Un perro encerrado en un campo
Es oficial: la Ley de Bienestar Animal prohíbe dejar a un perro solo en un campo más de 24 horas
La norma endurece las obligaciones de los dueños y refuerza la protección de los animales frente al abandono y la negligencia.
Más información: Ya ha entrado en vigor: la Ley de Bienestar Animal prohíbe dejar de forma habitual perros y gatos en las terrazas
La nueva Ley de Bienestar Animal deja claro que no se puede dejar a un perro solo en una finca o terreno durante días, ya que el límite máximo sin supervisión es de 24 horas, una medida que busca garantizar su cuidado y evitar situaciones de abandono encubierto.
Durante años, se ha extendido una práctica bastante habitual: dejar a los perros en casas de campo o parcelas durante largos periodos, bajo la idea de que 'allí están mejor'. Al fin y al cabo, tienen espacio, aire libre y no necesitan salir a pasear.
Sin embargo, esta visión es engañosa. Los perros no son animales independientes que simplemente necesiten un terreno amplio. Son animales sociales que requieren contacto constante, estímulos y una figura de referencia.
Vivir en el campo no es un problema en sí. Lo que marca la diferencia es la presencia humana. Un perro puede disfrutar de ese entorno, pero siempre acompañado, atendido y supervisado de forma regular.
La normativa es muy clara en este punto. El artículo 27 establece que "dejar sin supervisión a cualquier animal de compañía durante más de tres días consecutivos; en el caso de la especie canina, este plazo no podrá ser superior a veinticuatro horas consecutivas".
Esto implica que no basta con pasar de vez en cuando o dejar comida para varios días. El responsable debe garantizar una atención continua y comprobar de forma presencial que el animal está en buen estado.
Además, la ley también prohíbe mantener a los animales en condiciones inadecuadas, como tenerlos de forma habitual en terrazas, balcones o espacios similares, o dejarlos atados sin supervisión.
Otras prohibiciones clave
Más allá de este punto, la normativa recoge una batería de medidas destinadas a reforzar la protección de los animales de compañía.
Entre ellas, se prohíbe el maltrato en cualquiera de sus formas, tanto físico como por negligencia, así como el abandono, una de las principales preocupaciones que trata de atajar la ley.
También queda prohibido utilizar animales en peleas, someterlos a trabajos excesivos o emplearlos en espectáculos que les generen sufrimiento. En la misma línea, no se permite el uso de herramientas que puedan causarles daño, como collares eléctricos o de castigo.
La ley también pone el foco en la cría y comercialización. Solo los criadores registrados pueden vender animales, y se prohíbe su venta en tiendas, así como la entrega de animales sin identificar previamente.
La normativa también introduce otras limitaciones menos conocidas, pero igual de relevantes. Por ejemplo, prohíbe llevar a los animales atados a vehículos en marcha o utilizarlos como reclamo en rifas, sorteos o promociones.
Tampoco se permite alimentarlos con restos de animales que no hayan pasado controles sanitarios, ni deshacerse de sus cadáveres sin comprobar previamente su identificación.
Además, se veta cualquier práctica de selección genética que pueda provocar problemas graves de salud en el animal, reforzando así la idea de que su bienestar debe estar por encima de cualquier interés comercial o estético.