No aprendemos. Creemos que somos los primeros; que el pasado fue en blanco y negro y el futuro no existirá sin nosotros. Creemos que hemos inventado el fenómeno de la cancelación y que ignorar hasta el castigo nos hará más libres, más justos y más honorables. Ahora, que adoptamos las maneras de los dictadores que estudiamos en la escuela, nos sentimos condescendientes e inmortales. Antes se quemaban personas y libros y se imponía la ley seca a las ideas que incomodaban a las élites; y hoy se cancela condenando al ostracismo y el escarnio público y notorio.

Censura ha habido siempre. Y necios también. Los vetos figuran en el elenco de las herramientas de la auctoritas mal entendida desde el principio de los tiempos, y la historia demuestra que intentar borrar los puntos de vista que nos incomodan responde más a lo limitante de nuestras creencias que a un servicio al bien común.

Para quien no tiene capacidad de aprendizaje o autocrítica, la alternativa a la censura es complicada, porque hay que aparcar el monólogo y el narcisismo; y enseñar un poco de piel. Platón predicó que uno no puede acercarse a la verdad sin el diálogo y la comunicación honesta; y Descartes invitó a liberarse de los prejuicios usando la duda y el método. Mirándolo en perspectiva, no parecen malos maestros.

También es cierto que la cultura de la cancelación tiene diferencias con la censura y sus propios códigos. Ambas conviven y ambas nos roban la posibilidad de conocer el mundo y de acercarnos a la verdad; pero no se ejercen de la misma manera. Porque tampoco el poder se ejerce igual en unos tiempos en los que tener acceso a los datos es controlar el mundo.

Wikipedia dice que la cultura de la cancelación es un fenómeno que se basa en retirar el apoyo, ya sea moral, financiero, digital e incluso social, a aquellas personas u organizaciones que se consideran inadmisibles como consecuencia de determinados comentarios o acciones,​ independientemente de la veracidad o falsedad de estos,​ o porque esas personas o instituciones transgreden ciertas expectativas creadas entorno a ellas.

Siempre he pensado que el problema no es tener expectativas, porque por ellas avanzamos en cierta forma; sino adolecer de la mala costumbre de castigar a quienes no las cumplieron o desafiaron nuestros límites, como ejercicio ejemplarizante para quien esté mirando o, al menos, como íntima venganza.

Dice también Wikipedia que, aunque es un fenómeno en auge, tiene su origen en las forma en la que la Alemania nazi empezó a someter a los judíos y a todos aquellos que no comulgaban con el nacionalsocialismo. La propaganda nazi que desembocó en el exterminio fue causando un proceso progresivo de deshumanización de los judíos y de quienes defendían su condición de iguales desde todos los frentes. Digamos que su cancelación como humanos pasó por todos los estadios: desde los verbales (eran calificados de piojos, ratas o cucarachas) hasta los laborales y económicos, condenando a los judíos y a cualquiera que osase a ayudarles a la ruina laboral y económica. Así se teje el escarnio para anular a quien molesta, esté basada esta molestia en algo objetivo o puramente personal: basta con negarle su derecho a trabajar o a recibir el apoyo de los demás, sea bajo el relato que sea. Así es la soberbia de la ignorancia: degradación y eliminación por el artículo 33.

En el caso de la cultura de la cancelación actual, algunos estudiosos del fenómeno (“Cultura de la cancelación: no hables, no preguntes, no pienses”, Fernando Bonete); destacan un factor diferenciador con respecto a los vetos o la censura. Antes, estaba claro quién era el censor o el poder que motivaba el ataque. Ahora, se trata de un fenómeno mucho más social y difuso: miles de perfiles, a menudo en redes sociales, retiran el apoyo a un personaje, lo que desmorona sus opciones profesionales, su capacidad de conseguir proyectos y, por su puesto, su validación a los ojos del mundo.

Privar a una persona, más o menos notoria, de su reputación, su forma de vida, sus afectos y el plácet social por la expresión de unas ideas o por tomar determinadas decisiones no debería ser un fenómeno social en auge a estas alturas. Sobre todo, porque no sabemos quién lo promueve, con qué intereses y bajo qué paraguas. Pero también porque, como diría Platón, nos impide conocer la verdad. Porque impide el perdón o la posibilidad de rectificar. Y porque es una peligrosa herramienta en manos de cualquier tirano de medio pelo, con dinero o cierto acceso al poder, que quiera devaluar a una persona incluso sin haber expresado o actuado de forma reprochable. No es el caso de Karla Sofía Gascón, que sí que publicó algunos mensajes claramente xenófobos; pero a la que parece negársele el derecho a disculparse y a ser digna del perdón de la sociedad; pero sí de otras personas que sufrieron el castigo por no plegarse al fanatismo o la violencia de los poderosos. Me acuerdo ahora de Ashley Judd o Mira Sorvino, y de la cancelación Weinstein.

Detrás de cada cancelación hay una vida. Y detrás del concepto de lo reprochable hay un millón de matices. En cualquier caso, tal vez no sea posible frenar la soberbia de quien señala, pero siempre es posible elegir participar o no de la cancelación. Piénsenlo.