecinos en torno a un problema del barrio: todo eso es política, y durante años hemos delegado esa responsabilidad en personas que, comprensiblemente, han acabado utilizándola en su propio beneficio.
Los partidos no van a solucionar el problema de la vivienda con valentía si la sociedad no les obliga a hacerlo. No van a reformar el sistema de pensiones con honestidad si el único incentivo que tienen es ganar las próximas elecciones.
No van a abordar el modelo territorial, la calidad educativa o la productividad económica con seriedad si nadie les exige pensar a veinte años vista en lugar de a veinte meses.
Esa exigencia solo puede venir desde la sociedad civil. Profesionales, que deciden dedicar parte de su tiempo y sacrificarse, por el bien de España. Ellos conocen el día a día, los problemas y las soluciones reales.
De asociaciones, de foros, de ciudadanos organizados que se toman en serio su papel en la democracia más allá del ritual del voto. De gente dispuesta a incomodar, a plantear las preguntas difíciles, a sostener un debate, aunque no haya elecciones en el horizonte.
España necesita menos gestores del desencanto y más constructores de alternativas. Necesita una sociedad civil que recupere el protagonismo que le corresponde. No para sustituir a los políticos, sino para obligarles a ser mejores.
La democracia no es un sistema en el que elegimos quién nos gobierna cada cuatro años. Es un ejercicio cotidiano, exigente y colectivo. Y llevamos demasiado tiempo haciéndolo mal. Hay otra forma de hacer las cosas.
Hagamos que los políticos sientan nuestro aliento, que sepan que somos sus jefes, no sus subordinados, hambrientos de directrices o ayudas. Es hora de ayudarnos a nosotros mismos, es la hora de la libertad.
Adrián Sarasa Liñán. Delegado provincial de Atenea.