Tripulación a bordo del Fortuna Extralights, en 1989.

Tripulación a bordo del Fortuna Extralights, en 1989.

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La maniobra que salvó la vida de Jordi Doménech

En The Ocean Race de 1989, el barco español Fortuna Extralights perdió un navegante en medio del Índico Sur.

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J. Meseguer
Alicante
Publicada

Eran las 7 de la mañana aproximadamente del día 10 de noviembre de 1989. El barco español Fortuna Extraligths, que estaba participando en la Whitebread Around the World, la actual The Ocean Race, realizaba una maniobra habitual en medio del océano Índico Sur. Los tres tripulantes de guardia cambiaban un spi (vela que cuando se hincha tiene forma de globo) ya que había cambiado la dirección del viento.

En medio de la tarea, se rajó una vela y la escota golpeó en la cara de Jordi Doménech ‘Peque’, de 24 años, que cayó aturdido a un océano que se calcula que estaba a 2 grados de temperatura.

Se mascó la tragedia. Pelayo López de Merlo, cartagenero de nacimiento pero alicantino de adopción, era otro de los que estaban realizando la maniobra: “!Hombre, al agua!”, gritó repetidamente. El resto de tripulantes que en ese momento dormían, salieron a ayudar como podían. “Unos en calzoncillos, otros sin zapatos…”, rememora López de Merlo.

“Yo cuando caí al agua no me enteré. No sé si del golpe me quedé inconsciente. Pero sí me di cuenta que me hundía con el peso del traje, de las botas… Te vas para abajo. Recuerdo que mi primera reacción fue pensar que tenía que salir hacia arriba”, explica Jordi Doménech.

Por suerte, llevaba el chaleco salvavidas casi por casualidad. “Me molestaba al hacer las maniobras y me lo puse”, comenta. Tiró de la anilla y le lanzó hacia arriba. Ahí se salvó de morir ahogado. Pero faltaba lo más difícil: que sus compañeros pudieran dar la vuelta, localizarlo y poder subirlo de nuevo al barco.

Segunda etapa, en Punta del Este-Fremantle.

Segunda etapa, en Punta del Este-Fremantle.

Y además hacerlo en tiempo récord. En esas aguas, a esa temperatura tan gélida, nadie había aguantado más de 5 minutos con vida, debido a la hipotermia. “Ellos me salvaron la vida. Esto no es como cuando vas con un coche, coges la rotonda y das la vuelta. En una embarcación de esas características, con las dos velas izadas, hacer esa maniobra en tan poco tiempo fue una gesta”, asegura Doménech.

La fortaleza de Peque, que aguantó 17 minutos en esas aguas heladas, también fue clave aunque él se quita mérito. “Intenté nadar hacia el barco pero vi que era inútil. Entre las olas, de 8 y 10 metros, pude ver que mis compañeros estaban dando la vuelta, lo que me tranquilizó aunque no sabía si podrían verme”, asegura. “Yo tampoco sentía mucho frío porque afuera había 15 grados bajo cero y el agua estaba mucho más caliente. Fue como meterme en una bañera de agua caliente”, bromea.

El caso es que un instrumento que era casi un prototipo, en aquella época, fue clave para que sus compañeros lo encontraran. “Llevaba una radiobaliza. No sabíamos si iba a funcionar porque nunca la habíamos utilizado. Pero por suerte sí funcionó y nos fue indicando el rumbo y donde estaba en todo momento. Lo difícil era acercarnos y sobre todo que casi no había tiempo”, explica De Merlo que fue el primero que vio la cabeza de Peque en medio del océano. Mientras, con el nerviosismo, todo se complicó. Quino Quiroga, otro tripulante, se cayó y se rompió una clavícula.

La tripulación, además, tuvo unos aliados inesperados: los pájaros. “Eran storm birds, son un poco más pequeños que las gaviotas. Ellos interpretan que toda la materia orgánica que cae a la superficie del océano, es comida. Y venían a picarme. Me los espantaba como podía pero sirvió también para que mis compañeros desde el barco, me pudieran localizar más fácilmente”, rememora Doménech.

Cuarta etapa, Auckland-Punta del Este.

Cuarta etapa, Auckland-Punta del Este.

En varios momentos se le dio por perdido. Porque además, una vez llegaron hasta su posición no fue posible rescatarlo. “A la primera no pudimos, fue a la segunda pasada cuando pudimos rescatarlo con vida”, recuerda López de Merlo. “Me tiraron de todo: cabos, balsas salvavidas… La verdad es que hubo momentos de pánico”, explica Doménech. Pero finalmente hubo final feliz. El hombre al agua pudo ser rescatado y una vez arriba, la tarea era que volviera a coger la temperatura. Cuando se le pregunta qué la salvó la vida Peque respira unos segundos y responde rotundo: “Ellos”.