Cada uno tiene sus límites. Yo, por ejemplo, tengo muy poca tolerancia a la mentira y la manipulación. Tampoco encuentro interesante vivir en el insulto y en la agresividad permanente. Y si, además, tratan de cobrarme por ello, pues ya la cosa se pone mal. Definitivamente no encajo.
Si, les estoy hablado de X, lo que alguna vez llamamos Twitter. Y vaya por delante que cada cual tiene sus motivos para usar o dejar de usar las redes sociales, nadie es mejor o peor por eso. Como decía, cada cual tiene sus límites.
En realidad, no pretendo hablar de redes sociales sino de poner límites a la desinformación, a aquellos que nos quieren manipular. Cada uno sus límites. Estos son los míos.
Desde un punto de vista más técnico, podríamos decir que X tiene un papel principal en la propagación de desinformación en el planeta. Es uno de los mejores lugares del mundo si lo que buscamos son noticias falsas y teorías conspirativas.
También podríamos decir que el diseño de X no favorece la conversación, sino que fomenta respuestas rápidas y superficiales en lugar de debates constructivos. Además, los últimos cambios en el algoritmo priorizan el contenido multimedia y las interacciones rápidas, lo que dificulta aún más la posibilidad de mantener una conversación real y enriquecedora. Sin embargo, favorece el ambiente tóxico en forma de acoso y ciberbullying.
Ese algoritmo, por cierto, se ha ido ajustando para aumentar la visibilidad de ciertos contenidos que favorecen los intereses personales y políticos del propietario de la red, Elon Musk. Una persona que no inspira confianza, precisamente.
Desde la adquisición de X por parte de Musk en 2022 ha habido un notable incremento en el discurso de odio y los contenidos extremistas. Esto, junto con la falta de moderación efectiva ha permitido que estos mensajes se difundan sin restricciones, lo que ha creado un ambiente tóxico y hostil para muchos usuarios.
Esta combinación ha llevado a que muchos usuarios, algunos presentes en X por más de 15 años, hayamos decidido cerrar nuestras cuentas. Hemos sido ya más de 35 millones. Entre ellos, universidades de todo el mundo, medios de comunicación como The Guardian, Le Monde o La Vanguardia; o también organizaciones de todo tipo como el Festival Internacional de Cine de Berlín o Greenpeace. Hasta la Conferencia de Rectores de Universidades Españolas lo ha recomendado y ayer mismo la de Zaragoza anunció que dejaba de publicar.
Algunas personas y organizaciones que, evidentemente, no desean favorecer el odio, ni la desinformación ni la manipulación, todavía siguen en X. Es legítimo. Cada cual tiene sus límites, ni mejores ni peores.
Es comprensible la inercia de quienes han tardado años y años en tener una comunidad. O la de aquellos a los que da vértigo eliminar cuentas con miles de seguidores. También la de quienes tardaron años en encontrar y seleccionar cuentas de interés a las que seguir.
Entiendo a quienes ven aspectos prácticos y están en X como el lugar donde enterarse de forma inmediata de cuestiones como la previsión meteorológica, las incidencias en el transporte público o las carreteras, o los avisos de emergencias.
Quizá a los que ya no entiendo tanto es a quienes desde la esfera pública mantienen este canal abierto y no exploran otros. Cabría preguntarse hasta qué punto contribuyen a dar legitimidad a esta red y también a nutrir la cuenta corriente de un personaje cuya principal actividad en este momento es la de inundarnos de desinformación para favorecer a la extrema derecha internacional. Alguien al que, por pura casualidad, se le escapa el brazo y hace el saludo nazi.
Las instituciones deberían ser más cuidadosas en su deber de neutralidad. Al menos en lo que se refiere a la comunicación de servicios públicos.