La columna

La América de Trump viaja en carritos de golf

Donald Trump, tras ganar las elecciones.

Donald Trump, tras ganar las elecciones. Reuters

En Peachtree City, la gente utiliza carritos de golf como medio de transporte. Hay pequeños caminos asfaltados en los laterales de la carretera para llegar a cualquier punto en estos vehículos. Los blancos ricos, algunos herederos de los grandes terratenientes del sur del país, construyeron esta ciudad en el estado de Georgia. Son apenas 35.000 habitantes. Todos blancos. Las casas son chalets de no menos de 400 metros cuadrados. Hay un lago artificial en el centro, que los vecinos usan en verano para hacer esquí acuático y otras actividades recreativas. A sólo 30 minutos en coche está Atlanta, capital mundial de la Coca-Cola, la aerolínea Delta y la CNN. El porcentaje de negros en Atlanta es superior al 56%.

Mike trabaja en la empresa familiar de algodón de su suegro. Es una pequeña compañía que ha conseguido adaptarse a la globalización a duras penas. Mike se licenció en la Universidad de Auburn, Alabama. En la temporada de fútbol americano universitario viaja a ver los partidos siempre que puede. Es poco más de una hora y media en coche desde Peachtree City. Lo suficiente, eso sí, para cambiar de huso horario. Mike es uno de los mayores donantes de su fraternidad. Su nombre figura en una de las placas que identifican a los grandes benefactores de la institución. Las fraternidades, más allá del estereotipo de alcohol y sexo de Hollywood, son un elemento de integración y alivio económico fundamental en un sistema educativo tan caro como el norteamericano. Impresiona el respeto de los estudiantes cuando le ven entrar. En América todo se compra con dinero, también el respeto.

Mike ha viajado por todo el mundo gracias a su trabajo. Hace negocios en Europa, el norte de África, Oriente Próximo y Asia. Habla varios idiomas y es un hombre con gran sentido de pertenencia a su comunidad. Mike odia a Obama y a Hillary Clinton. No soporta la CNN. Y solo ve Fox News. Donald Trump fue la respuesta a todas sus plegarias. La clase de presidente que estaba esperando. Para Mike, Trump no es el líder excéntrico que algunos medios pintan, sino un americano admirable hecho a sí mismo que ha levantado su imperio trabajando.

Mike no es un redneck. La traducción literal de la expresión es cuello rojo. Así se identificaba a las personas que trabajan de sol a sol en el campo. Una palabra equivalente en España sería paleto. Personas como Mike creen que España y Europa en general son sociedades comunistas. Jamás han usado el transporte público. No entienden que exista una especie de Seguridad Social que atienda a todas las personas por igual en los hospitales. Él y millones como él han sido educados en una cultura del esfuerzo, la competitividad y el dinero: tanto tienes tanto vales.

Para Mike el mundo es sólo una gran oportunidad de negocio. La geopolítica le da igual salvo que les toquen a ellos. Conocí a Mike cuando vivía en Atlanta entre 2001 y 2002 después del 11-S. Entonces sí apoyó la invasión de Afganistán para vengar a las víctimas de Nueva York y Washington. Entonces se puede mandar al Ejército, los marines y lo que haga falta.

Mike es secretamente racista, como la mayoría del sur blanco de Estados Unidos. No le gusta la inmigración, aunque entiende las necesidades de mano de obra. Lo único que Mike espera de Trump es recuperar la América que suda, la que no paga seguros médicos ni subsidios desinteresadamente. Lo que Mike espera de Trump es que transforme el país en un gran Peachtree City. Una ciudad sin delincuencia, autárquica y autogestionada. Una arcadia en la que se pueda viajar en carritos de golf.