La Revuelta de las Mujeres en la Iglesia el pasado 1 de marzo en Alicante.

La Revuelta de las Mujeres en la Iglesia el pasado 1 de marzo en Alicante.

Alicante

La Revuelta de las Mujeres cristianas planta cara al patriarcado: "Somos el corazón de la Iglesia pero se nos niega la palabra"

Esta organización no busca romper la institución desde fuera, sino "cuestionarla desde dentro".

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Cuando en 2018 la huelga feminista del 8M sacó a millones de mujeres a la calle, algo empezó a moverse también dentro de los templos.

Aquella jornada histórica no solo removió sindicatos y partidos, sino que alcanzó a monjas, catequistas y feligresas que se reconocieron parte de una misma marea morada, también entre bancos de madera y confesionarios.

De ahí, de esa grieta, nace unos años después la Revuelta de Mujeres en la Iglesia y, con ella, el pequeño núcleo que hoy late en Alicante y en toda España.

"Yo quiero esto aquí"

Soledad González Torres, coordinadora de la Revuelta en Alicante, recuerda con claridad el momento en el que dejó de ser solo una idea lejana.

Ella y otra compañera viajaron a un encuentro en Madrid donde conocieron a mujeres de la Revuelta de distintas ciudades.

Volvieron a Alicante con una frase clavada: "Yo quiero esto aquí". No había estatutos, ni cargos, ni cuotas de socio.

Solo la necesidad de poner nombre y cuerpo a algo que muchas ya sentían en soledad. Aquel día Soledad tuvo claro que ya no quería separar el ser creyente de ser feminista.

A partir de ese viaje hace tres años, empezó a tomar forma el grupo en la provincia. Primero fueron contactos informales, luego asambleas abiertas, encuentros en distintas parroquias de la diócesis y, finalmente, una presencia más visible alrededor del 8 de marzo.

No se definen como plataforma ni como asociación. Son, simplemente, "un grupo de mujeres" que se coordinan con otras revueltas del Estado, pero que funcionan de manera informal, flexible y muy pegada a la realidad de su territorio.

Con palabras muy claras

La Revuelta de Mujeres en la Iglesia no busca romper con la institución desde fuera, sino cuestionarla desde dentro. Y así lo repite Soledad: "Yo me siento Iglesia. La Iglesia es pueblo de Dios, es comunidad. No vamos contra la Iglesia, vamos contra una forma de entenderla".

Y esa forma tiene un nombre: clericalismo. Ese modelo que concentra todo el poder de decisión y de palabra en los sacerdotes y deja a la mayoría laica y, sobre todo, femenina, en tareas menos visibles como la catequesis, Cáritas, limpieza, cuidados.

En sus encuentros, el grupo pone sobre la mesa algo que parece una obviedad, pero que pocas veces se verbaliza.

"Qué pasaría si un día las mujeres dejaran de ir a misa, de dar catequesis, de sostener los grupos parroquiales?", se plantea Soledad.

Nosotras somos mayoría en las misas y en las tareas de base, pero nuestra voz casi nunca llega al micrófono, a los órganos de decisión, al altar", continúa.

"Este es mi cuerpo"

Cada año, el domingo anterior al 8M, las revueltas de toda España salen a la puerta de iglesias y catedrales con un lema común.

Este año ha sido "Este es mi cuerpo". Sobre el papel es una cita litúrgica, pero en boca de estas mujeres se convierte en un gesto político y espiritual a la vez.

En definitiva, reclaman el derecho a decir sobre su propio cuerpo, su sexualidad, su maternidad, su forma de vivir la fe.

En Elche y Alicante, ese lema se escenifica con sencillez y contundencia. Se reúnen delante de templos como la Basílica de Santa María o la Concatedral de San Nicolás, leen textos, cantan, rezan y realizan pequeños actos simbólicos.

En una de sus últimas acciones, se colgaron etiquetas con estereotipos sobre las mujeres: "Eva" como pecadora, "María" como sumisa y silenciosa, y las fueron tirando a la basura.

Una forma muy gráfica de decir que no aceptan seguir divididas entre santa y pecadora, obediente o rebelde.

Donde caben las heridas

Muchas de las mujeres que se acercan a la Revuelta no militan en grupos parroquiales ni se consideran activistas.

Llegan con una historia a la espalda como una homilía que las expulsó, un comentario despectivo sobre su vida afectiva, una catequesis que les hizo sentir culpables por su cuerpo o su deseo.

Algunas se alejaron de la Iglesia hace años, y otras siguen yendo a misa, pero con una sensación de impostora, de no encajar del todo.

Soledad lo ve en los mensajes que reciben por redes sociales y en las palabras que se atreven a compartir en las asambleas trimestrales.

Mujeres que les dicen: "Qué bien que existáis, porque así puedo seguir sintiéndome parte de la Iglesia sin dejar de ser quien soy".

Ese papel de espacio seguro, de comunidad de acogida, es casi tan importante como cualquier reivindicación teológica o estructural.

Rezar, bailar y formarse

Las misas de la Revuelta son oraciones alegres, donde se canta, se baila y se habla en primera persona.

Donde se nombran a las amigas y a las discípulas de Jesús, no solo a los doce apóstoles de siempre. Donde se invoca al Espíritu Santo en femenino, como Rúa, aliento e impulso.

La formación es otro pilar. Organizan presentaciones de libros, encuentros con teólogas feministas, para releer los textos bíblicos "con otras gafas".

No se trata solo de cambiar formas externas, sino de revisar la teología que ha situado durante siglos a las mujeres como tentación, pecado o figura secundaria.

De ahí salen preguntas incómodas como: ¿por qué María Magdalena pasó de ser una figura central en las primeras comunidades a quedar reducida a una caricatura de prostituta arrepentida? O, ¿por qué las mujeres que acompañaron a Jesús de Galilea a Judea casi nunca aparecen en los relatos que se enseñan a niñas y niños?

Una revuelta contagiosa

En las asambleas abiertas de la provincia suelen reunirse unas treinta mujeres. En las jornadas de formación, llegan a ser alrededor de sesenta.

No son masas, como reconoce Soledad, pero cada encuentro trae alguna cara nueva, alguna historia que se suma. Se mueven por diferentes localidades de la diócesis como Alicante, Elda, Elche y se coordinan con otras revueltas del Estado, que ya rondan la treintena.

Pero es que su fuerza no está en el número, sino en el lugar incómodo que ocupan.

El lugar de quienes se niegan a elegir entre fe y feminismo. El de quienes no quieren una Iglesia igual que la actual, pero con mujeres mandando en lugar de hombres, sino una comunidad de iguales donde nadie hable desde arriba.

Una revuelta serena, tejida en círculos de palabra, gestos simbólicos y mucha pedagogía, que se cuela poco a poco en los bancos, en las sacristías y también en las manifestaciones del 8 de marzo.