Taberna, Alicante.

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El pueblo de Alicante que destaca National Geographic para ver los almendros en flor: "Tiene una vinculación con Mallorca"

Cuando llega el invierno entre enero y febrero, los alrededores de esta localidad se transforman en un mar blanco y rosa.

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Alicante
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Hay pueblos que se descubren con la vista, y otros que se reconocen por el acento, los sabores y la forma en que el paisaje se te queda pegado a la memoria.

Tàrbena es de estos últimos, un caserío blanco escondido entre montañas alicantinas donde el invierno huele a almendra y a sobrasada, y donde el hablar salat te hace dudar por un momento de si sigues en la península o has cruzado, sin darte cuenta, al otro lado del Mediterráneo.

Parentesco

Tàrbena no está “inspirado” en Mallorca, sino que está emparentado con ella. Tras la expulsión de los moriscos en el siglo XVII, llegaron aquí familias mallorquinas que repoblaron el pueblo, trajeron sus palabras, sus recetas, su manera de trabajar la tierra y levantaron, piedra a piedra, este pequeño enclave con ADN balear en pleno interior de Alicante.

Tal y como lo destaca National Geographic, ese legado se nota aún hoy en el parlar salat que se cuela en las conversaciones de la gente mayor, en los apellidos, en los hornos donde todavía se elabora sobrasada artesanal y en una cultura popular que mira al mar incluso sin verlo.

Y es que caminar por Tàrbena es, de alguna forma, pisar un puente vivo entre la Marina Baixa y Mallorca.

Almendros en flor

Cuando llega el invierno y el termómetro empieza a dar tregua, los alrededores de Tàrbena se transforman en un mar blanco y rosa. Entre enero y febrero, los bancales de almendros que trepan por las laderas se cubren de flores delicadas, fugaces, que convierten cada curva de la carretera y cada sendero en una postal de primavera adelantada.

La floración suele concentrarse entre finales de enero y febrero, dependiendo del año, y dura apenas unas semanas. Es ese punto exacto en el que el frío ya no muerde tanto, los días empiezan a alargarse y el paisaje parece encenderse a cámara lenta.

Senderos y miradores

El encanto de Tàrbena está tanto en el propio pueblo como en los caminos que parten de él. Desde la entrada, las casas se encaraman a la ladera en una sucesión de fachadas encaladas, macetas y miradores improvisados hacia los valles cubiertos de almendros.

En los alrededores, los senderos históricos se abren paso entre antiguos bancales de piedra seca y casetas de campo, dibujando rutas circulares perfectas para una mañana de invierno luminosa. Son caminos sin dificultad excesiva, pensados más para mirar que para correr, donde vas encadenando vistas de la Serra de Bèrnia, del valle y de ese mosaico de flores que parece nieve detenida sobre las ramas.

Después de caminar entre almendros, el viaje sigue en la mesa. En Tàrbena aún se encuentra sobrasada elaborada de forma tradicional, embutidos con receta mallorquina y una repostería donde la almendra manda, recordando que este paisaje no es solo decorado, sino un sustento, identidad y memoria.
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