Mientras el mundo asiste atónito al cambio de las reglas del juego vigentes hasta ahora, en España no hemos cambiado de escenario desde la transición a la democracia: seguimos en un largo y tedioso proceso constituyente, redefiniendo y recortando constantemente las competencias del Estado y engordando las de las autonomías -de algunas más que de otras-, debilitando la idea de pertenencia a un proyecto común y los principios de solidaridad interterritorial y convergencia económica. Sometidos, en definitiva, al chantaje nacionalista. Como consecuencia, cada vez hay más españoles, entre los que me hallo, convencidos de que las autonomías han sido el error histórico de nuestra generación.
Vidal-Quadras explicó de forma sencilla pero muy ilustrativa el proceso, que en el mundo de la ciencia se conoce como el “método de las aproximaciones sucesivas”. Los nacionalistas ponen sobre la mesa sus reivindicaciones y los partidos gobernantes, en nombre del Estado, esgrimen el mantenimiento del statu quo, el mantenimiento de las reglas del juego existentes en cada momento. Los nacionalistas no logran todos sus objetivos, pero obtienen cesiones más o menos sustanciosas. El statu quo y las reglas del juego han cambiado mínimamente. Y la próxima vez, a la vuelta de un año o dos, volverán a poner sobre la mesa nuevas condiciones. El Estado ofrecerá el mantenimiento del statu quo, no del original sino del resultante de la última negociación. Y otra vez, los nacionalistas obtendrán nuevas concesiones.
Así, rodaja a rodaja, los nacionalistas se van comiendo el salchichón. En ese juego, donde uno de los contendientes nunca gana del todo pero siempre gana algo, el resto de los españoles siempre perdemos. España como nación está condenada a perder siempre. Así ha sido en los últimos cuarenta años.
Félix Ovejero lo explicaba hace poco, sólo hay una solución: cambiar las reglas del juego. Que el Estado, los partidos gobernantes, cuando se sienten a la mesa, no acudan a defender el statu quo sino a recuperar el anterior, y el anterior del anterior. Y que entre las nuevas reglas también figure expresamente la posibilidad de que los nacionalistas pierdan. Y esa debe ser una posibilidad cierta y probable por la sencilla razón de que ellos son menos, más débiles y con peores armas y argumentos. No tienen razón.
Pondré un ejemplo: cuando el PNV solicita la gestión de la política penitenciaria, el Estado pone sobre la mesa la desaparición del cupo vasco, clamorosamente injusto. En un escenario razonable lo que debería pasar es que el PNV no obtuviera la gestión de la política penitenciaria y en cambio el concierto económico desapareciera y los vascos se integraran en el régimen fiscal común, que es lo justo y democrático. O que cuando Junts y ERC pidan nuevas y exorbitantes competencias o un trato privilegiado, el Estado planteara la devolución de las competencias en materia de Seguridad, Educación y Sanidad. Y además, no como un farol, sino con la firme decisión de recuperarlas.
Ahora bien, ¿cuál de los dos partidos sistémicos estarían dispuestos a cambiar las reglas del juego? Porque ambos han venido cediendo durante los últimos cuarenta años, y lo han hecho de la forma más estúpida imaginable, haciendo cesiones estructurales a cambio de apoyos coyunturales. Rajoy lo sabe mejor que nadie pues sufrió en sus carnes la traición del PNV con el que había pactado hacía poco, perdiendo el Gobierno. La primogenitura a cambio de un plato de lentejas. Está escrito en la Biblia, pero nadie ha debido leerla.