Llegamos al ecuador de otro largo y tórrido verano. Quien no tiene un barco sueña con tener un amigo con barco mientras recorre las stories de Instagram: el éxito, hoy, se parece un poco a una foto en cubierta, tal vez un posado al timón, mientras los niños, con sus bañadores a juego, se zambullen entre empujones y carcajadas.
Paso al siguiente post: “El verdadero éxito en la vida es esto”, leo bajo una imagen familiar, tomada en un pueblo. Sonrisas de oreja a oreja que esconden, discretamente, la marejada que volverá en septiembre y que, a veces, rompe contra el malecón de la rutina por el detalle más mínimo.
¿Quién no ha disfrutado alguna vez de un día de vacaciones en un barco, de las fiestas de agosto, de la paella del domingo o del cumpleaños de ese amigo que celebra su día como si fuera el último?
Con o sin fotos, quienes ya peinamos canas hemos aprendido que esos destellos de felicidad tienen poco que ver con el lugar, el vino o el precio de la cuenta, y mucho con esa sensación que teníamos cuando daban las seis y salíamos con la bici a recoger a los supervivientes de la siesta, de portal en portal.
Son esos momentos compartidos, felices y tranquilos —bajo el sol del Mediterráneo o de un pequeño reducto del Pirineo— los que realmente dejan huella y algo de leña para cuando llega el frío. Y, en eso, no pienso ceder.
Pensaba en todo esto tras leer que Sonia y Selena han vuelto a los escenarios. Me cuesta lo mismo imaginarlas tomando el sol en la cubierta de un crucero de lujo que animando la verbena de cualquier pueblo de la España profunda. Qué cosas.
Un periódico de tirada nacional las entrevista y titula con sus declaraciones: “Somos y moriremos siendo leyenda”. No sé si se trata de una declaración algo presuntuosa o simplemente de un titular con gancho. No puedo evitar pensar en Las Grecas, salvando todas las distancias. A mí, “Te estoy amando locamente” me parece un tema legendario, qué quieren que les diga. Y, sobre eso, tampoco cederé.
Al margen de sesudos juicios musicales, Sonia y Selena siguen siendo plenamente reconocibles después de una carrera absolutamente fugaz. No hay mejor ejemplo sobre lo que es dar un pelotazo: “Yo quiero bailar” arrasó en 2001 y el dúo se disolvió al año siguiente. Pero, 25 años después, sigue reinando en la pista de baile: abran paso al ventilador, el abanico y el gin-tonic, que suena el éxito que nunca llega tarde porque nunca se fue. Playback a tope en los platós y lentejuela hasta en los párpados: el auténtico show sin complejos, donde lo exagerado es virtud y lo sutil, sospechoso.
Será que cada cuarto de siglo (más o menos) sentimos el deseo de hacer balance y revisitar lo que nos hizo sentirnos vivos, aunque en aquel momento fuera enormemente superficial. Rara vez volvemos sobre las cosas que parecían muy importantes: sobre la hipoteca, los contratos o los desamores; pero queda aquella tarde en la que acabamos donde no esperábamos, el bar en el que nos juntábamos, la BH que heredamos del hermano mayor o aquel detalle que nos trajeron de un viaje y que, por feo o por acierto, el corazón recuerda.
Es como el fenómeno “Superstar” (Netflix), y su mezcla de homenaje, sátira y redención que revisita los altibajos de la fama con una mirada más compasiva y consciente que antaño. Una historia sobre Tamara, reconvertida en Yurena; y sobre el ridículo, la dignidad y el paso del tiempo, contada con ternura y sentido del humor.
Historias de gente que soñó con triunfar, quizá con tener un barco o cenar en los sitios caros de Madrid, y acabó cruzando esa fina línea entre el fenómeno fan y la chanza nacional. Pero que, tal vez, tienen su reparación muchos años después, porque consiguieron hacer de nuestras humildes sobremesas y verbenas de pueblo algo legendario. Y eso, también es el éxito.