Una avenida de llena de rascacielos vacíos, un abandono de fin de semana, las plazas
llenas, el olor del asado y el sonido de la soda al abrir la botella reciente. Pronto llegará el domingo final, pesaroso, de nublada resaca, la de la fiesta y la de la desidia, el lunes del paro o el del trabajo mal pagado. Cinco minutos de paz, gritos, niños explosivos y reales.
En 2017 con el gobierno del PP, Barcelona se llenó con una manifestación organizada por la izquierda y la derecha, el nacionalismo ambidiestro: “Volem acollir” decían en las pancartas. No ha pasado ni una década y hoy, con esa fuerza flamenca (de Flandes), denodada y sádica, el presidente numérico se postra frente a republicanos y democristianos, para conservar su lustroso pellejo de poder.
El sanedrín progresista se encuentra desubicado. Callan porque es mejor el silencio que el ridículo: menas de Schrödinger. Trabajamos la lógica aristotélica o los juegos de unos y ceros, de tautologías y contradicciones. Si los menas son pobres niños abandonados a su suerte que, como se nos transmite desde los medios oficialistas, acuden a aportar su talento y ganas de aprender, ¿por qué las regiones más industrializadas del reino se niegan a admitirlos?
Pero, si por el contrario, resultan ser falsos jóvenes, más bien adultos con pocas ganas de integrarse, prototipo del peligro que llega de fuera, bárbaros golpeando a las puertas de Roma, ¿Con qué justificación las regiones más ricas y exclusivas del reino se protegen del problema apretando con sus números trucados? Habrá que elegir una u otra, o habrá que romper la baraja. No tenemos cartas, Octavio, me diréis. Tenemos diputados, diputados que sostienen a este gobierno, válidos, algebraicamente válidos.
Pero callarán, como siempre, se reirán en nuestra cara, pedirán migajas y recibirán migajas. Y el gobierno, que solo es centralista con los sumisos, seguirá colocando peones que balbucearán excusas. Y aplaudirán y dirán que Bildu es un interlocutor válido. Bildu y Otegui, a mis cuarenta muy avanzados, los de la Casa Cuartel, los de Giménez-Abad, las guardias civiles que estaban la noche del concierto de Bunbury en Sallent de Gallego.
Porque Otegui verbaliza, sin turbarse (los secuestradores no están acostumbrados a
mostrar emociones con el rostro, es endémico entre los que utilizan pasamontañas en su día a día), que hay que cortar la inmigración, la suya, como siempre, posesivo y
desafiante, porque su pueblo está en peligro de desaparición.
Un pueblo escaso, claro, después de (y lean unas líneas más arriba), una masacre organizada, política, nauseabunda, de serpientes y tiros en la nuca. Cuántos vascos murieron mientras en la noche sonaba la bocina de un coche, mientras ardía la vida del hijo del de la tienda de chucherías, de aquel militar en la puerta de la iglesia. Y los que se marcharon, aquellos que fueron al País Vasco, viajan y vuelven a su tierra, acumulando el cansancio de la ida con el de la vuelta. Porque ya no distinguen qué es su tierra de lo que no lo es. No sé si eso es bueno. Pero sí que sé que hipócrita y rastrero.
Ellos representan, a su pesar, la España eterna, díscola y cainita. Atrapan en su desprecio la esencia de la nación, una idea de odio hacia lo que los rodea, una enfermedad que se transmite a las otras regiones, creando círculos concéntricos con un radio que se va reduciendo hasta que solo quede el individuo, envidioso, destrozado, sin más objetivo en la vida que compararse con el de al lado. Siempre habrá uno más listo, más guapo, más rico.
Siempre un péndulo que termine moviéndose en el sentido contrario, apurando los votos… una eternidad que se mide en papeletas. ¿Qué hemos hecho para tener a un presidente y unos acólitos así? ¿Somos el único país del mundo en el que los que conforman el gobierno no creen en la nación y se perpetúan en el poder con el apoyo de sádicos prestamistas que, directamente, la odian? Parece una comedia distópica, una mala broma de política psicótica.
La calle enemiga, el hogar ahogado, un olvido blanco y simple. La gran Shiva que reparte, proletaria y asustada, en un lunes de mala mano, enjoyada con lo recaudado, violácea, masticada por la máquina troqueladora de decretos tramposos. Volver a los menas buenos, a los menas no tan buenos. A los que buscan y los que encuentran, los besos en público, los ombligos al aire, el bocadillo de jamón… vuelvo a preguntar, ¿es bueno o malo?
Y escucho, mientras se llevan el vaso de agua a la boca, seca la garganta de opiniones, a punto de lanzar el esputo dictado, que existe un modelo de imparcialidad entre sempiternas discusiones que termina simplificando las cuestiones para hacerlas digeribles. Para hidratar las ruedas de molino, para engrasar las palmas de las manos antes del aplauso devoto, amado líder en sus contradicciones, en sus regalías oscuras, en, vuelvo a lo de antes, sus lunes troceados de cansancio.
Hoy me leen ustedes y yo no doy respuestas, planteo cuestiones para los que se rasgan vestidos y vestiduras cuando se cuestiona la realidad de estos menas que se lanzan hacia el hacinamiento social, esperando su momento, afines al inmovilismo. Me dirán que exagero. Les diré que he visto progresistas modelos, feministas compulsivas, docentes de carnet en la boca, revisando listados de clase, emitiendo un suspiro quejoso al identificar el delator apellido. A escondidas, cuando piensan que nadie los ve ni escucha. Somos doctorandos de la multiculturalidad, sin encontrar un punto de convivencia. No saben quién es más eficaz levantando muros, supongo que no les sorprendería saberlo.
Pero, de nuevo, me detengo, casi en el final. Y es que, como diría nuestro presidente matemático, veleta la propuesta preferente y vacía, ¿Cuántas veces se lo tengo que decir? Las que sean hasta que me explique el porqué de excluir a Cataluña y el País Vasco del reparto.