Se llama entorno VUCA y, muy a mi pesar, no es un concepto original. Los entornos VUCA hacen referencia a marcos volátiles, cargados de incertidumbres, complejos y ambiguos que suelen obligar a quienes los atraviesan a adaptarse para seguir adelante. Hay quienes dicen que solo las empresas y los sistemas que aprenden a navegar en estas aguas revueltas logran prosperar, pero entrenarse para la adversidad ya no es una alternativa: vivimos en un mundo VUCA y el 2025 se está postulando como un digno hijo de esta época, al menos en cuanto a geopolítica se refiere.
Los listos de las tendencias internacionales andaban ya más agitados que de costumbre cuando Bolsonaro ganó las elecciones de 2018. Para entonces, Donald Trump llevaba un año en la Casa Blanca, aunque en aquel momento, todavía era considerado como una extravagancia temporal por medio mundo. Dos años después, la pandemia vendría a poner la pica del cambio de ciclo mientras el Brexit sentenciaba que Europa no se iba a librar tampoco de las consecuencias del desencanto con el sistema.
Pero volviendo a lo de Bolsonaro, no fueron pocos los que vieron asomar las orejas al fenómeno de los mal llamados partidos de ultraderecha: movimientos que arremetían sin corrección ni diplomacia contra los principios de décadas de sentimiento demócrata. Principios que hoy son cuestionados, incluso, por quienes se resisten a la ola antisistema.
Haríamos bien en llamar a las cosas por su nombre. Este fenómeno tiene su propio apellido, y no es ultraderecha, sino nacionalpopulismo. Los “all-right’ en Estados Unidos no son un movimiento tan simple ni carente de base como algunos quieren hacernos pensar. Es cierto que bajo su paraguas se encuentran grupos incuestionablemente xenófobos y antisemitas, pero las partes, en este caso, no representan el todo.
Hablamos de nuevos líderes agresivos, carismáticos, políticamente incorrectos, que arremeten sin pudor contra el papel de los medios de comunicación mientras se fabrican los suyos; y que se oponen a los cimientos de la democracia liberal con el ceño fruncido y dando golpes en la mesa. Groseros y mesiánicos, recaban miles de apoyos incluso entre las minorías étnicas y las mujeres. Unidos por el desencanto con el sistema y por los ‘privilegios’ de las élites en una sociedad que consideran narcotizada; vienen a romper el tablero de frágiles equilibrios que se mantenían en las partitocracias de medio mundo e, incluso, los que han sostenido Estados Unidos, Europa y el resto de potencias internacionales.
Marine Le Pen en Francia, Matteo Salvini en Italia, Viktor Orbán en Hungría; Trump o Santiago Abascal en España representan lo que el canciller alemán, Olaf Scholz, ha calificado como un “desafío” para Europa. Tal vez quiso decir problema, pero apostó por la corrección institucional. Scholz pronunció esta confesión esta semana en una cumbre celebrada con el presidente de Francia, Emmanuel Macron, en un intento de exhibir unidad y algo de fortaleza en el maltrecho eje francoalemán.
Más allá de las teorías apocalípticas sobre el futuro de Europa, a la que la decadencia es consustancial (occidere, en su origen del latín, tiene siempre que ver con la muerte, y es en Occidente donde cae el sol); tal vez la ya vieja política empieza a ser consciente de que el liderazgo de figuras como Trump en Estados Unidos responde más a la decisión de un pueblo frustrado con un sistema que considera poco útil que a ningún asalto al poder. "En Europa no nos gusta esta realidad pero debemos lidiar con ella", ha dicho también la presidenta de la Comisión Europea, Úrsula Von der Leyen, hace pocos días.
Hay muchos factores que han contribuido al auge del nacionalpopulismo, y puede que ni siquiera fuera evitable. Entre las que barajan los expertos están el reto migratorio y la forma en la que impacta en nuestras sociedades, que se han revelado incapaces de conducirlo; y las desigualdades económicas entre las élites y el pueblo, que derivan en la sensación de que se diluye la clase media.
Pero en todos los casos hay un sentimiento de decepción y profunda desconexión con la clase política. La sociedad no se siente identificada por los partidos de siempre y, lo que es más grave, parte de esta sociedad empieza a estar convencida de que no solo no aportan, sino que restan. Queda entonces mucho trabajo por hacer para volver al punto medio y recuperar la confianza en un escenario en el que las reglas han cambiado.
Aunque no todas. Un juez federal de Washington acaba de bloquear temporalmente la orden ejecutiva con la que Trump quiere negar la nacionalidad estadounidense a los hijos de migrantes sin papeles.
“Descaradamente inconstitucional”, ha dicho el juez, abriendo la puerta a un proceso que se prevé pesado y grueso, muy del estilo Trump. A lo que la Administración estadounidense ha respondido cargando contra el juez, sus motivaciones y la calidad de los indicios que maneja. Aunque esto, reconozcámoslo, ya no es exclusivo del nacionalpopulismo. Habrá que tener en cuenta tal vez, entonces, que no se combate lo que rechazamos con sus propias armas.