Más allá de lo alejado que me encuentro de la huelga de docentes en la Comunitat Valenciana, que me afecta solo por los cortes de tráfico y lo insoportable de proclamas a voz en grito en la calle cuando tratas de concentrarte en tu trabajo, una de las cosas que más curiosidad me provoca es la exigencia de regular el derecho a la desconexión digital. Y es que concebidas inicialmente para agilizar la burocracia y mejorar la comunicación con las familias, plataformas institucionales como Ítaca o Web Familia, sumadas al correo corporativo y los grupos de mensajería, yo entendía que estas herramientas les harían más fácil su trabajo (como a los demás en el nuestro).
Nunca me habría imaginado que los profesionales que deben educar a nuestros hijos en un mundo absolutamente digitalizado clamasen por su "salud mental" en una vuelta a la escuela tradicional, donde la comunicación con el profesor tenga que ser en papel burocratizado con tres copias. Claro, que estamos hablando de funcionarios, no de trabajadores de empresas privadas sometidos a la eficiencia y la productividad. De hecho, el mercado laboral (el libre, no el burocrático) exige una adaptabilidad constante que no entiende de horarios rígidos. Eso es lo que van a tener que entender las generaciones futuras si quieren sobrevivir. No van a estar en una urna de cristal.
Si los docentes se "desconectan", ¿están preparando a los alumnos para el mercado laboral real que se van a encontrar, o los están educando en una desconexión ficticia que luego el entorno profesional les va a penalizar? La productividad y la optimización del tiempo gracias a la tecnología son las reglas del juego actuales.
Y en estas reflexiones estaba cuando cayó en mis manos Homo Mediaticus, Una historia de la humanidad del "hashtag" neandertal al IPod (Ariel) del catedrático de Comunicación Carlos Alberto Scolari. En el texto, Scolari va trazando la historia de la humanidad desde los artefactos que va creando para comunicarse, desde la prehistoria a la época actual, desde China hasta Occidente pasando la gran desconocida historia africana.
Una de las ideas que puede transmitir el libro es que el homo mediaticus se vuelve esclavo de sus propios inventos. Sobre todo ahora, en la edad de las pantallas. Pero por otro lado, son los artefactos que jalonan la historia de la comunicación humana respuestas a necesidades. Nunca nacen del mero capricho o la frivolidad, surgen para dar respuesta a necesidades profundas de supervivencia, organización y eficiencia del grupo social.
Bajo esta premisa, la digitalización de las aulas mediante plataformas, no son un adorno burocrático, sino la evolución lógica de un sistema que necesita gestionar la información de manera masiva, rápida y productiva. Exigir que la educación dé la espalda a estas herramientas en nombre de la desconexión ignora que el ser humano siempre ha progresado adaptándose a sus propios inventos. La tecnología ha llegado para quedarse porque optimiza el tiempo y conecta la escuela con la realidad competitiva del siglo XXI. Pretender apagar la pantalla es ir en contra de nuestra propia naturaleza evolutiva.