Adaptación de un mapa original de Alicante de la época sobre el asedio.

Adaptación de un mapa original de Alicante de la época sobre el asedio. IA

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Alicante prefirió arder antes que rendirse: la terrible venganza del "Rey Sol" de la que se cumplen 335 años

El infierno de 1691: Cómo una flota de 26 navíos franceses redujo a cenizas el frente marítimo tras el rechazo del gobernador Borrás a pagar un rescate astronómico.

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Alicante conserva pocos edificios históricos en su frente litoral. No porque no los hubiese, sino porque una cicatriz urbana recorre su fachada con el mar marcada por el eco de la pólvora y el fuego. Quienes pasean hoy por el frente marítimo de Alicante ignoran, en su mayoría, que caminan sobre una reconstrucción forzada por la brutalidad.

Se cumplen 335 años del asedio y bombardeo francés a Alicante, un episodio de la Guerra de los Nueve Años que se saldó con una amarga victoria defensiva, una resistencia heroica, pero que dejó a la ciudad literalmente borrada del mapa. Aquella agresión, comandada por el almirante Jean II d'Estrées bajo las órdenes directas de Luis XIV, el "Rey Sol", no buscaba la anexión territorial, sino el terror psicológico y el rédito económico a través del chantaje.

Como detalla el historiador y cronista oficial Bernardo Garrigós Sirvent en sus investigaciones recopiladas por la Real Asociación Española de Cronistas Oficiales, la flota francesa apareció ante la bahía de Babel el 21 de julio de 1691. Venían con las manos manchadas de hollín tras haber castigado duramente a Barcelona semanas antes.

La imponente escuadra, compuesta por 26 naus y 26 galeres según los protocolos notariales de la época, fondeó estratégicamente fuera del alcance de la deficiente artillería española. El almirante galo envió de inmediato un emisario con una exigencia inadmisible: o la ciudad pagaba un rescate de un millón y medio de pesos para las arcas de su rey, o sería arrasada hasta los cimientos.

La respuesta del gobernador militar de la plaza, Jaime Antonio Borrás, pasó a la historia por su inquebrantable dignidad, rechazando el soborno y asumiendo las consecuencias de la resistencia. El precio de la negativa comenzó a pagarse al día siguiente. El infierno se desató sobre Alicante en forma de un bombardeo continuo que, según estudios históricos de la Universidad de Alicante y crónicas clásicas como las de Maltés y López, arrojó entre 3.500 y 4.000 bombas incendiarias de enorme tonelaje.

El impacto fue tan desproporcionado que superó con creces los daños sufridos por otras capitales costeras. Las crónicas notariales de Timoteo Carbonell reflejan con crudeza el pánico de aquellas jornadas, relatando cómo "se vieron los caminos y los campos llenos de gente, falta de consejo, en la perturbación y temor, huyendo, sin saber a dónde".

El pánico vació las calles mientras los proyectiles destruían el Ayuntamiento, causaban graves destrozos en la Iglesia de Santa María y agrietaban los baluartes del Castillo de Santa Bárbara. Bernardo Garrigós recoge una cita anónima lapidaria sobre aquel periodo: "Entramos en el año fatal para esta ciudad que fue el año 1691, por las ruinas que padeció y por las lágrimas de las desgracias".

A pesar del colapso estructural, la ciudad de Alicante y sus habitantes no capitularon. El momento más crítico se vivió cuando las tropas de infantería francesas intentaron un desembarco masivo a través de la playa de Babel, buscando aprovechar el desconcierto civil. Sin embargo, la solidaridad de las villas del interior del territorio alicantino funcionó como un engranaje perfecto.

Ante las llamadas de auxilio de Borrás, contingentes de milicias procedentes de Xixona, Elche, Orihuela, Villena, Elda y Almansa marcharon a marchas forzadas hacia la costa. Los milicianos jijonencos, por ejemplo, acudieron en masa amparados en su derecho inmemorial de defender el castillo siempre que la zona fuera invadida.

Aquella resistencia popular enconada en el trincherón de la playa frustró los planes terrestres de D'Estrées, provocando decenas de bajas en las filas francesas y forzando la retirada final de su armada el 29 de julio.

Alicante había vencido, pero contemplaba un paisaje desolador. Estudios de la evolución urbana de Alicante, como los publicados por el Instituto de Estudios Juan Gil-Albert, confirman que prácticamente la totalidad del casco histórico y el frente marítimo tuvieron que ser levantados desde cero en las décadas posteriores.

El ataque forzó una profunda modernización militar, dando pie a la edificación del Fuerte de San Carlos y obligando a la ciudad a ganarle metros al mar con los propios escombros del bombardeo, modificando su fisionomía para siempre. Una victoria amarga que demostró el coraje de un pueblo que prefirió contemplar la destrucción de sus hogares antes que arrodillarse ante el chantaje extranjero.