La 'Venus de Alicante' sobre una imagen de la playa de la Almadraba de Alicante.

La 'Venus de Alicante' sobre una imagen de la playa de la Almadraba de Alicante.

Alicante ciudad

'Venus de Alicante': el mármol que devuelve a Lucentum al mapa del lujo romano

Un busto romano hallado en la Almadraba reabre la historia de Lucentum, las villas marítimas y el lujo de las élites hispanorromanas.

Más información: La 'Venus de Alicante' será símbolo de la ciudad y se expondrá en un museo tras los estudios arqueológicos

Publicada

La espuma del Mediterráneo ha vuelto a cumplir con su trabajo y ha devuelto a Alicante una de las piezas más capaz de cambiar nuestra forma de mirar el pasado, la Venus de Alicante. El hallazgo en la playa de la Almadraba de Alicante de un busto romano de mármol blanco, datado entre los siglos I y II d. C., ha reabierto la atención sobre la antigua Lucentum y sobre el papel de las élites hispanorromanas en la construcción de paisajes domésticos de prestigio.

Los expertos creen, a falta de estudios de mayor profundidad, que se trata de una representación de Venus, apareció en una zona ya vinculada a una villa romana, en un entorno donde la arqueología lleva años documentando ocupación residencial de alto nivel. No es la primera en España. Está la Venus de Itálica (Santiponce, Sevilla), la Venus de la Villa Romana de Bruñel (Quesada, Jaén), fragmentos escultóricos de las villas de Augusta Emerita (Mérida) o incluso la Venus de Bullas (Murcia), a la que precisamente le falta la cabeza.

Venus significa mucho más que una simple escultura. Obliga a mirar hacia una historia más amplia: la de las villas marítimas, el coleccionismo de mármol y la importación de modelos culturales desde Roma y el Mediterráneo oriental. En Hispania, el uso de mármol importado no fue solo una cuestión estética, sino una declaración social, económica y política.

No era lo mismo tener una obra en un mármol ibérico que importarla desde la península Itálica o Grecia. Al romper con los materiales locales, el terrateniente borraba su identidad "provinciana". Se convertía en un ciudadano del mundo que consumía el mismo producto de lujo que un senador en Roma.

Además, en el mundo romano, decorar una casa con una imagen de Venus no era un gesto neutro. Las representaciones de la diosa funcionaban como símbolos de belleza, fertilidad, refinamiento cultural y pertenencia a una élite capaz de apropiarse del lenguaje visual del Mediterráneo clásico. El prestigio del mármol, además, no residía solo en su calidad material: también hablaba de distancia, de comercio y de acceso a redes de suministro que conectaban provincias y capitales imperiales.

Ese valor simbólico del material ha sido estudiado ampliamente por historiadores del arte y arqueólogos como Paul Zanker, cuya obra sobre la cultura visual de Augusto ayuda a entender cómo el poder romano convirtió la imagen en una herramienta de legitimación. En ese contexto, Venus no era solo una divinidad; también podía leerse como un emblema dinástico, especialmente en la órbita ideológica de la casa de Augusto y su genealogía vinculada a Venus Genetrix.

Precisamente Lucentum alcanzó el rango de municipio romano en época de Augusto. Venus entroncaba directamente a su poseedor con la estirpe fundadora de la familia imperial (la Gens Julia).

Lucentum y su periferia

La fuerza del hallazgo también reside en el lugar donde aparece. La zona de la Albufereta y el Tossal de Manises forman parte del entorno arqueológico de Lucentum, una ciudad que fue mucho más que un asentamiento secundario: fue un núcleo urbano romanizado con fuerte integración en las dinámicas económicas del litoral.

Las investigaciones sobre la periferia de Lucentum, como el estudio de Carmen Martínez Martínez y Jaime Molina Vidal, muestran que este espacio fue un territorio activo, articulado por villas, áreas productivas y reorganizaciones urbanas desde época republicana hasta el Bajo Imperio.

Es más, el propio Molina en El Puerto de Lucentum y la dinámica comercial de la bahía de la Albufereta (Canelobre 72), recuerda que "desde su fundación en el último tercio del siglo III a.C. hasta la época augustea, el Tossal de Manises y su bahía cumplieron un papel de primer orden en la redistribución de mercancías de época romana, pues se trata de una época en la que todavía no se construyen grandes infraestructuras portuarias en la red de distribución secundaria.

De hecho, frente a la playa de Almadraba, en 2002 se excavó un pecio romano a 5 metros de profundidad, parcialmente conservado, con 8 variedades de ánforas, procedentes en gran medida del valle del Guadalquivir. Este barco se hundió entre el 50 y el 70 dC.

En ese paisaje, una villa junto al mar no era un capricho aislado, sino una forma de habitar la costa con propósito. Las élites locales combinaban explotación agraria, control territorial y representación social. La decoración escultórica de sus residencias no solo embellecía los espacios domésticos: también construía una imagen pública de estatus, cultura y fidelidad a los códigos de Roma.

Por su calidad artística y su estado de conservación, la cabeza hallada en la Almadraba encaja en ese universo de consumo selectivo y gusto cultivado. Los primeros informes la sitúan como una obra de mármol blanco de gran factura, vinculada a un contexto residencial romano de época altoimperial y relacionada con una villa marítima cercana a Lucentum. Eso permite pensar en un propietario con recursos suficientes para adquirir una pieza de alto coste y con suficiente ambición social como para exhibirla en un lugar visible de la casa.

La arqueología romana ha insistido en que estos objetos no deben leerse como simples adornos. Formaban parte de un lenguaje de prestigio que incluía arquitectura, jardines, agua, estatuaria y materiales exóticos. La casa romana de élite era, en cierto modo, un escenario de poder privado, donde cada pieza decía algo sobre la fortuna, la educación y la posición de quien la poseía. En esa lógica, la Venus de Alicante no es solo una escultura: es una pista sobre cómo se pensaba a sí misma la aristocracia local.

El hallazgo rompe una idea todavía muy extendida, la de una Hispania romana periférica y culturalmente dependiente. La escultura muestra justo lo contrario. En la Alicante romana también hubo lujo, ambición, circulación de mercancías y voluntad de representar el poder con los mismos códigos visuales que en otras zonas del Imperio.