La tribuna

Otegi, miserias y perversiones

José Luis Requero
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Ilustración

Si la Constitución prevé que el castigo penal tiene por objeto procurar la rehabilitación y reinserción del condenado, parece claro que la condena penal de Otegi ha sido inútil: ha quedado sólo en un castigo para él –que no es poco– y el único beneficio que han podido sacar las personas decentes es que haya estado fuera de circulación unos años –tampoco es poco–, pero no su reinserción social: ahí sí que ha fracasado.

Esto es la lógica de un sistema que no preveía ni prevé una condena a perpetuidad; tampoco ahora porque lo que rige es la posibilidad de condena permanente –para evitar hablar de perpetua– pero revisable. Por tanto, al no existir una privación de libertad a perpetuidad en su sentido literal, es decir, irrevisable, para siempre, llega el día inexorable en el que el condenado acaba saliendo en libertad y ya nada ni nadie puede impedir que salga como entró, o peor aun.

Otegi sale más terrorista de lo que entró porque fue condenado por terrorismo y está orgulloso

Otegi no muestra pesar alguno por los hechos que le llevaron a la cárcel; es más, sale más terrorista de lo que entró y si digo esto –que sale “más terrorista”– es porque como delincuente que es fue condenado por un delito de terrorismo y ningún pesar ha mostrado, es más, está orgulloso de sus delitos; en este sentido habrá que recordar que el concepto de terrorista va más allá del empuñar un arma y alcanza a la acción política que rodea al atentado.

En todo caso el pesar por el daño causado, el arrepentimiento, es una exigencia tan subjetiva que a falta de manifestación expresa, el ordenamiento sólo puede tenerlo en consideración sobre la base de hechos indicativos bien para que se reconozcan atenuantes, o para obtener beneficios penales o para acceder al indulto, pero no como condicionante de la libertad una vez que se cumplida la pena.

Su comparación con Mandela es insultante; va en la línea de llamar lucha armada a los asesinatos 

No menos doloroso es el espectáculo a la salida de la cárcel o las reacciones a la liberación. En lo que a Otegi se refiere siempre ha sido difícil esperar de este terrorista un mínimo de dignidad, de altura moral. Su comparación con Mandela es insultante, afirmación ésta que no estoy dispuesto a explicar por lo obvio. Esa actitud va en la línea de la miseria, de la perversión moral que siempre ha mostrado el terrorismo llamando lucha armada a los asesinatos, represión a la persecución del delito o echando en cara a las víctimas poco menos que una provocación justificativa del atentado. Pura perversión en la que no hay ni bien ni mal, ni siquiera pérdida de referentes éticos ni tampoco conveniencia, sino algo peor: se convierte el mal en bien.

Dentro de estas perversiones no menos hiriente es la de Pablo Iglesias diciendo que Otegi es un demócrata, un luchador por las libertades y que ha estado encarcelado por sus ideas políticas. Quizás habría que ir sacando de la librería la Ley de Partidos políticos y empezar a hacer acopio de unas declaraciones y actitudes siempre más cerca del criminal que de la víctima. Digo esto porque una de las causas para ilegalizar a un partido es que de forma reiterada y grave vulnere los principios democráticos o persiga deteriorar o destruir el régimen de libertades o imposibilitar o eliminar el sistema democrático, mediante las conductas a que se refiere el artículo 9 y una de ellas es dar apoyo a quien es un terrorista o dice que un secuestrador es un luchador por las libertades.

Podemos, en contra de la Ley de Partidos, aplaude a Otegi, con desprecio hacia las víctimas 

Hoy la Ley de Partidos se hace eco de las previsiones del Código Penal y ordena a los partidos políticos que, como el resto de las personas jurídicas, adopten un sistema de prevención y de supervisión respecto de aquellas conductas que aquella ley prevé como justificativas de su ilegalización. Ignoro si Podemos ha instaurado tal sistema, pero no es arriesgado pensar que ni lo ha hecho ni parece dispuesto a hacerlo a la vista de los aplausos a Otegi, con desprecio hacia unas víctimas que tienen nombres y apellidos.

En las declaraciones del líder de Podemos quizás haya mucho de tactismo y busque marcar distancias con el PSOE para hacer cada vez más difícil un pacto y, de paso, afianzarse en el País Vasco donde a la vista de los últimos resultados electorales ha sido el partido refugio de batasunos y filoterroristas: qué mejor camino para ellos que apoyar a un partido de Madrid que está en alza y tiene como objeto destruir a España. Lo trágico es que no sólo llaman su puerta independentistas y filotrerroristas sino un partido constitucionalista: el PSOE.