Cuando se descubrieron las américas, allá por el siglo XV, los europeos distinguieron entre el Nuevo Mundo, recién hallado, y el Viejo Mundo, de donde partían las ansiosas y temerosas expediciones de navegantes, estudiosos, aventureros, comerciantes, buscavidas y reos, todos anhelando un futuro por estrenar.
En este año ha empezado, una vez más, un mundo nuevo... Bueno, vale, como lema de pacotilla puede servir, pero no sé yo hasta qué punto las ínfulas del cambio serán algo más que palabras huecas vestidas con boato y muchos adornos.
Pasados los fastos y celebraciones de juramentos, tomas de posesión, desfiles de lobbies y algunas esperanzadoras firmas de procesos de paz, quedan los puntos suspensivos…
Son puntos suspensivos y muchas preguntas en el aire, cuya mera formulación casi da miedo, pues ya sabemos que toda pregunta puede suponer la primera parte de una honda decepción. ¿De verdad llegará de manera inminente la paz a Ucrania? ¿Volverán a casa los niños ucranianos secuestrados por Rusia? ¿Serán duraderos los acuerdos de paz (es un decir) entre Israel y los diversos grupos terroristas que imperan por esos lares? ¿Los rehenes serán liberados?
¿Qué ocurrencia alumbrará el tecnomillonario gobierno de Estados Unidos? ¿Y qué nos vendrá a los demás, en consecuencia, como bolas de billar pasivas que asistimos a la configuración de un nuevo escenario? En este momento de tiktokers, nos cuesta mucho ilusionarnos con cualquier cosa; mucho más con promesas de realidades inaccesibles, en las que nada podemos hacer: tan solo poner el telediario y disfrutar de los espectáculos que aporta la comunicación política americana. O sufrir.
Tras la llegada de Donald Trump a su segundo mandato en la Casa Blanca, quien más quien menos repasa en su libreta si ha rellenado en su currículo algo de lo que poder presumir ante the president, no vaya a ser que, de tanto competir por ver quién le ponía más a caldo y quién se aproximaba más a una candidata que se llamó Kamala Harris, no hayamos hecho los deberes a tiempo, y ahora haya que escenificar un volantazo, muy propio de vendidos o advenedizos.
Trump exprime su halo de popularidad, en ese subidón de firmas de leyes y normas que borran todo lo anterior y prometen nuevos bríos. En esta luna de miel del Presidente, basada en haber amenazado hasta la saciedad con qué iba a hacer y demostrar después que convierte las promesas en realidad, habrá que ver de qué intensidad es la gran ola atlántica. En Europa, tal vez solo puedan respirar tranquilos la italiana Giogia Meloni y el húngaro Vikton Orbán, y no son, precisamente, patrones en los que todas las sensibilidades políticas vayan a sentirse cómodas para emular en la Vieja Europa.
Estamos tan acostumbrados a escuachar anuncios de castillos en el aire, que casi ya ni podríamos bajar a pisar el suelo. Pero el barro está allí, y no hay naipes que valgan ni consuelen. La política energética, la lucha frente al cambio climático, la inmigración… Los retos se amontonan y desbordan lo cotidiano, nuestras pequeñas cosas, lo verdaderamente importante para nuestras vidas cotidianas, la que podemos mínimamente aspirara a entender o soñar.
Mientras las américas encuentran su rumbo, mientras nos ponemos a salvo de bandazos, calentones y espectáculos, mientras envidiamos a los oligarcas que mandan, será mejor no cometer demasiados errores, ser cautos, cabeza fría y, tal vez, pies calientes para buscar abrigo.
Mejor será mirar a lo lejos, sí, pero, al mismo tiempo, no descuidar lo cercano, lo próximo, lo cotidiano. No vaya a ser que nos erijamos en grandes expertos de lo imposible, en los listos de la clase de lo fatuo, mientras pisoteamos por acción u omisión las flores del jardín donde vivimos.